El ferroviario al que un tren le rompió el corazón

Recuerda el dolor que sintió cuando vio pasar el último ferrocarril de viajeros por la estación de Portas


pontevedra / la voz

Alfonso Álvarez Pena nació con un destino: ser ferroviario. El oficio lo llevaba en las venas su padre, y él lo sintió como suyo desde muy pequeño. Así que, ya en plena juventud y tras varios años haciendo el servicio militar en la sección ferroviaria, empezó a trabajar en las estaciones como civil. Se inició en Madrid y recorrió distintos lugares de la geografía para acabar asentándose en Portas (Pontevedra). Ahí, donde continúa residiendo ahora que ya está jubilado, vivió uno de esos momentos capaces de romper el corazón a alguien tan apegado al tren: fue testigo del paso del último vagón de pasajeros por la estación a la que tantos años de su vida había dedicado, en desuso desde que se construyeron las vías del AVE. Dice Alfonso que algo se le encoge dentro al recordarlo: «Hasta lo paramos un rato los vecinos. Fue triste y duro. Nunca creí que viviría aquel momento», señala sentado en el bar de la estación de Portas, que sigue funcionando como cantina y punto neurálgico de partidas de naipes aunque allí ya no hay viajeros ni tampoco se les espera.

Alfonso Álvarez no vino al mundo en un sitio cualquiera. Nació en la mismísima estación de tren de Chapela (Vigo), donde su padre trabajaba como ferroviario. «En el carné pone que soy de Teis, de Vigo, pero la verdad es que nací en Chapela... en plena estación», cuenta con sonrisa. A su progenitor lo trasladaron luego a la estación de ferrocarril de A Coruña. Y para allí se fue también su madre, él y sus dos hermanos. Cuenta Alfonso una anécdota entrañable de aquella época en la ciudad herculina: «Vivíamos en la estación y mi habitación justo daba para los andenes. Al principio no lograba dormir nada, el ruido de los trenes era infernal, pero luego me fui acostumbrado y ya casi no los sentía», recuerda. En plena juventud, y tras hacer pinitos en una empresa de transportes, se plantó en Madrid para hacer la mili en la Escuela Militar Ferroviaria. Corría el año 1962 y le tocó trabajar en la estación Delicias. Cumplió con el servicio y luego empezó a circular por distintos destinos: estuvo en Vigo o en Portugalete. Hasta que, en 1972, llegó para quedarse como jefe de la estación de Portas.

Cereales y paquetería

Alfonso recuerda los años dorados de la terminal. «Por aquel entonces todavía no había coches y la gente que tenía que ir al hospital a Pontevedra cogía el tren. Además, los que venían a tomar las aguas a Caldas o a Cuntis con un programa nacional que había también llegaban en ferrocarril. Aquí había mucho movimiento de viajeros», explica. También había actividad de mercancía al por mayor. Alfonso recuerda bien que las descargas de paquetería o cereal daban trabajo a cuatro personas y dice que podían dejar los paquetes en el andén hasta que se los iban llevando los destinatarios sin que jamás faltase ni un solo bulto.

Vivió esas épocas y vivió también el declive, cuando la mercancía empezó a escasear y los viajeros también bajaron. Aun así, es de los que creen que fue un enorme error dejar morir la estación y luego las vías. Él mismo era usuario habitual del tren: «Desde que me jubilé iba a Vigo todos los lunes a ver a los antiguos compañeros. Ahora, al no haber tren, ya no voy». Se queja de que las Administraciones no hicieron suficiente y se intuye que tiene un carácter peleón. Es entonces cuando cuenta que, otrora, sí que intentó luchar por lo que creía. «Me metí un poco en política, pero poca cosa», comienza diciendo con parsimonia.

Su vida política y social

Luego explica que entró en el ruedo político como independiente, animado por los vecinos, que le decían «que valía para eso». Luego se pasó al CDS de Adolfo Suárez y formó parte del gobierno de Portas con esas siglas. «Tengo una foto con Adolfo Suárez y un autógrafo de él. La verdad es que era un hombre memorable», señala. Cuando el partido hizo aguas acabó en el PP, con el que también estuvo gobernando en el Concello. En total, catorce años en la corporación. Se le pregunta qué llevaba y cuenta que se encargó de Cultura, Deportes y también Obras. En esa época, también se convirtió en presidente del Club Baloncesto Portas. Dice que, a sus setenta y largos años, la memoria le falla. Pero recuerda con precisión de cirujano lo ocurrido con el equipo en 1996: «Era un conjunto semiprofesional y jugamos el ascenso a la EBA, aquello era algo impresionante. Pero no teníamos ni un duro, solo mucha ilusión», dice. No ascendieron. Pero da igual. Le quedó la anécdota para contarle a los nietos, a los que por cierto adora, según confiesa tímidamente.

Nació en la mismísima estación de Chapela, donde vivían sus padres

Fue concejal independiente, del CDS y del PP y presidente del club de baloncesto

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