«Estas canas ou as queimamos nós ou son un perigo na finca se hai un lume»


pontevedra / la voz

Se supone que el rural gallego se está vaciando. Y se supone bien, porque cada vez está más viejo y más solo. Pero, a veces, en esas mañanas en las que luce el sol y los vecinos aprovechan para salir a faenar en las fincas, da la sensación de todo lo contrario. Ocurría así el martes a media mañana en A Devesa (Alba), una zona que, aunque es rural, también es cierto que está a tiro de piedra de Pontevedra. Allí, en pocos metros cuadrados, había unas diez personas trabajando al aire libre. En una finca dos hombres andaban con un tractor. En otra estaban haciendo un balado. Y en una tercera leira andaban José y Pilar montando una hoguera. Tenían ya prendido el fuego y quemaban en ella los restos de un cañaveral. Ella, hoz en mano, aprovechaba el tiempo de vigilar la hoguera para segar alguna hierba. Él, cortaba y empaquetaba las cañas que no iban a ser pasto de las llamas para poder utilizarlas en las vides o como sostén de alguna planta.

Explicaba entonces Pilar que ellos llevaban ya tiempo queriendo hacer una quema agrícola, pero que como se suspendieron los permisos se quedaron en espera: «Non se podía queimar, non deixaban polo bo tempo, e houbo que esperar a que volvesen dar permisos. Estas canas ou as queimamos nós ou son un perigo na finca se hai un incendio. Non podes deixar estes todos restos aquí, e menos cerca das casas», contaba esta mujer, natural de A Devesa pero afincada en Pontevedra. Luego, demostraba que tanto ella como José están totalmente al tanto de la normativa para poder hacer quemas.

«Hai que estar dúas persoas aquí vixiando, porque se pasa algo non pode estar un só. Nós para queimar sempre vimos os dous, senón xa non prendemos o lume», indicaba Pilar. Hablaba así al mediodía, con la hoguera a pleno rendimiento. Y señalaba que hasta que no estuviera apagada no tenían previsto moverse de la finca. «Aínda que é un lume moi pequeno tampouco o podes deixar só, hai que estar aquí ata que vaia apagándose», insistía.

José, mientras tanto, seguía echando restos de cañas a la hoguera y, con retranca, se quejaba: «Mira ti para que serve a xubilación, para andar aquí traballando todo o día», rosmaba por lo bajo mientras bajaba el espinazo.

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