Gómez se resiste a hacer su último afilado

Carlos Gómez estudió magisterio, pero decidió seguir los pasos de la familia y mantener viva la cuchillería de la calle Sierra, en Pontevedra, un emblema de la ciudad al que le da pena bajar la verja sin encontrar relevo


pontevedra / la voz

Ante el escaparate de la cuchillería Gómez una mujer se gira y comenta, «mira ese hacha pequeña que apañada es». Ante la afirmación de quien le escucha, prosigue: «El día que cierre esta tienda, no sé qué vamos a hacer». En una mañana de estado de alarma, con menos gente en la calle, el trasiego de clientes es mucho más que un goteo. Siempre hay alguien que necesita afilar un cuchillo o arreglar un paraguas. Hubo años que entre marzo y septiembre reparó hasta seis mil. Por algo tiene colgado un letrero que reza «Sanatorio de paraguas». Carlos Gómez no maneja cifras aproximadas, él apunta todo y guarda recuerdos que dan forma a un negocio que se fundó en 1952 y él es la tercera generación de afiladores. Y quizás la última. Busca relevo con ganas de trabajar, pero reconoce que es una tarea complicada. Saca su libro de caja y señala: «Yo empecé en 1978 con 77.000 pesetas y poco a poco me fui haciendo un patrimonio», explica Gómez, que a sus 70 años espera el momento de colgar la bata azul que lo acompaña desde hace décadas y que nunca pensó que se pondría.

Estudió magisterio y fue profesor en el centro de la ONCE para después dejarlo por una empresa de embutidos de la que fue comercial varios años. Cuando estaba a punto de montar su propia tienda, donde ahora está la cuchillería, echó cuentas y decidió dejar la venta de chorizos por un oficio que mamó desde pequeño y del que habla con tanta pasión, que le cuesta desprenderse, aunque reconoce que va llegando la hora de bajar la verja. «Si alguien quiere, me plantearé el relevo y le enseñaré el oficio, pero hace falta tener predisposición y ganas. Una vez vino uno que lo primero que me preguntó fue cuánto se cobraba», recuerda este afilador, que mientras espera encontrar alguien que continúe en el negocio al que acude cada día junto a su mujer. La pérdida de una hija hace unos años los sumió en un dolor insoportable, que se hace menos punzante gracias al ajetreo diario de la cuchillería.

En apenas 50 metros cuadrados se esconden los secretos de una vida de trabajo y recuerdos. De la misma forma que pone sobre el mostrador ese libro de caja de finales de los ochenta, vuelve ahora con una bolsa en la que conserva cientos de décimos con el número que un día espera que le dé una alegría. Juega, como ya lo hacía su padre, el 27.427 de la Lotería Nacional. Entre esos recuerdos, Carlos Gómez acumula casi todo lo que hay en el mercado de la cuchillería. Da casi una clase magistral si se le pregunta por cuáles son los mejores, no hay rincón en el que no haya mercancía ni cuchillo que no haya pasado por sus manos. Incluso hay dos bicicletas suyas muy antiguas, que también se venden.

«Aquí siempre hay trabajo»

La cuchillería Gómez es una especie de baúl en el que se encuentra lo que necesitas. «Aquí siempre hay trabajo, tener más o menos depende de quién lo lleve. Yo ahora ya no tengo ganas de más y le dije que no a una cadena de supermercados que quería que le afilase todos los cuchillos.

A estas alturas del partido, ya no me meto en nada más», explica Gómez, que mantiene vivo ese «partido» gracias a una pasión por el oficio que heredó de su padre. «Antes yo viajaba también para trabajar y teníamos muchos encargos, nos echaba una mano mi padre, que disfrutaba y le costaba jubilarse», explica Carlos, mientras su mujer, compañera infatigable en la vida y en el negocio, reconoce que «mi suegro al principio trabajaba mucho y los últimos años seguía haciéndolo, pero ya era como una afición, le encantaba». Tanto pasión sentía por su negocio que cuando su hijo le dijo que continuaría al frente de la cuchillería «llevó una alegría enorme». Por aquel entonces estaban de alquiler y años más tarde se hicieron con el bajo. «Hemos pasado etapas muy duras, pero siempre ha habido trabajo», confiesa Carlos Gómez, que este aislamiento obligado fue la única vez que cogió unas vacaciones. Ahora piensa ya en su finca cerquita de la playa de Areas (Sanxenxo) para ir a descansar. «Hasta que empezó esto, no había cerrado nunca una semana, ni cogí unas bajas ni vacaciones», comenta el afilador.

En Pontevedra es el único negocio de estas características y se nota. Se encarga de afilar buena parte de los cuchillos del mercado, ubicado al otro lado de la calle, pero también a carniceros del Froiz y a un sinfín de clientes, muchos de ellos amigos, después de tantos años. Y después cada época tiene nuevas visitas. Ahora son muchos los que se acercan a afilar las tijeras de pelar las ovejas y en otro momento llegan las de la vendimia. Siempre hay un motivo para cruzar el umbral de su puerta y esperar la bienvenida de Carlos Gómez. Después de años recibiendo clientes, necesita que en poco tiempo sea él, quien cruce el umbral para descansar. Solo lo hará si encuentra un sucesor con tantas ganas de salir adelante como tuvo él desde que se enfundó la bata azul.

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