«Hace 60 años los clientes se sorprendían de que una mujer les sirviese gasolina en Pontevedra»

Irene Calo trabajaba en Costa Giráldez, el garaje y gasolinera que este mes cerrará después de setenta años de servicio: «Ganaba 1.200 pesetas, pero las propinas me daban ya para comer"


Pontevedra / La Voz

Sentada en su huerto en Pontevedra, Irene Calo observa una foto de los años sesenta en la que aparece junto al surtidor de gasolina de Costa Giráldez. Trabajó en el garaje antes de casarse rompiendo todos los estereotipos de la época. «Debí de ser una de las primeras mujeres en Galicia que trabajaba en una gasolinera y también de las primeras en llevar un uniforme con pantalones», asegura Calo Triñanes a sus 83 años. Recuerda perfectamente los nombres de sus compañeros y en especial el María del Carmen Costa, hija de los dueños del negocio, Valentín Costa y Noemia Giráldez. Han pasado 60 años de esa fotografía y este mes el garaje escribirá la última página de su historia para convertirse en un supermercado Gadis.

Irene Calo nació en Boborás (Ourense), pero con apenas veinte años sus padres la enviaron a casa de su tía a  Pontevedra para buscar un futuro más próspero. «Mi padre no quería que trabajáramos la tierra y nos mandó a Pontevedra en busca de una vida mejor», apunta esta mujer, que pronto encontró trabajo en Costa Giráldez. «Al principio los clientes se sorprendían de que hubiese una mujer poniendo gasolina, pero luego se acostumbraron y siempre me trataron con mucho respeto», reconoce Irene, que bromea: «No sabes cuántas propinas nos dejaban. A mí me daban para comer todo el mes». En esos primeros años de la década de los sesenta su sueldo era de 1.200 pesetas. «Un sueldazo», puntualiza Calo Triñanes, que como hija de zapatero lo compara con lo que en ese momento podía costar un par de zapatos «de los buenos». «Podían andar por las cien pesetas. Mira que bien cobrábamos, que yo tenía una amiga trabajando en una mercería y ganaba 600 pesetas», recuerda Irene Calo, que todavía explica con precisión como era su día a día.

En el garaje trabajaban dos chicas en los surtidores, una estaba en el de gasoil y otra en el de gasolina. «En la foto aparezco con Julita, que ya falleció. Ahí estábamos con una bata blanca que usábamos a veces, pero luego el uniforme era pantalón oscuro y camisa. Ni mis primas traían pantalones cuando venían de Madrid. Recuerdo que hacía mucho frío y teníamos unas cabinas para resguardarnos», explica, mientras lanza una pregunta con respuesta: «¿Sabes cuánto costaba antes el litro de gasolina? 2,5 pesetas». Irene hacía la mezcla para las antiguas Velosolex: «Les preparaba la mezcla de gasolina y aceite porque los coches solo llevaban gasolina y el gasoil era para los camiones».

Entre las imágenes que más le vienen a la cabeza está la de los coches de caballos con los bidones para llevar a los armadores o el recuerdo de una calle Benito Corbal que nada tiene que ver con la de hoy. «Al lado estaban los de los camiones Reyes, donde esa ahora la panadería Acuña, y un bar en el que cogíamos el bocadillo cuando teníamos el turno continuado», explica.

Costa Giráldez se construyó en 1951 y en su setenta aniversario cerrará las puertas, pero no los recuerdos de quienes trabajaron allí. Porque a Irene, además de introducirla en el mercado laboral, también le abrió las puertas el corazón. Servía gasolina a un joven, que acabó convirtiéndose en su marido. «Él también es de Ourense y el primer día que llegó, me preguntó si era la hija de Ernesto. Él había estado en Brasil y cuando regresó, compró camiones», explica Irene Calo, que cuenta como la gasolinera le permitió conocer a su marido y al casarse la dejó para cuidar las tierras que tenía la familia. «Mi padre me mandó para Pontevedra para que no trabajase las tierras y lo acabé haciendo aquí», dice con mucho humor una mujer tan vitalista que cuanta los meses para poder recuperar sus excursiones, los ensayos de la coral y los paseos que el covid le arrebató: «La próxima semana ya voy a ponerme la segunda dosis de la vacuna, ya le digo en la coral, cuando volvamos no nos vamos ni a acordar de como se canta».

Irene Calo guarda la foto de su etapa en Costa Giráldez en un sobre junto a otros recuerdos de su marido ya fallecido y continúa cuidando su huerto de Mourente, que es su refugio diario para mantenerse activa. «Yo no soy capaz de quedarme quieta», advierte a sus 83 años y después de cuatro horas en la finca.

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«Hace 60 años los clientes se sorprendían de que una mujer les sirviese gasolina en Pontevedra»