Sociedades recreativas en regresión

El último exponente es el Casino Mercantil de Pontevedra que sondeará con sus socios la venta de su sede, por segunda vez en su historia reciente


El cambio de hábitos sociales y de modos de diversión han ido arrinconando el modelo clásico de las sociedades recreativas. Ir a leer los periódicos, a tomar el café, a jugar la partida o acudir a la tertulia en un casino son aficiones que hoy en día solo mantienen minorías, probablemente de edad avanzada pero que ya no cunden entre personas en activo y aún mucho menos entre gente joven.

Estas sociedades recreativas han aprendido con el paso de los años y los embates de la crisis económica que su tabla salvavidas está en las instalaciones deportivas y de recreo. Como consecuencia estas entidades que dependen del número de socios y de las cuotas que abonan, han tenido que asumir los gastos que implican el mantenimiento de la sede social y las que devienen del parque deportivo y las actividades a promover.

En la ciudad de Pontevedra, ya con 84.000 habitantes, hasta ahora han logrado sobrevivir dos grandes sociedades recreativas. Aunque su historia sea muy diferente. El Liceo Casino, menos poroso informativamente, exhibe músculo social cuando ha superado los 165 años de existencia. Hasta el extremo de haber tenido que repetir en 2018 las votaciones para renovar la directiva después del empate entre candidaturas que ocurrió en los primeros comicios.

En cambio, el Casino Mercantil e Industrial que nació en 1928 de la iniciativa de comerciantes e industriales, ha tenido una trayectoria más zigzagueante no exenta de severas dificultades financieras a lo largo de sus 90 años de vida.

Y ahora con una directiva debilitada por las bajas y sin candidaturas alternativas a la vista, se plantea por segunda vez en su reciente historia, la tesitura de tener que vender la sede principal para redimensionar su economía.

En carne propia

En la década de los 80, las sucesivas directivas del Mercantil que presidieron José Ángel Fernández Graña y luego Javier Azpilicueta tomaron la valiente decisión de vender la anterior sede, un pedazo de edificio en el centro de la ciudad, situado en la calle Andrés Muruais, que habían construido e inaugurado en 1965 sobre el solar del antiguo Hotel Engracia.

Cuando Hacienda se lo compró en 1990 acometió una obra de reforma que dio lugar a la actual sede del Catastro que hoy en día conocemos.

Aquella fue una notable operación económica. Hacienda pagó 278 millones de pesetas, es decir algo más de un millón y medio de euros. Una cantidad que permitió sanear las finanzas del Mercantil y que dio para comprar nada menos que el Edificio Varela, en pleno centro histórico, en la plaza de Curros Enríquez. En un enclave privilegiado, el inmueble de bajo y tres plantas cuenta con cafetería, comedor, sala de conferencias, zonas de descanso, gimnasio y oficinas.

Pero los tiempos han cambiado. Actualmente, al Mercantil le sobran metros y metros cuadrados de sede social a la vista de los niveles de asistencia y uso que registra. Y eso que ya cedieron casi todo el bajo, a Burger King por el que la cadena de hamburgueserías paga 6.000 euros mensuales a la entidad recreativa pontevedresa.

Papeleta para Filgueira

El actual presidente del Mercantil es Ernesto Filgueira. Alguien que ya ha padecido en su actividad empresarial el dolor de tener que decidir echar el cierre al comercio familiar que regentaba en la plaza de Méndez Núñez. Pero precisamente esa mala experiencia pienso que le dota de la necesaria dosis de realismo para pilotar el proceso actual que vive la entidad. Con 700 socios de número y unos 3.000 usuarios que lo son mayoritariamente de las grandes instalaciones deportivas y de ocio que tiene en Cons (Mourente), la directiva del Mercantil se cuestiona el sentido de mantener la sede social en el Edificio Varela o bien vender y trasladarse a un local más pequeño y sostenible, ajustado al actual nivel de uso.

En el orden del día de la asamblea del próximo viernes 14, el asunto ha sido redactado con esmerado tacto. Se formula como «Autorización de puesta en el mercado del edificio de Curros Enríquez, para sondear posibles interesados». Es decir, algo así como «con su permiso, señores socios vamos a escuchar y recibir ofertas acordes a los precios de mercado». El Mercantil puede pedir un millón de euros por el edificio que ocupa según la estimación de agentes inmobiliarios que recogió esta misma semana Nieves D. Amil en un reportaje publicado en La Voz de Galicia. Está por ver cuántos potenciales compradores de los que informalmente se han interesado, confirmarán una oferta por escrito y a ver por qué cuantía.

«Aggiornamento»

Precisamente he leído en una de las varias entrevistas que Ernesto Filgueira ha dado en estos días previos, una reflexión a modo de metáfora que resume los duros tiempos de regresión que viven estas entidades de recreo que estaban dimensionadas para la Pontevedra del siglo XIX o del XX pero que metidos en el XXI tienen que aplicarse un aggiornamento.

Decía Filgueira hablando del devenir de estas sociedades: «Nos ocurre que cada vez tenemos menos socios y hay que ajustarse. Es como pasa a esas parejas que compraron una vivienda grande pero los hijos crecen, se casan y se marchan de casa y entonces ellos se replantean su situación y se dan cuenta que les llega con un apartamento para continuar su vida».

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