La dignificación pendiente de los técnicos superiores sanitarios: diagnósticos de precisión, decisiones políticas imprecisas

Juan Ramón Pérez Gómez PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN DE TÉCNICOS SUPERIORES SANITARIOS DE GALICIA (ATESSGA)

PONTEVEDRA CIUDAD

Protesta de técnicos superiores sanitarios en Pontevedra, el 13 de marzo del 2025
Protesta de técnicos superiores sanitarios en Pontevedra, el 13 de marzo del 2025 ADRIÁN BAÚLDE

26 feb 2026 . Actualizado a las 15:41 h.

El espejismo de la excelencia sanitaria 

Durante décadas, España ha defendido con orgullo su sistema sanitario público como uno de los más  eficientes y valorados de Europa. Sin embargo, bajo esa narrativa autocomplaciente se oculta una fractura  estructural que rara vez ocupa titulares: nuestro país es prácticamente el único de su entorno que mantiene a los Técnicos Superiores Sanitarios (TSS) en un nivel educativo inferior al de las sanidades más avanzadas. 

Mientras en la práctica totalidad de los países europeos estos profesionales están integrados de pleno derecho en el ámbito universitario con titulaciones de grado, en España permanecen relegados a la  Formación Profesional de Grado Superior. Es decir, el sistema fía decisiones vitales y el manejo de tecnología de vanguardia a profesionales cuyo reconocimiento académico y laboral mantiene anclado en un modelo obsoleto que da la espalda a la realidad asistencial. 

La brecha entre la complejidad clínica y el estatus académico 

El contraste con nuestros socios europeos resulta sangrante. En la mayoría de los sistemas sanitarios punteros, los profesionales equivalentes a nuestros técnicos —en áreas críticas como, por ejemplo, el  laboratorio clínico, la anatomía patológica o la imagen para el diagnóstico— cursan estudios universitarios  de tres o cuatro años. Esta formación superior no solo les dota de una mayor carga investigadora, sino que  garantiza su pleno desarrollo académico y unas posibilidades reales de progresión profesional. 

En nuestro país, por el contrario, nos enfrentamos a una contradicción flagrante: se exige al colectivo una  altísima cualificación para asumir responsabilidades de primer nivel, pero se le impone un techo de cristal  académico que lastra su crecimiento. Esta clasificación educativa obsoleta tiene consecuencias directas y severas: bloquea el reconocimiento salarial, paraliza el desarrollo de una carrera profesional justa,  obstaculiza su participación en proyectos de investigación y diluye su representación real en los equipos clínicos multidisciplinares. 

Pero, más allá del debate estrictamente académico, resulta verdaderamente incomprensible que, en pleno  siglo XXI, todavía exista quien ponga en duda que las distintas especialidades de los TSS son, con todas las  letras, profesiones sanitarias. En unos hospitales donde la innovación avanza a un ritmo vertiginoso, es un  despropósito que quienes operan equipos de resonancia magnética millonarios, gestionan plataformas de  análisis molecular o procesan complejas muestras oncológicas sigan enfrentando recelos institucionales y  carezcan del estatus de sus homólogos europeos. La medicina diagnóstica actual, cimentada en la biología molecular, la inteligencia artificial y la imagen avanzada, exige un marco formativo a la altura de su extrema  exigencia científica. 

El coste de la inacción: Fuga de talento y movilización social 

Este inmovilismo institucional no sale gratis; su consecuencia más dolorosa es una sangría constante de  talento. Muchos de nuestros profesionales encuentran en otros países europeos el estatus académico, el respeto institucional y la dignificación laboral que aquí se les niega. El resultado es un fracaso absoluto en términos de eficiencia: el sistema público español invierte recursos en formar a técnicos de altísima  competencia para, acto seguido, empujarlos a emigrar al ser incapaz de ofrecerles un horizonte profesional digno. 

Este malestar crónico cristalizó de forma contundente a finales de 2025. Tras años chocando contra un muro de incomprensión, los Técnicos Superiores Sanitarios dijeron "basta" y convocaron una huelga nacional histórica de cuatro días. La movilización, respaldada masivamente en los centros de todo el país, tuvo un impacto profundo en la actividad asistencial, evidenciando una verdad incómoda para las administraciones: el engranaje del sistema de salud simplemente no puede funcionar sin este colectivo. 

Lejos de quedarse en un mero eco mediático, esta demostración de fuerza actuó como el catalizador definitivo. La presión ejercida obligó a las instituciones a abandonar la inacción y constituir grupos de  trabajo específicos encargados de trazar la hoja de ruta para la transformación de varias titulaciones de TSS  en grados universitarios. Hoy, estas mesas de trabajo son una realidad en pleno funcionamiento; un hito sin precedentes del que el colectivo espera, con la máxima firmeza y expectación, que fructifique en resultados tangibles, reales y a corto plazo. 

La lección de la historia: el precedente de Enfermería 

Esta miopía política resulta aún más injustificable si atendemos a nuestra propia historia. España ya demostró audacia para reformar su modelo formativo cuando la calidad asistencial lo exigió. En la década de 1970, la antigua figura del ATS dio paso a la diplomatura universitaria de Enfermería. Aquella transición, que no estuvo exenta de resistencias corporativas, supuso un salto cualitativo indiscutible: elevó el rigor académico, fortaleció la base científica de los cuidados y consolidó su merecido estatus. 

Hoy, nadie en su sano juicio cuestionaría el acierto de aquella decisión. La paradoja actual es desoladora: si  hace medio siglo se comprendió que el avance de los cuidados requería rango universitario, ¿cómo es posible que se niegue este mismo criterio lógico a los Técnicos Superiores Sanitarios, quienes operan en un ecosistema tecnológico infinitamente más sofisticado? 

Un paso ineludible hacia la sanidad del siglo XXI 

El debate sobre la titulación de los Técnicos Superiores Sanitarios ya no es una cuestión de si debe hacerse, sino de cuándo culminará. Las mesas de trabajo institucionales actualmente en marcha representan una ventana de oportunidad única para dejar atrás un modelo caduco y construir, por fin, una estructura profesional acorde a la medicina de nuestro tiempo. Esta transformación no busca restar valor a la Formación Profesional, sino reconocer que la altísima especialización tecnológica y biológica de nuestra  labor pertenece, por derecho propio y por evidencia científica, al ámbito universitario. No estamos pidiendo un privilegio, estamos ofreciendo a la sanidad pública española la oportunidad de retener a sus mejores  profesionales, de garantizar la máxima calidad en cada diagnóstico y de volver a mirarse de tú a tú con Europa.  

Hoy, gracias a la determinación del colectivo, las bases para el cambio están puestas. Las mesas de trabajo institucionales deben ser la antesala de una reforma inminente y definitiva. España tiene ante sí la  obligación de cerrar esta brecha, no solo por justicia hacia unos profesionales esenciales, sino por su compromiso inquebrantable con el futuro y la calidad de su sanidad pública. La hoja de ruta ya está trazada; ahora solo falta la voluntad política definitiva para cruzar la meta.