Los pastelitos salados que te pueden hacer llorar

Una empresa de Pontevedra explota la morriña con productos que maridan sabores de los Andes y gallegos


pontevedra / la voz

Migdalia Parra, natural de Mérida, una ciudad venezolana situada en la cordillera de los Andes, era hasta hace pocos años una ejecutiva. Ingeniera robótica, residía en Austria y trabajaba para una empresa alemana. Vivía con pena la situación que atravesaba su país natal. Pero ella podría haber seguido en Europa, trabajando en lo suyo. Sin embargo, no lo hizo. Quería ser madre. Y necesitaba tranquilidad. «Cuando a la quinta fecundación in vitro pude tener a mis mellizos supe que quería cambiar de vida y criarlos con calma», dice. Como su marido tiene raíces leonesas, acabó en España, primero en Madrid y luego en Pontevedra, junto a su familia, que sí se vio arrastrada por la debacle venezolana. Llegó con tres de sus hermanos, su madre, sus niños y su esposo -él pasa cuatro semanas aquí y cinco en Arabia Saudí, donde trabaja como ingeniero en una petrolera-. Decidieron que todos juntos emprenderían un negocio. ¿Qué montaron? Una tienda en Pontevedra en la que venden productos gourmet pero en la que, sobre todo, ofrecen, tanto ya elaborados como congelados, unos pastelitos salados muy especiales. Los hacen ellos y hay quien los prueba y acaba llorando por la morriña que le entra.

Todo empieza, precisamente, por la morriña. La familia de Migdalia echaba de menos los sabores venezolanos y quería tenerlos muy presentes, que formasen parte de su día a día en Galicia. Así que los tres hermanos y la madre empezaron a darle vueltas a un negocio gastronómico. Rafa, uno de los hermanos, tenía experiencia en el mundo empresarial porque regentaba supermercados en Venezuela. Acordaron elaborar los pastelitos salados típicos de los Andes, parecidos a las empanadillas gallegas, pero maridando sabores venezolanos con productos típicos de Galicia como chorizos, raxo, lacón con grelos o marisco. «Llevábamos toda la vida viendo cómo los hacía mi madre y ahora que la tenemos aquí queríamos que nos ayudase con nuestro negocio. Y así lo hicimos. Empezamos rellenando los pastelitos con sabores típicos de Venezuela, como el asado negro, pero luego le fuimos poniendo toques gallegos», cuenta Migdalia.

«Los retornados se emocionan»

En diciembre, al fin dieron el salto y abrieron una tienda en el casco histórico de Pontevedra para comercializar sus pasteles. Bautizaron tanto el establecimiento como los productos como Mundo Andino. Y se empezaron a quedar atónitos al ver cómo reaccionaban los clientes al probarlos: «Hay muchos retornados y cuando prueban los sabores venezolanos se emocionan. Los sentimientos están a flor de piel y cuando ves que alguien llora probando un producto... es algo muy fuerte», indica Migdalia.

Ella atiende el negocio por las mañanas mientras sus hermanos trabajan en el obrador, ubicado en Ponte Sampaio. Venden los pastelitos tanto ya fritos, a un precio de un euro, como congelados -en este caso, un pack seis unidades cuesta 5,50 euros- y se los están empezando a solicitar desde restaurantes y algunas tiendas. ¿Qué los hace diferentes de las empanadillas gallegas? «La masa lleva huevo y mantecas y va muy elaborada. Además, tiene un secreto familiar para que al freírla rechace el aceite y no se empape. El relleno lo hacemos en base a nuestra tradición andina, aunque le ponemos productos de aquí, es una mezcla de ambas cosas», cuenta.

Se han ido animando a elaborar más productos, desde galletas como paledonias y regañonas, a dulces de coco pasando por plátanos tostones o un ponche. Todo ello bajo la marca Mundo Andino. Dice Migdalia que día tras día siente que el futuro está aquí. Y no solo porque Venezuela se haya puesto patas arriba: «Es que esto es muy bonito y nuestros hijos están creciendo rodeados de tranquilidad, de naturaleza, del verde que tanto nos gusta... no podemos pedir más», indica. Luego, continúa a lo suyo en la tienda y se emociona al ver que una joven con acento venezolano entra y rápidamente devora un pastelito mientras pone cara de ensueño. «Es que ella también vino de Venezuela... y esto parece que ayuda a sobrellevar la morriña», remacha.

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