El bar de Pontevedra que enmarcó el tenedor de batir huevos cumple 50 años

Nieves D. Amil
nieves d. amil PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

Manolo Suárez, fundador del Bar Estrella, entre su hija Angélica y su socio en la gestión, Michele Cingolani
Manolo Suárez, fundador del Bar Estrella, entre su hija Angélica y su socio en la gestión, Michele Cingolani ADRIÁN BAÚLDE

El Estrella da la bienvenida a la calle Figueroa de Pontevedra. Cumple medio siglo siendo un referente de la tapa de tortilla y los calamares. «Esfuerzo, constancia y muchos huevos», cuelga en su pared

14 abr 2026 . Actualizado a las 19:48 h.

En la pared del bar Estrella hay enmarcado un viejo tenedor con los dientes ya gastados. Y bajo él, un lema que resume la esencia de un negocio que este año cumple medio siglo: «Esfuerzo, constancia y muchos huevos». Con esas cinco palabras, Angélica Suárez homenajea a su padre, Manolo, que fundó este bar de la calle Figueroa hace cincuenta años. Celebran las bodas de oro de un local donde los calamares y, sobre todo, la tortilla son una religión. Lo era cuando abrieron la puerta en 1976 y lo sigue siendo hoy en día con la segunda generación al frente del negocio.

En las mesas de la terraza, un grupo de peregrinos tiene sendos platos ante sí, y a quienes optaron por otra propuesta de la carta les pica la curiosidad al ver cómo sus responsables posan felices con el tenedor enmarcado. «Hicimos unas sudaderas por el aniversario y también tenemos en ellas el tenedor. Tiene los dientes gastados de batir tantos huevos», dice Angélica. Cogió el relevo del Estrella en el 2018, cuando se jubiló su padre. Lo hizo de la mano de Michele Cingolani, su socio en esta aventura y en el Kamelia, el restaurante que tienen al lado desde hace cuatro años. Son un equipo que mantiene la esencia de Manolo, quien se encarga de comprobar que todo funciona a la perfección.

En un mundo donde la velocidad lo impregna todo, en la cocina del bar Estrella se vive a cámara lenta. Las patatas se pelan y cortan a mano, y se pochan bien para preparar las tortillas, al igual que los calamares se limpian y trocean cada mañana. Es un trabajo minucioso. «Mantenemos la misma calma de siempre; ahora te ofrecen todo congelado, las patatas cortadas o lo que sea precocinado, pero no queremos nada de eso», señala Angélica.

De hecho, para preparar todo el material antes de que entren los cocineros y arranque el servicio de mediodía, cuenta con dos personas que entran de ocho a doce de la mañana para preelaborar. «El caldo tarda tres horas, por ejemplo, y hay que cortar muchas patatas», reconoce. Esas dos empleadas trabajan para el Estrella y el Kamelia, que en un día de Semana Santa de buen tiempo, como la que acaba de pasar, pueden llegar a hacer 40 tortillas y 70 tapas de calamares. Es mucho, pero el Kamelia dobla la superficie del Estrella y, sin embargo, este pequeño local que está de cumpleaños sirvió 15 de esas 40. Son sus platos fetiche, los que le dieron la fama desde que Manolo lo abrió con el dinero que ahorró trabajando como camarero en Mallorca.

Los comienzos

Regresó a Pontevedra y continuó en la hostelería con su propio negocio. «Era de esa vieja escuela que dedicaba su vida al bar; él iba al mercado, abría y cerraba, no entendía el negocio sin estar él trabajándolo. Yo pasé aquí mi vida», reconoce Angélica. Hoy vienen al local los nietos de muchos clientes fijos. «En esa época yo jugaba con sus hijos y hoy atiendo a los nietos», recalca.

Así que, cuando su padre decidió jubilarse en el 2018, su hija cogió el relevo. Le hizo ilusión que siguiese en el negocio, aunque en un primer momento no quería para ella la vida de sacrificio que tuvo él detrás de la barra. Pero Angélica entiende la hostelería de otra forma y la compagina con otra profesión. Es trabajadora social y ejerce en la Xunta con una reducción de jornada. El resto del día es para la hostelería. No está detrás de la barra, pero sí sabe todo lo que pasa en su negocio. Se encarga de la gestión, tiene a pie de bar a Michele Cingolani, su otra mitad en los negocios, y en su cabeza están grabados a fuego los consejos de su padre. «Lo más importante que nos dijo fue que continuáramos con el estilo original. Es una receta que funcionaba y sigue haciéndolo», explica Angélica Suárez. No han cambiado nada en el bar Estrella, ese local que sigue siendo la puerta de entrada a la calle Figueroa, un empedrado de apenas cien metros en el que conviven negocios de tapeo. El que fundó Manolo y la taberna de Félix son los veteranos de la hostelería. Se mantienen en las mismas manos y conservan el sabor de las tapas tradicionales. «Si funciona, no se cambia», concluye Angélica en un bar lleno de locales y turistas.