El vicio del periódico nuestro de cada día


diario de un (semi)liberado antonio garrido

Debió ser en tercero de EGB. La profe Josefina puso como tarea recortar una noticia de un periódico que nos llamara la atención para llevarla a clase. Así que al salir del cole cogí el Diario de Pontevedra de debajo del mostrador del señor Tomás y lo extendí sobre las cubetas de los elepés de los grupos extranjeros. Debí ocupar desde la letra A hasta la Q, porque el Diario de Pontevedra en aquellos tiempos era casi como el mítico The Times: una sábana. Recuerdo que escogí una noticia en la que se narraban con todo lujo los detalles las torturas en una guerra en el sudeste asiático. Rodillas dobladas hasta que se rompían y alfileres en los ojos formaban el menú. Recuerdo también que a la profe Josefina le gustó que llevara mi recorte, pero cuando lo ojeó me llamó a su mesa y me dijo que era mejor que no lo leyera «porque tus compañeros se pueden asustar, ¿no crees?» Y yo contesté que sí, y regresé decepcionado a mi pupitre. Lo suficientemente decepcionado como para recordarlo 40 años después. Nada raro el recuerdo, preñado de admiración, porque aquella EGB en el colegio José Antonio (hoy A Lomba) fue de los más productivo que pude pasar, con unos maestros extraordinarios y unos alumnos que aún seguimos en conexión. Tenemos grupo de WhatsApp, por supuesto, y hasta una cena anual.

Encontrar una noticia en el periódico no suponía mayor esfuerzo porque el señor Tomás siempre ha sido un ferviente comprador. Los domingos lo acompañábamos al kiosco de Llovo, en la plaza de O Castro. Él cogía sus periódicos, la Interviú y el Hola, y nosotros un cómic. Aprovechaba para echar una parrafada con Llovo, claro. Hoy en día, esa fiebre es mayor. Compra tres o cuatro periódicos al día, como mínimo. La cifra depende del fútbol. Si pierde el Barça se hace con los periódicos deportivos catalanes. Si cae el Celta ante el Madrid, el Faro de Vigo. La Voz, siempre, claro, para poder criticarnos a la hora de la comida. Porque no es que solo los compre, se los lee de cabo a rabo.

Nunca quiso una suscripción el señor Tomás porque le mola ir al quiosco. Y a mí me encanta por la mañana bajar por la mañana al buzón y encontrar allí mi ejemplar de La Voz. Es un vicio matutino, el primer vicio del día, hojear el ejemplar. Durante toda esta pandemia, cada día estaba allí el periódico. En su sitio. Allí y en cada punto de venta. En la delegación de Arousa tenemos la sana costumbre, heredada de nuestros antecesores, de compartir nuestras cenas de equipo con Gina y Modesto, veteranos repartidores que llevan cientos de miles de kilómetros a sus espaldas. Todos los días del año salvo tres, al pie del cañón. En estos días, en lo que tantas cosas han tenido que quedar de lado, ellos han seguido ahí. De vez en cuando conviene agradecérselo. O siempre.

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