El relato organicista

PONTEVEDRA CIUDAD

Pau Venteo | Europa Press

18 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El organicismo es una teoría vitalista, rastreable en todas las civilizaciones, que da por supuesto que el universo, y los distintos estratos en los que el cosmos se expresa, tienen una tendencia esencial al equilibrio, por lo que, cada vez que ese equilibrio se rompe, se hace inevitable un cataclismo regeneracionista cuya resultante final es un nuevo orden. Y tan potente resulta esta cosmovisión que es compartida en casi todo por el Génesis y el Big Bang, ya que el camino del caos al cosmos, que ambos describen, se resuelve en un orden universal y estratificado del que forman parte las águilas y las miñocas, Pericles y Claudia Schiffer, la catedral de Santiago y la cueva de la Menga, la ría de Pontevedra y el desierto de Atacama, que son productos requintados, vive Dios, de un orden impecable, generado por un caos indescriptible.

Nada tendría de preocupante esta algarada determinista que acabo de escribir si no fuese que el organicismo moderno y contemporáneo trasladó esta explicación a los hechos sociales y culturales, hasta llegar a interpretar que, cada vez que la sociedad y la política se desequilibran, por la acción de la humanidad o por cualquier otro desajuste, solo se pueden regenerar apurando el conflicto y el caos que liberan las fuerzas constructoras de un nuevo orden. En esto creían a pies juntillas Bush, Rumsfeld y Condoleezza Rice cuando invadieron Irak. Y en eso creían también los protagonistas de los dos conflictos mundiales del siglo XX, que se murieron creyendo que el mundo de hoy, y especialmente el orden occidental, son prístinos e indiscutibles efectos de las masacres, dictaduras y genocidios que asolaron la vida de nuestros abuelos.

Supongo que nadie aceptará esta teoría sin matizarla en todas sus letras. Y tampoco quiero ser un profeta de un tiempo de borrascas y glaciaciones que ululan en nuestro entorno. Pero mucho me temo que los nuevos pulsos entre China y EE.UU., los conflictos fronterizos entre la UE y Rusia, la desigualdad y la injusticia, el caos de violencias, dictaduras y hambrunas que se despliegan por buena parte del Medio Oriente y África, y las tendencias de los votantes hacia posiciones más extremas, estén pensando, consciente o subconscientemente, en que todo esto se arreglará cuando estalle un tsunami de conflictos de diversa naturaleza, que aproveche la mens iugiter victura —que así denominó el franquismo, en el arco de triunfo de la Moncloa, a «los que siempre salen ganando»— para alumbrar otro orden mundial caracterizado por —Lampedusa dixit— cambiar lo necesario para que todo siga igual.