«La adrenalina de caer un minuto al vacío es un placer»

Paracaídas, puenting, goming... nada se le escapa a este pontevedrés que asegura que es un tipo tranquilo: «En estas actividades no te da tiempo a pensar, solo a gritar. La descarga de energía es brutal y esa adrenalina compensa el temor previo que te corre por el cuerpo»


Iago Martínez es un hombre tranquilo y casero, su rutina la resume «de casa al trabajo y del trabajo a casa», pero él cuenta con esa habilidad innata para practicar toda clase de deportes. «Hago de todo y de nada», se simplifica, pero ese nada a cualquiera le daría muchísimo vértigo. Para que se hagan una idea, este gallego acaba de tirarse en paracaídas desde seis mil metros de altura, con esa caída libre de un minuto; ha hecho puenting, goming, que consiste en que te atan de los pies y te lanzan desde una grúa a 80 metros de altura; también ha practicado hidrospeed, ha hecho parapente, ha ido en globo, ha hecho buceo, escalada, rápel, kitesurf... y ya no sigo porque en realidad Iago se ha subido al carro de todo aquello que produzca emociones fuertes.

«Lo que buscas es tener una sensación única, de mucho nerviosismo, que te produzca una descarga de energía brutal y que solo consigues con este tipo de actividades», apunta Iago, que en su defensa asegura que también disfruta mucho leyendo un libro bajo una parra. «Hay momentos para todo, pero a mí me produce mucho placer sentir esa descarga: te quedas absolutamente relajado, claro que antes pasas muchísimo miedo, te bombea el corazón, sudas frío y dices: ‘¿Pero por qué me he metido yo aquí?', ¡y quieres salir corriendo!», cuenta con esa pausa de quien parece, aun así, tenerlo siempre todo controlado. Él explica que ha sido a partir de cumplir los 35 cuando le han venido estas ganas de adrenalina. «A mí siempre me ha apetecido hacer estas actividades, pero al final por unas cosas u otras, no te animas, no tienes con quién ir y te vas quedando. Y más o menos desde que tuve esa edad dije: ‘No estoy haciendo lo que quiero, aunque vaya solo, me voy a lanzar». Y vaya si se lanzó.

LA PRIMERA VEZ, A LOS 15

Aunque la primera vez, por supuesto, siempre se queda grabada en la memoria con mucha nitidez. La de Iago fue el goming a los 15, y el puenting a los 17, «entre As Neves y Arbo». «Recuerdo que cuando estaba en la barandilla del puente, no podía lanzarme, dejé pasar como a unas cinco personas delante de mí del miedo que sentía. Necesitaba asegurarme de que las cuerdas estaban bien, de que todo estaba en perfecto estado y en ese momento previo lo pasas terriblemente mal, das marcha atrás, tiemblas... Sin embargo, esa es la emoción, cuando justo te lanzas sientes una descarga de adrenalina brutal, el salto al vacío da muchísimo placer. A mí me encanta esa sensación de alivio y de relax que te queda nada más terminar», explica. «Eso sí, al día siguiente puedo tener fiebre por anginas, porque me caen las defensas del subidón del día anterior».

Lo de lanzarse en paracaídas ha sido el regalo de los 40. «Me lo había pensado mucho, llevaba años dándole vueltas porque me parecía que iba a ser la emoción más fuerte y así ha sido sin duda. Esa caída libre de casi un minuto desde 6.000 metros no es comparable con nada». En su ránking de emociones está primero el salto en paracaídas, luego el puenting y después el goming por ese orden, aunque en una línea muy superior sitúa al primero. «Es que casi te diría que pasas más miedo en la avioneta, que es pequeñísima: llevas la puerta abierta, notas las corrientes de aire, ese ruido mientras subes y subes...», apunta Iago, que pone hincapié en la seguridad del sistema. «El monitor te explica antes que nunca en la historia nadie se ha muerto porque hubiese fallado el paracaídas, al menos no hay registros en vuelos con monitor, porque tienen cuatro sistemas de seguridad y hasta un miniordenador. Sin embargo, donde puede haber más peligro es en la avioneta: como te falle algo, con una corriente de aire, te la pegas».

¿Llevas el Lexatin o no?, le pregunto. «No, no. Yo nunca me tomo nada». «El corazón te va a mil y empiezas a decirle al monitor: ‘Yo no quiero, no quiero'. Hay gente que se pone agresiva, eso es habitual entre los amateurs que corremos riesgo. Los profesionales te lo cuentan, te dicen que hay personas que les dicen en el vuelo: ‘Sácame de aquí'».

EL MENEO DE LA AVIONETA

¿Y te compensa? «A mí sí, yo soy de los que piensan que para disfrutar de la vida hay que hacer cosas. Yo busco eso. «No va de pensar, sino de sentir y de gritar. Gritas mucho mucho, por eso es tan placentero». «Ahora estoy aprendiendo a dar clases de saltos, de acrobacias, te vas poniendo retos -continúa-, pero nunca es igual a esa sensación tan excitante del momento previo a lanzarte desde una altura como seis mil metros, notas cómo se menea la avioneta, ese viento y asomarte a tanta altura es brutal».

Iago, además, se lanza a todo esto solo, cuando lo normal en este tipo de actividades es ir acompañado de alguien que te dé la mano o de alguien delante del que puedas hacerte el fuerte. «Yo lo prefiero así, pero también te digo que no hay nadie que me siga», bromea. «Lo mejor es que lo hago porque quiero y por puro goce», concluye este pontevedrés que también disfruta cuando va al parque de atracciones: «Sí, soy de los que se sube a todo, pero fíjate, creo que hay más riesgo ahí que cuando vas con un monitor a estas actividades; son seguras».

Este verano se ha propuesto sacar el título de buceo para poder practicarlo en cualquier clase de aguas y en cualquier rincón del mundo, pero seguramente irá a Ferrol a tirarse en parapente.

«Soy un tipo normal, muy tranquilo, y físicamente no soy La Roca, más bien tiro para abajo», concluye modesto. «¡Muy normal!», le enfatizo con retranca. «Si esto es a los 40, ¡no quiero imaginarme lo que harás para los 50!»... «No me veo bajo la parra -concluye Iago- habrá que pensar en un gran salto».

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