Hemeroteca: Un millón (de pesetas) de presupuesto y diez horas para gastarlo
PONTEVEDRA CIUDAD
En el año 2001, la asociación de empresarios de Pontevedra le brindó la oportunidad a un afortunado de convertirse en «millonario por un día». La fiebre del consumo tomó la capital antes de conocerse el Black Friday
03 dic 2025 . Actualizado a las 11:05 h.Corría el 28 de noviembre de 2001. En España vivíamos en esa extraña prórroga existencial antes de que nuestra querida peseta pasase a mejor vida. Faltaba apenas un mes para que empezásemos a hacer cálculos mentales imposibles para saber cuánto nos estaban cobrando realmente por un café o si la llegada del euro venía con inflación de regalo. Pero antes de que la nueva moneda europea llegase a nuestra vidas, Pontevedra fue testigo de una orgía consumista. Una, eso sí, con luz, taquígrafos y factura simplificada.
El protagonista fue Francisco Villanueva, un buenense que, sin saberlo, se convirtió en el precursor del gasto salvaje que desde hace ya un tiempo se ha venido a instalar a finales de noviembre con el desembarco del viernes negro desde los Estados Unidos. Pero vayamos por partes, porque la historia tiene su miga y, vista con la perspectiva de dos décadas, su buena dosis de ironía.
La historia de este treintañero trabajador de Pontevedra fue un máster en gasto acelerado. La Asociación de Empresarios de la Pequeña y Mediana Empresa (Aempe) tuvo la original idea de organizar la campaña Millonario por un día. El concepto era sencillo y perversamente delicioso: te damos un millón de pesetas (6.000 euros) y tienes un día laboral para pulírtelo.
A diferencia de ciertos políticos y banqueros que años más tarde gastarían dinerales ajenos en lencería y restaurantes de lujo amparados por la oscuridad de sus tarjetas, Francisco lo hizo a plena luz del día, montado en un llamativo Ford antiguo puesto por la organización y saludando a los viandantes como un influencer del consumismo local.
La jornada comenzó a las 9.30 de la mañana. Francisco no llevaba una tarjeta opaca en el bolsillo. Llevaba algo mejor: al secretario de Aempe pegado a los talones, actuando como un cajero automático humano con patas, extendiendo cheques y validando compras. La media de gasto fue de impresión, volaron cien mil pesetas (600 euros) por hora.
El gasto tenía truco
Las bases del concurso tenían una cláusula anti-monopolio que complicaba la logística: no se podía gastar más de 75.000 pesetas (450 euros) en un solo establecimiento. Esto obligaba a Francisco a realizar una yincana comercial por toda la ciudad, entrando y saliendo de tiendas con la ansiedad del que sabe que el tiempo es literalmente dinero.
El primer establecimiento visitado fue Antius, en la Plaza de la Peregrina. Francisco había ganado el concurso precisamente por comprarse allí una chaqueta de cuero semanas atrás. «Me la puse para que me dé suerte», confesó sobre la prenda fetiche que le dio el premio. ¿Y qué fue lo primero que hizo con su millón? Comprar otra chaqueta para la ayudante logística en todo el organigrama consumista: su pareja.
En declaraciones a los medios, interesados en conocer cómo se podía gastar ese dinero en un solo día, Francisco reconoció tener una «sensación rara», aunque admitió sentir esa paz que te da el «no tener que preocuparse de los precios ni tener sensación de culpabilidad por gastar». Era el sueño del ciudadano medio, algo que hoy en día solo se ve por la tele en series documentales de familias ricas o en las redes sociales de determinados personajes que presumen de una vida sin límites.
A mitad de la jornada el rico por un día de Pontevedra ya había arrasado zapaterías, tiendas de electrodomésticos y decoración. «Si fuese mi dinero me costaría más, pero así es muy fácil... aunque cansa», declaraba. El cansancio de la vida obrera versión tarjeta de crédito. A las 18.30 horas, tras una comida en el restaurante Román financiada por la organización para no mermarle el presupuesto, a Francisco le quedaban solo 32.000 pesetas (192 euros) por gastar. De nuevo unos zapatos se llevaron las migajas de ese presupuesto deseado por las más de 225.000 personas que entraron en el sorteo de esta anticipada lotería de Navidad o, más bien, sorteo extraordinario de Black Friday.
Visto desde hoy, aquel día de furia consumista en Pontevedra se siente como el fin de una era. Un mes después, en enero de 2002, llegaría el euro. Esas 75.000 pesetas de límite por tienda se convertirían en 450 euros y, de repente, el millón de pesetas dejaría de sonar tan imponente para convertirse en seis mil euros, una cifra que psicológicamente no permite fantasear tanto y que a buen seguro hoy en día no le darían al bueno de Francisco para llenar tanto su carrito de la compra.
Aquel día el buenense de 32 años se gastó un millón de pesetas de una asociación empresarial en poco menos de 10 horas, generó riqueza en al menos 18 comercios locales, pagó los impuestos correspondientes en cada una de estas transacciones y se fue a casa con dolor de pies y el maletero lleno.