La confitería de Pontevedra con tarta rusa en la que los guías mandan parar

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

Mayka Solla, que cogió el relevo de su padre en la emblemática Confitería Solla de Pontevedra en el 2018, mostrando las especialidades de la casa.
Mayka Solla, que cogió el relevo de su padre en la emblemática Confitería Solla de Pontevedra en el 2018, mostrando las especialidades de la casa. Ramón Leiro

Solla es uno de esos sitios cuyo olor debería estar catalogado. Su milhojas, especialidad de la casa, sus pastas o sus trufas entran por la nariz incluso antes que por los ojos

02 dic 2022 . Actualizado a las 21:53 h.

«Sintiéndolo mucho», como canta en su última canción, Sabina no lleva razón. Porque al lugar donde fuiste feliz, por mucho que él opine que no, siempre hay que tratar de volver. Sobre todo si ese sitio es capaz de trasladarte a un momento de felicidad solo con olerlo. Así le pasa a muchas personas que cruzan la puerta de la Confitería Solla, ubicada en la céntrica calle Michelena, historia viva del comercio de Pontevedra y uno de esos sitios con aroma inconfundible. «La gente entra, huele el dulce y lo primero que dice es que le recuerda a cuando era pequeño y venía aquí. Hay abuelos que vienen con nietos y se lo cuentan as, con una sonrisa enorme», explica desde allí con emoción Mayka Solla, que desde el año 2018 es quien lleva la batuta de este negocio familiar.

Volvamos a 1967. Al 8 de agosto de ese año. Ese día, aprovechando el domingo de la Peregrina, un hombre llamado Ernesto Solla abría por primera vez las puertas de su negocio en la calle Michelena. Lo bautizaba con su apellido, Confitería Solla, y comenzaba a ofrecer a los clientes el arte pastelero que había ido adquiriendo en Los Castellanos, que es de donde entonces salían los mejores profesionales de Pontevedra y donde Ernesto había entrado a dar el callo con solo 14 años. A él, en realidad, también le venía de cuna el oficio, porque su padre era pastelero. Pero nadie sabe muy bien qué aprendió de él, ya que le dolía recordarlo porque lo había perdido muy pronto.

Ernesto hizo del negocio su proyecto de vida. No había vacaciones ni descanso. Se rodeó de un gran equipo, que le acompañó para siempre, y comenzaron a dar lo mejor de sí. Se sumó a esas labores su mujer, María del Carmen Domínguez. Y juntos se especializaron en hacer una milhojas inconfundible, unas pastas de chocolate frente a las que no hay resistencia posible, merengues de los que se deshacen en la boca y, por supuesto, la tarta rusa de almendra y crema de mantequilla que jamás perdió su sitio en el escaparate y que, según la leyenda, fue inventada por un pastelero ruso.

 Vitrinas con mucha historia

El fundador de Solla estuvo casi hasta el final de sus días —murió en el 2018— al pie del cañón. Él y Mari Carmen criaron sus hijos entre dulces. Lo cuenta Mayka con los ojos llenos de emoción: «Las dependientas me llevaban al colegio y pasaba aquí muchísimo tiempo», señala mirando al mostrador o las viejas vitrinas que, aunque no son las primeras que hubo, tienen ya muchas décadas de historia encima. Mayka, que estudió Empresariales, dice que ni ella ni su hermano se planteaban seguir con el negocio familiar, sobre todo, por lo atado que resulta para conciliar vida familiar y laboral. Pero, tras fallecer su progenitor, ella tomó las riendas: «Fue difícil. Pero él enfermó y luego falleció y al final me decidí a seguir. Quería que continuase esto con su misma esencia, que siguiésemos ofreciendo esa calidad y esos productos por los que tanto luchó», cuenta.

Mayka amplió poco a poco la plantilla, se rodeó de un equipo de ocho personas —que en su mayoría llevan décadas de trabajo en Solla— y se convirtió en una más en la confitería, a la que ahora también lleva de cuando en vez a su hijo, que primero se come una pasta de chocolate y luego, cuando los bigotes le delatan, pregunta si puede tomarla.

Desde el minuto cero, su esfuerzo es que las recetas sigan saliendo como cuando su padre lo supervisaba todo. Echa la vista a las trufas, a la milhoja o a los mazapanes para Navidad que ya empiezan a salir del horno y su mirada es la de una hija orgullosa de sus raíces, amén de una comerciante con las cosas claras. «Me gusta que se le dé valor a lo artesano, creo que es algo importante», dice. Luego cuenta la maravillosa época que toca vivir ahora en diciembre, con los turrones de chocolate con almendras, los polvorones, el famoso culebrón o el pan de Cádiz cogiendo sitio en las estanterías.

Se ríe cuando se le dice que la tarta rusa que nunca abandona su escaparate llama la atención de cualquiera, por su tamaño y sus vistosas almendras. Y dice que, efectivamente, es un gran reclamo y que incluso los guías la recomiendan: «Mucha gente nos dice que los guías les dijeron que parasen aquí y probasen esa especialidad o la milhoja», señala desde un local que, además, queda a tiro de piedra de la Peregrina, por lo que queda totalmente a mano para los turistas.

Mayka va del pasado al presente y se queja amargamente de los 3.900 euros de luz que pagó en agosto. O de cómo está de revuelta la economía. Pero, quizás por vivir entre dulce, sabe cómo lidiar con lo amargo. Así que termina diciendo: «Habrá que seguir con ilusión, esperando que las cosas mejoren». Pues eso.