«Solo nos queda algún extranjero despistado»

Pontevedra y toda la comarca entraron ayer en parálisis. Incluso los hoteles, que podrían seguir abiertos, empezaban a cerrar. Calles y parques se vaciaron y las playas, que recibieron visitas, acabaron precintadas

Imagen de la playa de Silgar, en Sanxenxo, clausurada por las autoridades municipales
Imagen de la playa de Silgar, en Sanxenxo, clausurada por las autoridades municipales

pontevedra / la voz

No puede decirse que ayer, sábado, no hubiese nadie por la calle en Pontevedra. Pero lo cierto es que el número de viandantes, en una ciudad habitualmente acostumbrada a moverse andando, se redujo muy considerablemente. Incluso en los supermercados no había las colas de días anteriores, cuando las estanterías se vaciaron sobremanera. La foto fija del comercio y de la hostelería era de negocios cerrados por doquier. Aunque hubo hosteleros que, aduciendo desconocimiento, se atrevieron a abrir y recibieron la visita de la Policía Local de Pontevedra, que llegó a cerrar a lo largo del día alrededor de veinte negocios. Por lo demás, con los parques infantiles precintados y todo tipo de actividades suspendidas, hubo muchas personas que se quedaron en casa y otras que se marcharon hacia sitios como las playas. Les duró poco el entretenimiento. No en vano, a lo largo del día, Marín, Poio y Sanxenxo precintaron los arenales. Incluso los negocios no obligados a parar lo empezaron a hacer por prevención y porque ya nada es lo que era.

En Sanxenxo, la crisis del coronavirus cogió a muchos hoteles aún cerrados, ya que buena parte de ellos trabajan solo en temporada y pensaban arrancar en Semana Santa. Algunos que sí operan todo el año decidieron cerrar sus puertas desde hoy mismo. Otros, como el Augusta Spa Resort, a media tarde de ayer continuaban abiertos y desde allí señalaban que estaban dilucidando qué harían en los próximos días o incluso horas.

En Pontevedra, el sector hotelero aún se mantenía mínimamente operativo. Señalaban, a media tarde de ayer, que estaban trabajando tanto en el Rías Bajas como en el Galicia Palace o el parador. Pero desde este último establecimiento eran francos: «Ya solo nos queda algún extranjero despistado». Los huéspedes que estaban por las Rías Baixas decidieron marcharse y los que iban a venir se apresuraron a cancelar sus reservas. Así que, junto a bares, restaurantes, cafeterías y comercios, la hotelería también comenzaba a parar en seco.

A media tarde, el movimiento de peatones en Pontevedra era menor que por la mañana: «La calle Michelena parece un desierto», decía un ciudadano.

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