El oro de Galicia está en el árbol

Acemelia, con base en Vigo y Pontevedra, logra la primera certificación bio en España de aceite de camelia


vigo / la voz

La empresa gallega Acemelia (acrónimo de aceite y camelia), funde en su nombre sus dos elementos básicos. El ingeniero de Montes Pablo Mansilla fue el iniciador de un proyecto que nació con vínculos familiares y pasión por la flor en la estación Fitopatolóxica de Areeiro, en Pontevedra, al que se sumó más tarde María José López del Hierro en Vigo. «Somos un pequeño equipo multidisciplinar de distintas edades. Hay un par de personas que ayudan a Pablo en producción, prensado y envasado y él se ocupa de la gestión y yo del día a día con los clientes», cuenta.

El proyecto se inició hace una década en período de pruebas y ensayos para poner a punto la producción, pero el relanzamiento de la marca se produjo en el 2015. A partir de entonces la marca se ha posicionado en el sector cosmético como una de las puntas de lanza del gremio en Galicia, que apuesta por un producto único. «Nuestra aspiración es que el aceite de camelia se convierta en el producto cosmético de Galicia», afirma. «En este momento queremos que esté en todas partes, que la gente empiece a familiarizarse con él y se lo encuentre en una red muy amplia de tiendas de forma que primero se haga fuerte aquí y después, salir fuera», añade. «Cuesta mucho ponerlo en el mercado porque no se conoce mucho pero luego el producto habla por sí mismo», asegura la encargada de su comercialización.

El aceite de la marca, que tiene su origen en plantaciones ubicadas en distintas localidades repartidas por las Rías Baixas, desde Domaio a O Val Miñor, acaba de conseguir la primera certificación bio-eco con un aceite de camelia producido íntegramente en Galicia. «Hemos tenido que romper muchas barreras y hacer un gran esfuerzo para convertirnos en la primera empresa que obtiene la certificación y eso ha sido un paso muy importante para la empresa», ya que además, explica, «no solo se certifica el producto sino las plantaciones y el proceso de fabricación en frío y nos da un aval a la altísima calidad del producto, que era la única pega que nos podían poner», admite. Acemelia también fabrica una crema y un jabón, pero actualmente no tienen el sello, que se concede por producto y se solicitará para la próxima producción reformulando la composición.

La experta viguesa aclara que el interés por la camelia que tienen es un empeño que va más allá del propio. «Las camelias son una especie forestal que pueden tener muchísimo impacto económico en Galicia y este es solo el principio», afirma María José, que se imagina los montes y leiras media abandonadas de la comunidad repobladas con esta especie que se adapta a todos los terrenos y se da tan bien en las Rías Baixas. «No solo se revaloriza el terreno sino que en época de floración el potencial turístico que podría tener es en este momento incalculable», aventura.

Los usos de este aceite cosmético son múltiples. «Como todos los aceites naturales es muy versátil. Es comida de primer orden para la piel, como se ha sabido siempre en las culturas que nos preceden, desde las geishas a Nefertiti, Cleopatra o la reina de Saba, pero se ha perdido en los últimos años en la maraña de la industria», apunta.

López coloca al de camelia en el mismo podio de honor de los aceites naturales junto al de argán, el de oliva y el de rosa mosqueta. «El de camelia gusta especialmente porque tiene un peso molecular muy afín a la piel y lo hace ligero y fluido de forma que se absorbe enseguida, cosa que no pasa con otros, más pringosos», explica.

La producción de Acemelia es modesta. Tiene un pequeño molino en la parroquia viguesa de Saiáns donde prensan las semillas, más o menos una vez al mes, alrededor de 20 kilos de los que salen cerca de cinco litros de una materia prima preciosa y que requiere un trabajo laborioso y que ella compara con las pepitas de oro.

Por ahora está en numerosas tiendas en territorio gallego, pero se vende online en su página web y ha llegado a Italia, Estados Unidos o Brasil. «No tenemos límites, pero vayamos por partes», opina poniendo cordura.

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