pontevedra / la voz

Quién sabe si porque el tono verdoso se asocia a la esperanza y últimamente hay que agarrarse bastante a ella, quién sabe si porque es un camino que se vende solo, el caso es que a los obreros y a las Administraciones no les ha dado tiempo a terminar las obras en la Vía Verde, el sendero montado sobre los raíles del tren en desuso entre Portas y Vilagarcía, y la ruta ya es todo un éxito. Se recorre por doquier a pie, en bicicleta y a caballo. Y andan sobre ella desde ciclistas avezados a padres que pedalean con la silla y el bebé de paquete. Lo hacían ya antes del confinamiento, cuando las obras todavía se adivinaban, y lo hacen mucho más ahora. 

Son solo nueve kilómetros, los justos para recorrer desde la estación de Portas hasta la aldea de Abelle, en Rubiáns (Vilagarcía). Pero, como si fuesen los cinco minutos de la canción de Víctor Jara, la vida puede ser eterna en esos nueve mil metros de recorrido. Porque, por ofrecer, la senda, la primera que discurre enteramente por Galicia aprovechando los viejos caminos de hierro, ofrece algo de todo. Y casi todo bueno.

Empezamos en Portas. La cantina de la estación, un espacio con historia propia, ofrece avituallamiento para quien no vaya preparado. No se enfrentará ni a grandes subidas ni bajadas. Pero si la ruta se hace ida y vuelta equivaldría en longitud a una etapa del Camino de Santiago. Comienza la senda y, al poco tiempo, aún en los confines de Portas, aparece la primera muestra de que el lugar es inconfundible. No en vano, toca cruzar el viejo puente de hierro de la vía centenaria, ese que permite echarle una ojeada a la salud del río Umia y escudriñar también los viejos raíles. El viaducto está aun pendiente de arreglo. La estructura se mantiene firme. Pero hay que andar con ojo. «Es mejor bajarse de la bici, el otro día lo pasé montado y casi me caigo», decía un vilagarciano que hacía la ruta con varios amigos. «¡Esto tiembla!», añadía con euforia un niño que surcaba el recorrido en la sillita de la bicicleta de su padre.

Al ver el puente, puede parecer que la ruta es compleja para ir en familia. Pero, sorteado el viaducto con prudencia, los kilómetros van demostrando que la Vía Verde es ideal para una caminata con los pequeños. Porque no sufrirán cuestas imposibles. Y porque no falta entretenimiento. ¿O acaso no les gustará toparse con vacas pastando y caballos espantando moscas? ¿Y observar a calabacines y demás hortalizas creciendo en las huertas cercanas -por cierto, no faltan vecinos que ya tienen miedo al pillaje y las mantienen a buen recaudo-? ¿O tomar consciencia de que ese suelo que se pisa es una vía del tren centenaria e ir jugando a buscar las señales aún visibles del trazado ferroviario?

 Obreros y vallas

Eso sí, la diversión tiene que ir acompañada de precaución. No hay que perder de vista que la Vía Verde sigue en obras. Es más, en días laborables, lo normal es toparse con los operarios trabajando. Los fines de semana hay vallas que alertan del peligro. Incluso alguna amagaba con cortar el paso. Pero el éxito de la ruta no ha esperado a la inauguración. Y los pies siguen llevando hacia Vilagarcía, hasta toparse de frente con el viejo apeadero de Rubiáns y el lavadero de Loenzo. Volver tiene premio. Vermú en la cantina de Portas, con los pies sobre la vieja vía. Qué menos.

Vive Camino

Toda la información sobre el Camino de Santiago en Vive Camino

Votación
30 votos
Comentarios

No estás de moda si caminas o pedaleas e ignoras la Vía Verde