Miguel Taín: «Los balcones gigantescos que rodean al Obradoiro se hacen para ver las fiestas»

Investigador y docente de la USC, lleva media vida estudiando el patrimonio de Santiago, lugar al que llegó con 17 años


Santiago / la voz

Nombre. Miguel Taín Guzmán

Profesión. Profesor de la USC.

Rincón elegido. El Obradoiro, «una plaza hecha en el XVI para las fiestas y peregrinos. Y, hasta cierto punto, continúa con su función».

Pocas personas hay en Compostela que sepan tanto de la historia y patrimonio de la ciudad como Miguel Taín Guzmán. No en vano, lleva media vida investigándolo. El profesor titular de Historia del Arte en la USC nació en 1967 en Pontevedra, casi por accidente, en unas vacaciones, aunque su más tierna infancia la pasó en los Pirineos catalanes, en el medio de las montañas. «Mi madre era la maestra de un valle... muy bucólico, pero muy duro», cuenta. Tendría unos 5 años, aproximadamente, cuando se fueron a Sabadell, una ciudad obrera sumida en revueltas, coincidiendo con los últimos años de la Dictadura. Fue en cuarto de EGB su llegada a Galicia, a Vigo: «Aluciné. Las mujeres andaban descalzas y con cestos a la cabeza, y encima se hablaba una lengua que no entendía».

Pariente de Celso Emilio Ferreiro (primo de su abuela paterna) y siendo la familia de su madre unos de los fundadores del Museo de Pontevedra, Taín tuvo un contacto temprano con la cultura gallega. Entre exposiciones y lecturas, se fue despertando su vocación. Todo esto lo trajo con 17 años a Santiago, para estudiar en la facultad de Geografía e Historia. «Me acuerdo que estuve en una pensión detrás de las Mercedarias», apunta. Corría el año 84 y se encontró con el apogeo de la vida universitaria en la capital gallega. «Los estudiantes y los profesores convivían todos aquí, algo que se ha perdido, y había mucha vida cultural, incluso social y política», señala. También tiene en la retina la imagen de una ciudad «aún muy rural y con un patrimonio abandonado. Recuerdo Bonaval cubierto de zarzas, la gente cruzando la Catedral para no mojarse o el Loureiros, que tenía chimenea, y calentaba las tardes a los estudiantes».

Taín hizo en Francia su primer año de doctorado y, a su regreso, entró a trabajar en el Archivo de la Catedral. En contacto con toda esa documentación, desarrolló una tesis doctoral (invirtió unos diez años) sobre Domingo de Andrade. «El estudio de este personaje, el gran maestro del barroco, fue el que hizo interesarme por la ciudad, porque además en ese momento vivía en el casco histórico, en la rúa da Troya», donde residió unos 10 años, «hasta que la turistificación nos echó a todos». Empezó a trabajar con el Consorcio y de esa colaboración surgieron libros sobre la Casa do Deán, la del Cabildo o el antiguo palacio consistorial, entre otros.

Pero, si tiene que elegir un rincón de la ciudad, se queda con el Obradoiro, sobre el que también ha escrito largo y tendido. «Es una plaza construida en el siglo XVI para los peregrinos y las fiestas de la ciudad. Las otras plazas que rodean la basílica eran privadas, propiedad de la Catedral hasta la desamortización. Esta era la única pública y se hizo con una doble finalidad: la recepción de peregrinos y enfermos, y para las celebraciones. Antes las actividades lúdicas se hacían fuera de las murallas. Por ejemplo, en Carreira do Conde es donde el Conde de Altamira pagaba las carreras populares de caballos. Y, una vez creada esta plaza, los lances se trasladaron a aquí. Los balcones gigantescos que hay en los edificios que rodean al Obradoiro se hacen para ver las fiestas, hasta el Hospital Real construyó uno después para esto. Era donde se exhibían los jóvenes de la nobleza ante las casaderas durante los juegos de cañas y de sortija del 24 de julio. También había toros y, por la noche, el espectáculo de los fuegos, que empezaron con una hoguera y una antorcha. Delante del Hostal tenían sus palcos, hechos para la ocasión con sus tapices, donde se dedicaban a tomar su chocolate caliente, sus pastelitos y lo que terciase».

El Obradoiro, añade, «apareció ligado a la construcción del Hospital Real, en el que se pernoctaba separados por sexos, a la izquierda los hombres y a la derecha las mujeres. En la primera planta, se distribuían los diferentes enfermos, también por sexos y clase social. Hacia la fachada principal, estaban nobles y clérigos en el lado izquierdo, y en el derecho las mujeres de la nobleza; con vistas y oratorio privado. La parte de atrás era para el pueblo, clasificado por enfermedades (no contagiosas, de serlo iban para San Lázaro, a la leprosería). Dejaban quedarte en la ciudad cinco días en invierno y en verano tres eran suficientes. Si permanecías más tiempo te convertías en un homeless y te expulsaban. Me hace mucha gracia porque, si vienes de mochilero, no ha cambiado mucho el tema».

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