Los bañadores diseñados con plástico reciclado que triunfan en Pontevedra

Ana Pan aúna en su proyecto Panadería Desing su amor por el mar, el dibujo y la sostenibilidad


pontevedra / la voz

Ana Pan es arquitecta. Desde que era niña le apasionaba pintar y esa afición al diseño fue cogiendo forma con su profesión. Pero le faltaba algo. Durante el confinamiento, cuando tantas y tantas vueltas se le dio a la cabeza, también ella le dio un buen meneo hasta poner sobre la mesa una idea sólida que dijese mucho de ella y de su pasión por el mar, el dibujo y la sostenibilidad. Creó Panadería Desing porque «yo siempre fui conocida por Pan y pensé que la panadería es el sitio donde se hace el pan y esto son los bañadores que hago yo, los diseños de Pan».

Son piezas únicas creadas con poliéster reciclado, que se obtiene de los plásticos, con estampados relacionados con el mar y que representan una de las aficiones de Ana, como es el buceo. «Quería que quedara reflejada mi pasión por el mar y por eso opté por bañadores, pero quería que recogiese también el daño que hacen los plásticos», explica Ana Pan, que desde que le empezó a rondar por la cabeza esta idea hasta hoy, ya ha vendido más de medio centenar de trajes de baño y no para de recibir encargos. Hace modelos de mujer y de hombre y su única promoción es su cuenta de Instagram.

En cuanto dio forma a la idea y tenía claros los diseños buscó lo que hacía falta, un taller textil que se los confeccionase y el material. «Encontré un laboratorio textil en Vigo, donde me hacen la impresión», apunta Ana Pan, que para el Día del Padre vendió muchos de hombre y espera que a finales de mayo pueda tener más modelos de mujer de esta primera colección.

«Solo imprimimos los metros de tela que hacen falta, trabajamos intentando dejar el menor residuo posible, buscamos que sea lo más sostenible posible y lo menos industrial», comenta Ana Pan, que asegura que sus bañadores están cosidos a mano y sus proveedores son locales. «Con lo que sobra de cortar la tela, a veces, hago coleteros. Suprimimos del proceso todo lo que es innecesario», apunta. Cada traje de baño tiene un precio que ronda los 60 euros, aunque los modelos de caballero o los bikinis le son más sencillos, que los bañadores femeninos.

Sin stock

Ana Pan sabe que esta forma de producir es más costosa y complicada porque la rentabilidad está en trabajar con stock y en grandes cantidades, pero precisamente ella huye de eso cuando diseña. «Todo te lleva a que si haces más cantidad, los números te dan mejor», comenta esta arquitecta, que dibuja por placer y por trabajo porque cuando no pinta los trajes de baño, trabaja en una empresa de iluminación. «Pinto desde que tenía nueve años y esto está todo muy relacionado», comenta.

La apuesta por la sostenibilidad es clara, como también lo es su pasión por el mar. Hay bañadores con pulpos, pingüinos, sardinas o incluso estrellas de mar, pero hay algunos con tortugas, que evocan una de sus primeras inmersiones. «Cuando empecé a bucear iba con la instructora y de repente apareció una tortuga, durante un buen rato estuvimos jugando con ella, ese recuerdo lo transformé en un bañador», explica Ana, que también los ha hecho con los bancos de sardinas sobre un fondo rojo, que evocan la noche de San Juan, o la mezcla de las Perseidas y las estrellas de mar en esa línea del horizonte, que une cielo y mar. «Uno de los que más éxito tiene es un bañador amarillo con pingüinos, que yo lo llamo Elegante, pero informal porque es un animal majestuoso, pero un poco patoso, como yo», bromea la diseñadora pontevedresa, que hace todas las tallas, desde la más pequeña hasta la XXXL. «Aún nadie me ha devuelto uno porque no le sirviera, tengo una guía de tallas, pero me adapto», comenta Ana Pan.

Muchos clientes se preguntan si al tocar el bañador la textura es como el plástico. Ahí radica una de las mayores sorpresas del comprador: «Son suaves y muy flexibles, el de hombre es de secado rápido y los de mujer no llevan ni aros ni copas», puntualiza esta pontevedresa, que ya piensa en la moda infantil, la otra gran demanda que llega por boca de sus clientes.

Con el proyecto ya en marcha, las ideas se suceden una tras otra, pero para esta colección ya no hará más diseños. «Estamos en el momento de la fabricación, que es el menos duro, pero cuando hacemos las pruebas y las estampaciones puedo dedicarle entre cuatro y cinco horas al día», asegura. Y eso que ocho las dedica a la arquitectura lejos del mar.

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