De los Manolitos de Madrid a los Ravacholitos de Pontevedra

Rubén Rodríguez lleva un mes vendiendo estos cruasanes con distintas coberturas elaboradas de forma artesanal, que muchos clientes han empezado a enviar sus amigos como recuerdo de la ciudad


pontevedra / la voz

A Rubén Rodríguez la pandemia le puso un freno en sus aspiraciones. Con la heladería recién montada y a solo cinco días de inaugurarla, se decretó el confinamiento de la población y la fiesta que iba a suponer abrir su primer negocio el 19 de marzo se tuvo que aplazar hasta el 15 de mayo. Esos primeros días después de dos meses encerrados estuvo centrado en hacer helado y venderlo, sobre todo en adaptarse a una nueva vida profesional entre dulces y sabores. Antes de emprender esta aventura que se llama Stromboli, este arquitecto de interiores trabajaba en una empresa de transportes. Pero un día, atraído por lo artesanal decidió dar un giro a su vida. Aunque la pandemia marcó su comienzo, este pontevedrés mira hacia atrás y reconoce que los números que ha hecho no son como los que pensaban cuando barruntaba la idea en su casa, pero «estoy satisfecho con el año que he tenido».

En esta andadura empezó por los helados, que hace de forma artesanal con leche ecológica, pero cuando llegó el otoño empezó a pensar en ofrecer otro producto que llevase a los pontevedreses a ponerse a la cola de su local. Y decidió acuñar los Ravacholitos, unos cruasanes que recubre de sabores dulces y que han vuelto loca a media ciudad. Si en Madrid triunfaron los Manolitos, de Manolos Bakes, en Pontevedra se han impuesto los Ravacholitos de Rubén. «Empecé a hacerlos antes del puente de diciembre y fue un éxito, hasta una señora me preguntó si duraban tres días porque quería enviárselos a unos amigos que vivían en Andalucía y esto le parecía un postre típico», apunta Rodríguez, que no se esperaba la buena acogida que tuvieron estos cruasanes en Pontevedra. Después de hornearlos, los pinta con un almíbar que prepara en su obrador o los recubre con chocolate negro, blanco o con leche, que elabora a diario. Pero este ritual que hace cada mañana lo completa con una presentación que hace de estos cruasanes un objeto de deseo.

Es fácil imaginar que alguien que quiera hacer algo identificativo de Pontevedra utilice un nombre vinculado al loro Ravachol, pero en su caso es más que justificado. «Escogí este nombre porque aquí es donde estaba la farmacia de Perfecto Feijoo y hacer alusión a Ravachol (el loro del farmacéutico) era una buena idea», apunta Rodríguez, que tras escoger el nombre de Ravacholitos quiso añadirle algo más y en cada caja pone una afirmación que comparten algunos de sus clientes: «Ravacholitos, descaradamente buenos». Desde entonces hace cerca de 350 unidades al día entre semana y el sábado y domingo multiplica por dos la producción. Todos tiene que estar listos a las doce de la mañana, momento en que abre la puerta de su negocio. El aluvión de pedidos diarios le ha hecho replantearse muchas opciones. Ya trabaja en un nuevo diseño y en poner un servicio a domicilio.

Entre sus planes está también poder abrir antes para que se puedan llevar para el desayuno, pero por ahora reconoce que apenas tiene tiempo ni para organizarlo. Está solo en Stromboli y asegura que eso le obliga a hacer jornadas de hasta 14 horas (algunos días de más) para intentar llegar a todo. No se imagina como será el verano, cuando la demanda de helado se junte con la de los Ravacholitos. Porque él lo hace todo en su pequeño obrador del número 1 de la calle Michelena, junto a la Peregrina. Es pequeño, pero «no cambiaría está ubicación por nada», señala Rubén Rodríguez, que espera, si la pandemia y la carga de trabajo le deja, acabar el curso de experto heladero en el que se matriculó en la Universidad de Alicante. Ya piensa en el proyecto que deberá presentar para lograr el título. «Planteo un helado relacionado con el mar», apunta este pontevedrés, que si tuviese que quedarse con un sabor sería la straciatella.

Dentro de cinco años se ve en el mismo rincón de Pontevedra, pero teniendo más tiempo para su familia. «Hay gente que quiere crecer y luego se estrella», concluye desde el obrador, donde la única ayuda es la del altavoz Alexa, que le avisa cuando se cumple el tiempo del horneado.

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