Sin sentarse a la mesa en siete meses, el drama que llegó con el covid a Pontevedra

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA CIUDAD

CAPOTILLO

Los comedores sociales de la ciudad capitalina y Marín dan táperes con comida a los usuarios. Pero no se atreven a reabrir

05 oct 2020 . Actualizado a las 12:58 h.

Corría la primavera de 1988 cuando los padres franciscanos de Pontevedra decidieron que había que poner en marcha un comedor social en su propio convento. «El compañero que estaba al frente en aquel momento veía necesidades y abrió el comedor. Primero venía poca gente, pero enseguida se empezó a llenar», dice el padre Gonzalo, el actual responsable de esta institución. Desde entonces, sin demasiado ruido, el comedor nunca cerró sus puertas. Cumplió treinta años de servicio ininterrumpido de lunes a sábado, descansando solo los domingos y los festivos religiosos. Sin embargo, toda esa constancia saltó por los aires con la pandemia. El covid-19 obligó a clausurar las instalaciones y limitarse a entregar comida en táperes a los usuarios. Se les dan más víveres que antes. No faltan los platos calientes. Pero nada es lo mismo. «Es que no se pueden sentar a la mesa, y eso no hay nada que lo sustituya», reconoce con impotencia el padre Gonzalo. «Echan de menos entrar y sentarse, hay gente que dejó de venir», añade Esther, la educadora social del comedor.

Van ya siete meses sin que muchos de los usuarios del comedor social de Pontevedra -que algunos días llegan a ser 140- se puedan sentar a una mesa. Porque muchos no tienen un hogar en el que abrir el táper de comida. Se lo llevan directamente a la calle si es que son sin techo, a la pensión o a la infravivienda en la que moran. Algunos se quejan. Otros, simplemente, se resignan o hace tiempo que ya no van a buscar los táperes. Lo cuenta Esther, la educadora de San Francisco: «A algunos les perdimos la pista. Suponemos que se arreglarán y conseguirán alimentos de alguna manera... no sabemos. Pero no vienen. Es que lo de traer el táper y llevar la comida algunos lo llevan mal», indica.

 «No podemos hacerlo»

El padre Gonzalo reconoce que le duele no reabrir las puertas y sentar a todo el mundo a la mesa, como se hizo siempre. Pero lo descarta, como mínimo, hasta que acabe el 2020: «Tendríamos que hacer un montón de turnos para poder atender a todo el mundo. Es imposible, a veces nos vienen más de 100 personas. Bajando el aforo y manteniendo las distancias no podemos... no lo vemos viable. Además, ahora apenas tenemos voluntarios porque la mayoría eran mayores y tuvieron que dejar de venir con la pandemia. De momento, hay que seguir con los táperes», indica.