La mercería que fascina a los alemanes

La Bienvenida, con más de un siglo de antigüedad en Pontevedra, está en pleno Camino de Santiago y son muchos los peregrinos germanos que se sacan fotos en ella. ¿Por qué? Por un colorido expositor


pontevedra / la voz

Suena Maná de fondo en la radio con su Muelle de San Blas en la mercería La Bienvenida, uno de los negocios con más solera de Pontevedra, donde se puede encontrar lo último en sujetadores pero también botones antiguos que ya no se fabrican metidos en cajones blancos. Y no es que Begoña Dapena, la actual responsable del negocio, esté loca como la mujer de la canción, que vio pasar miles de lunas sin separarse del muelle. Pero hay algo en su larguísima melena al viento en la que asoma alguna cana, en esa sonrisa de esperanza que pone cuando habla del comercio tradicional y de lo difícil que es sobrevivir en los tiempos de Amazon o en su disposición a resistir en su antiguo negocio hasta la jubilación que sí recuerda a la fortaleza de la loca de San Blas.

A Begoña, en realidad, le viene de casta ser luchadora. La mercería La Bienvenida, de la que ahora es ella guardiana al final de la calle Real de Pontevedra, la abrió su abuela en 1900. «Era viuda y con ocho hijos y aún así tiró hacia adelante y puso un pequeño negocio de mercería y droguería en una caseta de madera que había fuera de la plaza de abastos. Así empezó todo», cuenta Begoña bajo la atenta mirada de su padre, que ya está jubilado pero que no renuncia a dejarse caer por La Bienvenida, aunque sea solo para leer el periódico. La bisabuela Carmen tiró del carro hasta que uno de sus hijos, Ricardo -abuelo de Begoña-, cogió las riendas del negocio. Luego le tocó a la tercera generación, a Eduardo, el padre de Begoña, que no dudó en continuar vendiendo bragas, calcetines y demás paquetería. La Bienvenida llegó a tener cuatro locales en Pontevedra, todos ellos repartidos en la calle Real, una de las más emblemáticas del casco histórico. Eran tiempos donde lo mismo se despachaban telas al por mayor que refajos por doquier.

Begoña, de niña, vivió esos buenos tiempos. Se crio entre hilos y botones y, aunque tuvo otros trabajos, hace casi treinta años que decidió apostar por el negocio familiar, que con ella va por la cuarta generación. Ahora solo le queda un local. Es antiguo y está lleno de estanterías blancas donde residen centenares de cajas con nombres puestos en rotulador. Hay puntillas, lazos, botones, medias, calcetines, bragas... Begoña reconoce que la mercería exige «estar a la última» pero, aunque a ella le gusta sacar de la tienda todo lo que ya no se vende, alguna reliquia guarda. Se ríe con su sonrisa bonachona y rescata entonces una caja con unos culotes de tamaño gigantesco. «Para que veas, estas bragas debían ser ya de los tiempos de mi abuelo. Unas son de algodón y otras de seda... tienen mucha pierna, era para las señoras que estaban gordas, para evitar que se rozasen», indica. También guarda dos batas Goa, de la empresa que fue germen de Zara. Begoña vuelve a reírse y dice: «Sigo esperando a ver si Amancio Ortega se acuerda de mí y viene a comprar estas batas, a ver si hay suerte», dice.

Habla luego Begoña de su clientela. «Las únicas clientas que se me van son las que se mueren porque ya están muy mayores o las que se ponen malitas y ya no pueden salir de casa. Vienen sus hijas o nueras por aquí y me cuentan lo que les pasa... tengo muchas clientas de toda la vida», indica. Le entusiasma el tú a tú con el público. Tiene paciencia, buen carácter y últimamente hasta se vuelca para chapurrear idiomas. No en vano, la mercería La Bienvenida está en pleno Camino de Santiago. Algunos peregrinos extranjeros entran en busca de calcetines o de agujas para pinchar las ampollas de los pies. Pero quienes tienen asombrada a Begoña son los caminantes llegados de Alemania: «Los peregrinos en general se quitan fotos en la tienda o con el cartel, les hace gracia que sea tan antigua. Pero lo de los alemanes es increíble, todos quieren sacar fotos con el expositor de hilos que tengo. Yo no sé si es por el colorido, porque allí no se vende el hilo así a granel o porque son de la marca Güttermann, que es alemán», explica.

Begoña mira a su padre, que reflexiona en voz alta sobre los tiempos difíciles del comercio local. Y juntos concluyen que ya hubo otras crisis grandes que se superaron. Así que «malo será». A Begoña le faltan al menos 15 años para la jubilación. No tiene relevo en la tienda. Ni lo quiere. «Esto es muy atado», espeta.

Se ubica en el tramo final de la calle Real de Pontevedra.

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