Una escuela llena de meigas donde el colo acaba curando todos los males

La vuelta al cole en la escuela infantil del campus


pontevedra / la voz

La entrada a la escuela infantil del campus de Pontevedra, de la red Galiña Azul, engaña mucho. Uno se topa con telarañas y sombreros de meigas y llega a pensar que dentro de esta locura americana que nos ha entrado a todos el Halloween ya está presente en pleno septiembre. Pero no. Ángeles, la directora, lo explica enseguida apuntando a un mural donde puede leerse el conjuro de la queimada gallega: «A temática deste ano é o mundo das meigas, os conxuros e os demos... de aí a ambientación». Por tanto, haber hay meigas en la guardería. Pero que nadie se preocupe. Porque deben ser brujas buenas. Solo así se entiende que ayer, conforme el curso iba arrancando, en lugar de haber un festival de lloros, hubiese algún que otro llanto pero, sobre todo, sonrisas y muchos colos sanadores.

Ángeles, la directora, explicaba que los primeros días del curso son de readaptación. Es decir, acuden solamente los niños que ya iban a la escuela el año pasado. Son los veteranos y eso se nota. Por la mañana, los mayores, los de 2 a 3 años, leían un cuento sobre la ciudad. Veían fotos de bomberos, de autobuses o coches. Y había risas por doquier. Si alguno se acordaba de mamá o papá, los brazos de alguna de las cuidadoras le abrazaban. Y así uno tras otro. «Ya ves que hay algún lloro pero no es para tanto. La pena es que a veces lloran justo en el momento de llegar, como le ocurrió a una abuela que vino a traer a sus nietas esta mañana [por ayer] Se marchó preocupada y ahora mismo las peques están totalmente contentas», dicen.

El aula en la que se lee el cuento, al igual que otra donde niños y niñas juegan a ser cocineros, miran al río. La estampa verde al fondo no deja de resultar relajante. El lunes quizás se necesiten muchas dosis de relajación. Toca la parte más delicada, ya que empieza el curso para los niños nuevos. Es el proceso de adaptación, en el que críos y monitoras han de conocerse y empezar a quererse. En la escuela del campus están matriculados este año 51 pequeños; cincuenta más una cajitas de sueños.

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