El castañero que se salvó de su castañazo vital

Paco Pazos, hijo y continuador del rey de las castañas de Pontevedra, cuenta cómo el atletismo y el trato con el público le ayudó a dejar atrás el alcoholismo. «Fun bebedor e non o nego. Pero diso sáese», dice


pontevedra / la voz

Podría tirar de la fama de su padre, Valentín Pazos, que durante décadas fue el rey de las castañas de Pontevedra, y con eso ya tendría reservado un hueco en la historia callejera de Pontevedra, esa que a veces no sale en los libros pero corre de boca en boca. Pero Paco Pazos, uno de los continuadores de la saga de castañeros- tiene otro hermano en el oficio- es un personaje en sí mismo. Lo es por su carácter, dicharachero, singular y abierto. De hecho, dice que él no se dedica a vender castañas sino «a compartirlas» a cambio de un euro. Lo es por el empeño que pone para que le hagan a un monumento a su padre en Pontevedra -cosa que aún no ha conseguido-. Y lo es también por una historia personal dura que cuenta con la voz entrecortada pero con tremenda valentía y emoción.

La historia de Paco es también la del negocio de castañero que comenzó su padre. Dice que a los diez años salía del colegio y ya ayudaba a su progenitor a asar las castañas en la plaza de A Ferrería. Tenía entonces una timidez enorme que fue perdiendo a golpe de calle: «A rúa educoume, foi o cariño da xente o que me fixo ir abríndome», cuenta. Vio envejecer a su padre al lado de la vieja locomotora, ofreciendo castañas todos los otoños en Pontevedra y tuvo claro que quería continuar el oficio. Pero hubo un día que las cosas se torcieron. «De súpeto, ves que non tes obxectivos, que te volvas mediocre... e si, caín na bebida. Fun bebedor e non o nego, pero diso sáese e eu son un exemplo. Cheguei a beber unas quince cervexas ao día. Ata que chegou o momento en que dixen que na miña vida tiña que mandar eu e non o alcohol», señala Paco.

¿Qué ocurrió entonces? Que se agarró a dos tablas salvavidas. Las castañas y el atletismo. Porque él siempre fue deportista, aún en los peores momentos. Lo intentó primero con el ciclismo y luego, simplemente, echó a correr para huir de la bebida. «Lembro a primeira carreira que quedei campión. Foi na Pobra do Caramiñal, pedín que me deixaran o micrófono e contei que fora alcohólico e que lograra deixalo. Non podía parar de chorar. Con moita emoción, pedinlle á xente que se tiña soños que os perseguise, porque os meus se cumpriran», enfatiza.

Ya han pasado un buen número de años desde entonces. Y su vida está mucho más ordenada. Paco sigue ejerciendo de castañero cada otoño. Hoy, como todos los días, estará con su locomotora delante de lo que era el antiguo cine Gónviz de Pontevedra ofreciendo sus cartuchos. Dice que es un auténtico placer toparse con las mismas caras año tras año. Y que duele cuando de repente no aparece alguna persona que siempre compraba. «Sempre pensas se lle puido pasar algo... témonos moito cariño», indica.

Eso sí, las castañas, que trae con mimo desde Verín, le dan más amor que dinero. Así que Paco combina la tradición de castañero con su otro oficio, el de trabajador en astilleros. «Si, tamén me dedico á construción naval. Por iso ás veces podo ir todo o día a vender castañas e outras non. depende do traballo», dice.

No ha abandonado el deporte, ni mucho menos. Señala que tiene en casa unos 150 trofeos y medallas de las carreras en las que participa. Y que se ha convertido en un experto en hacer turismo de running. Además, el atletismo le ha unido sobremanera a Ararat, su hija de catorce años. «Ela quere ser campiona do mundo de cen metros, e estou seguro de que o acabará conseguindo. Por experiencia propia sei que non hai nada mellor que perseguir os soños», cuenta.

El monumento y Londres

Y, como perseguidor de sueños y retos que es, Paco Pazos tiene ahora dos metas. Por una parte, va a seguir luchando para que en Pontevedra haya un monumento dedicado a su padre. Entregó ya miles de firmas, pero cree que tiene que seguir peleando. Por otro lado, desde hace años tiene en la cabeza la idea de presentarse en una carrera con su máquina, con su vieja locomotora de las castañas y participar con ella. «É algo que soamente a alguén que está moi tolo se lle ocorrería, pero que eu quero intentar. A miña idea é ir á maratón de Londres como máquina... é outro reto que está aí», dice.

Luego, sigue a lo suyo, asando castañas a pie de calle para llenar cucuruchos. Dice que la mejor cosecha de la historia fue el año pasado. Pero que este otoño también hay buen género. Luego, defiende a capa y espada el producto que él ofrece: «As castañas que traio métenas primeiro en auga para que as que están podres floten e así xa se retiran. E logo son seleccionadas á man. Teñen un sabor exquisito», cuenta mientras el olor que sale de la locomotora se va extendiendo por la glorieta de Compostela. Paco tiene una sonrisa para cada cliente. Se le nota feliz. Y él asegura que lo es.

Desde los sesenta

Dónde está

Su padre vendió castañas durante medio siglo en Pontevedra. Él empezó hace seis años en la glorieta de Compostela.

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