María «la marchosa», la que nunca se deja caer

A los 67, la artrosis limitaba sus movimientos. Se enfadó y se rebeló. Ahora, corre los kilómetros que quiere


pontevedra / la voz

Cuando uno vive uno de esos episodios en los que está más cerca de morir que de quedarse aquí suelen pasar dos cosas. En los primeros días, uno toma consciencia de que volvió a nacer, de que hay que aprovechar la vida. Pero, luego, pasa el tiempo y es fácil olvidarse de lo frágil que es la existencia, de que se puede perder en un segundo y que no merece la pena pasar por el mundo de puntillas. Pero hay personas que no actúan así. A las que haber estado en un serio apuro les sirve para no perder jamás el vitalismo. María del Carmen Moldes García, María de Caneliñas o María «la marchosa» es así. Ella no se rinde. No se deja morir. Todo al contrario, es una especie de volcán en erupción. Y eso quizás tenga que ver con todas las cosas que le fueron pasando. Principalmente, con dos: un incendio con seis muertos del que se salvó por los pelos y el haber tenido que enfrentar la enfermedad de una hija, a la que afortunadamente después de haberse curado puede seguir abrazando.

Pero vayamos al principio. María nació en Portonovo en la posguerra, en 1947. Con una frase resume su infancia: «Daquela eramos todos pobres, non había nada». Así que a los doce años y medio salió de casa para ir a la fábrica. En la conserva ganó sus primeros jornales. Y fue ahí, teniendo ella quince años, donde descubrió lo cruda que puede llegar a ser la realidad. Recuerda lo sucedido a finales del año 1962 como si fuese ayer: «Eu estaba dentro cando estourou a caldeira na fábrica de Peña. A min salvoume a vida unha compañeira. Uns minutos antes de pasar isto veu onda min e díxome que lle deixara o meu sitio, que lle tiña que contar unha cousa á que traballaba ao meu lado. Eu fun para outro lado e ela quedou alí... Ela morreu e eu quedei viva. A historia foi así», recuerda María.

Ella, efectivamente, volvió a nacer ese día. Y, quizás, también ese suceso la hizo más fuerte. Ya nunca más se rindió. Trabajó en la conserva en Samieira, se convirtió en operaria interna del conocido hotel Cachalote y se bregó como empleada del hogar. Luego, ya casada con José, se ocupó de criar a sus hijos, dado que él estuvo media vida trabajando en Holanda. Y así se hizo mayor, en el tajo día tras día.

De extraescolar en extraescolar

Se supone que tras una dura vida de trabajo, acercándose ya a la jubilación, a los postres vitales, le debería tocar algo dulce. Pero, en principio, no fue así. Vio enfermar a su hija: «

Iso realmente foi o máis difícil que pasei de momento na vida. Ver que a túa filla enferma con 31 anos e tendo una meniña de quince meses é durísimo»

. Fue duro. Pero lo enfrentó como siempre había enfrentado todo: trabajando. En este caso, se ocupó de su nieta. Su hija, afortunadamente, se curó. Y ella, ya con el tranquillo infantil cogido, siguió ayudándole con la cría y con la hermana que vino luego. Ellas, Carmen y Mireya, son las que convirtieron a María en toda una experta en actividades extraescolares:

«Vou a todo, lévoas a inglés, a atletismo... Ao que faga falta. Apúntome a un bombardeo»

, señala orgullosa.

En esas estaba esta abuela, apuntándose a todo, cuando, a los 67 años, la artrosis empezó a jugarle malas pasadas. Acostumbrada a no estarse quieta nunca, empezó a tener que cambiar sus piernas por el coche. «Chegou un momento que non daba andado... Doíame todo, as cadeiras, a columna... Era terrible», dice. Se rebeló. Hizo una dieta y empezó a ejercitarse, desde caminatas a natación pasando por las variopintas actividades que le ofrecieron en los viajes del Imserso... Todo valió para ponerse en forma. La muestra está en lo que le pasó este mismo verano.

Resulta que un día fue a ver correr a sus nietas, que hacen atletismo. Y sus familiares empezaron a decirle que se animase a correr ella también la prueba. Al principio, ni se lo planteó. Pero luego, ni corta ni perezosa, fue a casa, se puso el chándal y salió a darlo todo. «Tiña por diante cinco quilómetros. Houbo momentos que pensei en deixalo porque non me vía capaz, pero ao final tirei para adiante porque as miñas netas e outros rapaces fixeron o percorrido ao meu lado, e íanme cantando ‘abuelita, dime tú’ e tamén ‘no pares, sigue, sigue’ e ata a Macarena e dábame cousa non seguir para adiante con tanta animación». Así que, a sus 68 años, completó los 5.000 meros y pisó la meta.

La milla urbana, pan comido

El éxito de la primera carrera le llevó a la segunda. Este verano, también en Sanxenxo, se apuntó a la milla urbana. Después de los cinco kilómetros de Portonovo, los 1,5 a los que se enfrentó en esta segunda ocasión los hizo sin despeinarse. «Encantoume participar», dice. Por ahora, no volvió a competir. Pero tiene el gusanillo dentro. Entrena de cuando en vez. Dice que anda a diario desde Portonovo a Sanxenxo y que, entre caminata y caminata, alguna carrera pega. Aunque, ahora en otoño, confiesa que le apetecen más otras cosas. Su mente está ya puesta en Benidorm y Gandía que, si se cumple el guion previsto, serán los sitios a los que le lleve este año el Imserso. Allí, quizás no corra. Pero se ejercitará igual. El año pasado, ganó varios diplomas. Uno de ellos, atención, por ser la más veloz a la hora de buscar once hombres de pelo en pecho de los que estaban reunidos en un salón. Comprenderán ahora que su apodo, la marchosa, que ella misma se puso cuando se anotó para salir a correr, le hace buena justicia.

Las nietas de María hacen atletismo. Otros familiares también y ella no quiso ser menos. Este verano participó en dos pruebas. Y salió bien airosa de ambas

«Estou viva de miragre», dice. Y, luego, cuenta que siendo todavía una adolescente vivió en primera persona el incendio en la nave de la conservera Peña en Portonovo, en el que murieron seis personas

En Portonovo casi claudica, pero le cantaron «no pares, sigue, sigue» y corrió 5 kilómetros

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