Golpes que suman: los martes de boxeo del grupo de usuarios de Amizade

a. Davila PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

Un grupo de personas con discapacidad demuestra en Pontevedra que el deporte adaptado puede ser motor de evolución física y emocional

08 jun 2026 . Actualizado a las 19:53 h.

Manos envueltas en vendas, respiraciones acompasadas y risas que se cuelan entre los golpes coordinados con la música. Cada martes, en Brooklyn Fitboxing de Pontevedra, un grupo reducido de usuarios del Centro de Recursos de Cogami y socios de Amizade se reúne para entrenar boxeo: no para competir, sino para recuperar movilidad, ganar fuerza y mantener la coordinación que la vida les ha puesto a prueba.

La iniciativa nació en octubre, cuando el gimnasio pontevedrés contactó con Amizade. Lo que empezó como una prueba se convirtió en una cita fija. Desde entonces, la asistencia ha sido casi ininterrumpida: «Vinieron a probar y al final quedó este grupillo», recuerda María, la cuidadora que viaja con ellos muchas semanas a la actividad. Nadie se dio de baja; algunos incluso se fueron apuntando después de ver a los demás. Un boca a boca que funciona mejor que cualquier campaña publicitaria.

El grupo reúne realidades muy distintas: secuelas de accidentes de tráfico, enfermedades neurodegenerativas, secuelas de infartos, parálisis cerebral o lesiones medulares. Cada persona trae su propio ritmo y sus límites, y la clase se adapta a esas diferencias sin perder la energía colectiva. «Discapacidades, sobre todo físicas», resume María mientras observa como entrena el pequeño grupo.

Entre ellos está César, de 51 años, que se desplaza en silla de ruedas por una distrofia muscular. Para él, el fitboxing es más que un ejercicio: es un estímulo aeróbico que complementa su rutina en el gimnasio y le aporta un nuevo objetivo semanal. «Unas veces estamos mejor y otras peor», dice con naturalidad sobre la variabilidad de cada sesión, pero su presencia es constante: cada martes se pone los guantes y trabaja el saco con la misma determinación. Lo hace desde la misma silla que le acompaña cada día y con la que va al gimnasio para realizar sus rutinas. Su clase de los martes le permite precisamente salir de esa rutina y complementar una faceta aeróbica que de otra forma tendría más descuidada.

Una evolución evidente

La entrenadora del grupo, Tania, tiene un máster en necesidades específicas de apoyo educativo. Su trabajo combina técnica y sensibilidad: adapta las clases de forma individualizada a los distintos niveles cognitivos y físicos, graba vídeos para que los participantes vean su evolución y modula la intensidad sobre la marcha. «No son ni la sombra de lo que eran cuando llegaron el primer día», afirma. «La evolución es impresionante. Lo han conseguido a base de esfuerzo y constancia».

La sesión típica incluye calentamiento, rondas con el saco, ejercicios de fuerza y coordinación y estiramientos. La programación cambia cada dos semanas para mantener la motivación y trabajar distintos patrones de movimiento. Las adaptaciones son constantes en lo físico y lo cognitivo: ejercicios de fuerza, mancuernas ligeras, ritmos más lentos y repeticiones ajustadas. Hay quien «lo da todo» y quien regula su esfuerzo hasta donde llega; todos, sin excepción, salen sudados y satisfechos.

María subraya el doble efecto de la actividad: la satisfacción inmediata y el cansancio posterior. «Salen contentos y motivados, pero el día después están reventados», cuenta. La paliza del saco se nota incluso en la actividad del miércoles, cuando algunos llegan con menos energía. Aun así, vuelven la semana siguiente con ganas de repetir.

Boxeo, pádel o baile

Y es que el fitboxing forma parte de una oferta más amplia de ocio y deporte que organizan desde Amizade o Cogami: pádel, baile y otras salidas. Pero para este grupo los martes tienen un valor añadido. No se trata solo de mejorar la condición física; es también una herramienta para recuperar confianza, mejorar el control postural y aumentar la autonomía en las actividades diarias. Tania, su entrenador en Brooklyn Fitboxing Pontevedra, destaca logros concretos: participantes que ahora levantan mancuernas de cuatro kilos o hacen sentadillas que antes parecían imposibles.

La dinámica del grupo también genera redes de apoyo. Algunos se animaron a venir porque vieron a otros, otros tiran de compañeros cuando la motivación flaquea. Esa camaradería, sumada a la adaptación profesional de la entrenadora, convierte la sesión en un espacio seguro donde el esfuerzo se celebra y el progreso se hace visible.

Lo que ocurre cada martes en este gimnasio de la Avenida de Lugo pontevedresa es un ejemplo sencillo y potente de inclusión. Un deporte adaptado que respeta las limitaciones y potencia las capacidades. Para quienes participan, el saco es una herramienta, para quienes los acompañan, una prueba de que el deporte bien planteado puede transformar rutinas y vidas.