El temprano adiós del señor de los caramelos

Falleció, a los 66 años y tras años de lucha contra varias enfermedades, el pontevedrés Antonio Javier Dorado Lagos


Pontevedra

Antonio Javier Dorado Lagos, «el señor de los caramelos». Así decía en su esquela. Y la necrológica no podía contar una verdad más grande. Porque Antonio Javier, un pontevedrés que falleció a los 66 años, fue, como recuerda su familia, «un señor hasta el final, que pese a estar muy malito prometió pasar la Navidad con nosotros y lo cumplió». Y también era el hombre de los caramelos. Y no porque trabajase en una tienda de golosinas. Ni mucho menos. El apodo se debe una historia triste y bonita a partes iguales.

A Antonio Javier, que fue trabajador del sector del aluminio, le tocó lidiar demasiado joven con una dura enfermedad. Tenía poco más de cuarenta años cuando batalló por primera vez con un cáncer. Ganó la guerra, pero tuvo que prejubilarse a una edad muy temprana por sus achaques. Tuvo entonces que dejar de fumar. Y empezó a comer caramelos para combatir las ansias de nicotina. Entonces, la diabetes se cruzó en su camino. Y tuvo que abandonar también los dulces. ¿Qué se le ocurrió? Que iba a comprar igualmente caramelos y repartirlos cada día en las tiendas y lugares por los que habitualmente pasaba.

Vivía en el centro de la ciudad y era habitual que frecuentara distintos negocios dejando como obsequio algún caramelo. También le ofrecía a un dulce a quien viera tosiendo por la calle o a quien le tocase de compañero en la sala de espera del ambulatorio, un lugar que a cuenta de sus dolencias visitaba a menudo.

Hace unos meses, el cáncer volvió a aparecer en su vida. Luchó contra la enfermedad como siempre lo había hecho, con humor, garra y fuerza. Pero esta vez la suerte no estuvo de su lado. Con una fortaleza tremenda, le prometió a su familia que no se marcharía antes de que terminase la Navidad. Y, ayer, sus familiares recordaban con emoción que «tras los Reyes se empezó a apagar. No podía más, estaba muy cansado».

Falleció el miércoles y su funeral se celebró en la iglesia San José de Campolongo. Estaba casado con Mercedes Borile, con quien tuvo dos hijos, Luis Eduardo y José María. El primero de ellos falleció ya antes que el padre.

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