María Luisa cocina en Pontevedra el menú del día que resucita a los peregrinos: «Algún día nos hacen la ola»

Nieves D. Amil
Nieves D. Amil PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

Ramón Leiro

Novo Soto está en el trazado urbano del Camino Portugués y en verano duplica sus clientes al dar de comer a quienes hacen la ruta jacobea y los obreros

26 ene 2023 . Actualizado a las 14:15 h.

Son casi las diez de la mañana y María Luisa Martínez ya lleva un buen rato en la cocina. Huele a codillo y a sofrito desde bien temprano. Está dorando las piezas antes de meterlas al horno, mientras a esta hora todavía da vueltas a alguno de los platos que servirá a partir de la una. Sus clientes podrán escoger de primero potaje de alubias, sopa o huevos gratinados y tiene dudas de si la cuarta opción será brécol o coliflor. Con el segundo ocurre lo mismo. Habrá, como ya huele, codillo al horno, pollo en salsa y parrillada de pescado, pero duda si filete o zorza para cerrar el menú de un mes de enero flojo. «Como todos», precisa la dueña de Novo Soto, uno de los clásicos de Pontevedra.

En su comedor se sirve la comida de toda la vida. Porque María Luisa es como un madre con sus clientes. Los mima y conoce sus gustos, incluso si no tienen un buen día, les da alguna otra opción para facilitarle el plato. Desde hace un tiempo a esta parte, además de los obreros que cada día paran en sus mesas, los peregrinos se han convertido en protagonistas de este pequeño restaurante de la calle Virgen del Camino. Casi a la altura de donde un enorme letrero recuerda que quedan 64,5 kilómetros hasta la plaza del Obradoiro, está su negocio. Es una parada obligada. «Este verano fue una barbaridad, llegamos a servir hasta cien menús del día», explica María Luisa. Entre risas, cuenta que en más de una ocasión le hacen la ola: «A veces alguno se levanta diciendo, esta cocinera se merece una ola». La carcajada está asegurada. Pero también los hay que le piden un poquito más. «Hacemos los postres caseros y el flan de huevo es uno de los clásicos, cuando lo acaban vienen a decirme si le puedo dar un trocito más», comenta, sin perder de vista todas las tarteras que están al fuego.

Desde mediados de marzo hasta finales de septiembre no descansó. Los obreros llegaban a primera hora para comer y los peregrinos un poco más tarde para poder hacer un doble servicio cada día. «Aún así, a veces eran las doce de la mañana y ya me estaban llamando a la puerta. A esa hora no los puedo atender porque aún estamos cocinando», comenta. 

Ella cogió el negocio hace casi una década y lo atiende junto a su hija pequeña, Patricia Martínez, y una cocinera. «Siempre hubo algún peregrino, pero con lo de este año no contábamos. Hubo días que acabamos de recoger y limpiar lo del mediodía a las diez de la noche», apunta. Novo Soto solo tiene servicio de mediodía. Cada día hay un menú del día en el que no faltan un plato de cuchara, carne, pescado y verdura. Eso sí, los jueves los callos son sagrados, lo mismo que el sábado toca cocido. Dos grandes carteles lo anuncian en una de las ventanas, pero es algo que se sabe. «Además de tomarlos aquí, muchos los llevan para casa», explica María Luisa Martínez, que vende la ración a seis euros. Tanto este plato como el menú del día subió un euro con el nuevo año y llega a los 11: «Todo es más caro y no se podía sostener».

Sus clientes lo entienden, pero para el que no quiera rebasar la barrera de los diez euros, te da la posibilidad de tomar solo un plato único del menú por nueve euros. «Es algo más económico, pero lleva más cantidad e incluye igual bebida, café o postre», indica el alma de Novo Soto. Mientras explica cómo se ha incrementado la cesta de la compra para los restaurantes, explica que, aunque el gas bajó unos euros, sigue siendo un gasto importante en el negocio. «Cada dos semanas consumo dos bombonas de las grandes que cuestan 147 euros», recuerda. 

María Luisa no pierde la sonrisa en toda la mañana. A unos años de la jubilación, ya quisieran su vitalidad los más jóvenes. Ella sola atiende muchas veces toda la sala y tiene un ojo en la cocina. «Algún peregrino me ve y no se cree que esté yo sola para atender todo. Alguna vez hasta me ayudan a recoger su mesa», dice sobre esos días en los que está sola para servir.

Carmen Sánchez y Begoña Sarandeses, madre e hija, dueñas de Casa Elvira, en Pontevedra

El día a día en una casa de comidas de Pontevedra: «Hacemos malabares para poder servir todavía el menú a 10 euros»

nieves d. amil

Son las diez de la mañana y en Casa Elvira ya está la cocina encendida y el menú del día anunciado en la pizarra de la entrada y sobre la larga barra desde las que se controla la sala. El cliente puede escoger tortilla, judías o caldo, de primero, y ternera, pollo, merluza o paella, de segundo. Esos dos platos, por diez euros. El alza de los precios le ha llevado a subir medio euro respecto al año pasado. No lo tocaban desde antes de la pandemia y los números empezaban a no dar. «Hacemos verdaderos malabares para poder seguir poniendo el menú a diez euros», explica Begoña Sarandeses. Esto no es un restaurante, es más una familia en la que los clientes tiene nombre y apellidos. «Nadie se ha quejado, pero ves que la vida se ha ajustado. Los trabajadores que antes tenían 12 o 15 euros para dietas, ahora solo disponen de diez», reconoce.

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