Director general de Cesuga

El siglo XX se inicia viendo cómo las últimas monarquías absolutistas van cayendo y, en su lugar, se erigen las democracias liberales. En paralelo, se consolidan los avances de la primera revolución industrial y se desmoronan los pilares de la economía gremial. En ese marco confuso, es necesario reinventar las relaciones económicas, se instauran los sindicatos o se crea el seguro médico. Todo se tambalea y todo nace. La dialéctica política tampoco se queda fuera de las nuevas reglas de juego. Un pensador alemán, Carl Schmitt, entiende que el nuevo Estado liberal ya no es una entidad sólida y compacta, que está entremezclado con la sociedad civil y esta, a su vez, con el Estado. Las posiciones son difusas, etéreas, volátiles. Difícil proyectar una imagen sobre una tela al viento. Es necesario construir otra dialéctica y, en esa línea, desarrolla la del amigo-enemigo.

«El amigo político es aquel con el que se tiene coincidencias y la esencia -afirma- de las relaciones políticas se caracteriza por la presencia de un opuesto. El antagónico, el enemigo, sustancia lo colectivo a través de la unión de semejantes. Es el cemento que consolida. Configura las unidades políticas, los partidos, los movimientos, los gobiernos».

Esta idea puede parecer peregrina, pero la Alemania nazi se lo tomó muy en serio y si perdió la guerra, desde luego, no fue por aplicarla. A partir de ahí la importaron ideólogos de todo tipo de dictaduras. Tanto se vulgarizó que se asemejó, para determinada clase política con vocación de surfistas, a esas olas de mar de fondo que vemos en nuestras rías. Sabes que en algún lugar se originó, fruto de una tormenta, pero no te molestas en saber cuál, solo te interesa saber si es útil o no.

El juego político en Galicia, hoy, también tiene sus enemigos. Y siguiendo la narrativa de Schmitt, son de los puramente antagónicos, de los que no cabe otro resultado que la derrota absoluta. Pensará en muchos, pero a mí hay dos que me golpean la mente, por eso escribo hoy esta columna. El primero, el proceso acelerado y caótico de descarbonización de la Unión Europea. Ahí están los trabajadores y los proveedores de Endesa en As Pontes y yo, con ellos. O ahí está Ence, en Pontevedra, y también, con ellos.

El precio de la tonelada de carbono está aniquilando As Pontes. Fíjese en un dato, en enero del 2017 el precio por tonelada de dióxido de carbono estaba en 5,83 euros, en julio de este año rozaba los 28. Ya nadie discute que este mercado está sujeto a la especulación, lo que sí es discutible es que permitamos que un mercado especulativo liquide la vida económica de una región. ¿El cambio climático? Tampoco nadie discute que hay que luchar contra él, a nivel global, lo que no podemos es cerrar centrales y en paralelo importar energías sucias de países que no están sujetos a la disciplina de este mercado. Por ello, ¿qué es más importante, combatir el cambio climático o tener un enemigo perfecto? Otro ejemplo. Ence, desde el 2010, y en colaboración con la Universidade de Santiago, está trabajando en minimizar los olores de su fábrica de Pontevedra. En el 2018, había reducido frente a sus orígenes en un 99 % los olores que emana. Actualmente, se estima que emite 1,2 minutos de olores al día. Sus emisiones sonoras en el entorno cercano no superan los 55 decibelios, situándose por debajo de los parámetros normativos actuales. De su consumo de agua se podría decir algo similar: en sus inicios se consumían 38.000 metros cúbicos día, hoy son 4.000. ¿Importa? No. Es otro enemigo perfecto. La lucha ha de continuar hasta su cierre. ¿Y a quién le importa? ¿Cómo luchar contra los que alteran nuestra vida económica generando enemigos útiles? Muy sencillo. Con la empatía, con el conocimiento. Con el interés por saber y después, explicar y volver a explicar.

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El enemigo