Los gallegos y los cetáceos


Todo empezó con Mi amigo Flipper, que se proyectó por primera vez en el cine Equitativa, esa fábrica de mitos para los niños, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. Narraba la historia de un niño como nosotros pero que vivía en la costa de Florida y, tras el paso de un tifón, se encontraba con un delfín y se hacían amigos. Vamos, una película que venía a tirar por tierra ese otro mito legendario, el de Moby Dick, la ballena asesina. Los antecedentes que teníamos los niños de los cetáceos se limitaban a la ballena de Jonás, que nos contaban los curas en las clases de Historia Sagrada, y la de Pinocho, una película gótica y terrorífica de dibujos animados en la que un tal Polilla hacía de Mickey Rooney. Flipper era flipante. Mucho después y mucho más cursi, apareció Liberad a Willy. Pero, amigos, Willy era una orca y las orcas son unos delfines grandes y, como Moby Dick, asesinos. Visten el mismo uniforme que las urracas y los pandas, el blanco y negro, pero son infinitamente más peligrosas, y atacan, por ejemplo, a las mismísimas ballenas. Y ahora sabemos también que a los veleros de menos de cuarenta pies. Les muerden la aleta caudal, que es el timón. Y se comenta entre los navegantes que como te caigas al agua te comen.

La relación de los gallegos con los cetáceos ha tenido sus altibajos, como demuestran las antiguas factorías de ballenas de Cee y de Cangas, o las corridas de delfines que se celebraban en Pontevedra por la Peregrina. Ya va siendo hora de firmar la paz, ¿no?

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