Dos caras de la donación de órganos

Mari Barra, que donó los órganos de su hijo, y Rocío Freire, que recibió un riñón, abrirán la Pontevedrada


pontevedra / la voz

«La línea que separa la vida y la muerte es invisible». Lo dice Mari Barra, que en octubre del 2008 perdió a su hijo Jonás, de 17 años. Iba a pasar un fin de semana con sus amigos cuando sufrió un aneurisma cerebral que lo dejó en coma. «Los médicos hicieron todo lo que pudieron y cuando llegó el desenlace el coordinador de trasplantes nos dijo si queríamos donar sus órganos», explica Mari. La familia no lo dudó porque Jonás era «un tío muy concienciado y nos había dicho que si alguna vez le pasaba algo quería donar sus órganos».

Así fue. Como afirma esta madre de Vigo, él hizo el regalo del amigo invisible. Desde entonces Mari da charlas en colegios de la mano de la Asociación de Donantes y Receptores de Órganos de Vigo (Adrovi) sobre la necesidad de donar para salvar vidas. Su testimonio no es habitual. ¿Por qué no es frecuente que lo cuenten? «Porque cuesta mucho. Yo todavía me derrumbo, pero como digo ‘me tomo las pastillas de la risa’».

Mari, junto a Rocío Freire, de Redondela, abrirán la Pontevedrada 2019, que partirá el próximo 27 de abril de la plaza de España de Pontevedra para fomentar la donación de sangre, órganos y tejidos. Si Mari representa a esas familias que salvan vidas con los órganos de sus seres queridos, Rocío es un ejemplo de esas personas que los reciben. Cuenta que el lupus, la enfermedad de base que tenía, le afectó al riñón. «Tuve que entrar en diálisis, tenía restricciones de líquido e iba tres días a la semana a diálisis, cuatro horas cada día», relata.

Aunque su situación no llegó a ser de extrema gravedad, cuando estaba en lista de espera le llegó un riñón compatible. Tenía 33 años. Han pasado diez. «Ha ido todo estupendamente, no he tenido rechazo. Antes del trasplante me costaba moverme, no podía salir a pasear», comenta Rocío. Ella también es socia de Adrovi. Aceptó participar en el arranque de la marcha a pie hasta Santiago para dar las gracias. «Gracias a ellos y a iniciativas como esa, se nos ve y se nos oye».

Para Mari será su segunda vez. Ya habló antes de la salida de la Pontevedrada del 2016. Ella tiene claro por qué repite: «Me animé porque me dedico a dar charlas sobre la necesidad de donar órganos, lo hago para concienciar a la gente». ¿Sigue haciendo falta? «Y tanto, aunque la gente joven ya piensa de otra manera. Empezamos dando charlas en ESO y bachillerato, y ahora ya las damos en primaria».

Las dos hablarán, pero no caminarán. Rocío confiesa que no se arriesga y que el médico siempre le dice que «tengo que tener cuidado con la lluvia y los catarros». Mari tampoco por la situación que tiene en casa. Ambas alaban, eso sí, a los «valientes» que son capaces de acabar los 67 kilómetros de la Pontevedrada.

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