La escuela que previene el estrés infantil

La profesora del aula unitaria de Lantaño ha metido la Filosofía en el aula. Pero, ojo, lo hace de tal manera que la materia se baila

Filodanza en la escuela unitaria de Lantaño Filodanza en la escuela unitaria de Lantaño

pontevedra / la voz

Vivimos deprisa. Y esa rapidez de nuestra existencia se la transmitimos diariamente a los niños. A veces, incluso de forma contradictoria. «Si nos fijamos en lo que ocurre en nuestra casa, a veces nos descubriremos diciéndoles a nuestros hijos que apuren, que llegan tarde al colegio, que corran... luego bajan las escaleras a toda prisa y les gritamos que no, que se van a caer. Que no corran. Es todo contradictorio», decía un día una coach pontevedresa que trataba de solventar dudas de los padres. Hay maestros que creen que hay que poner calma y, por eso, trabajan para prevenir el estrés y ralentizar la vida de los críos. Es el caso de Lidia Gómez, profesora de la escuela unitaria de Lantaño, en Portas. Lidia está en el lugar adecuado para trabajar en paz. Su centro, aunque a pocos kilómetros de Pontevedra, está en el rural, rodeada de verde por todas partes y a él acuden solamente once niños de 3, 4 y 5 años. Todos se conocen. Y todos se respetan e incluso quieren. En parte, porque de eso va lo que les enseña Lidia.

Resulta que a Lidia siempre le gustó relacionar la Filosofía con los niños. Y hace ya años, allá por el 2002, se unió a la Asociación Galega da Filosofía. Le gustó. Y empezó a profundizar, incluso con formaciones fuera de la comunidad, para poder aplicar sus conocimientos en el aula. En un momento dado de su vida, en el que el estrés también llamó a su puerta, practicó biodanza y yoga. Entonces, se dio cuenta de que podía unir todo y practicarlo con los niños. Se puso manos a la obra. Y el resultado es un taller que pone en marcha cada viernes en Lantaño. Verla a ella pero, sobre todo, observar a pequeños como Pablo, Pedro, Víctor, Carolina o Evelin en acción es de esos espectáculos que reconcilian con el mundo.

Empezar sonriendo

La clase empieza bailando, con una canción que repite sin cesar la palabra «sorrí». Los niños danzan y Lidia les va pidiendo, muy sutilmente, en bajito y con toda la calma del mundo, que bailen buscando los ojos de los amigos. Al principio hay alborozo y alguna trastada. Pero, conforme avanza la canción, los ánimos se calman. Y los niños acaban totalmente conectados con la voz de Lidia. Luego se sientan juntos, en el suelo y descalzos, se masajean el corazón y le dan gracias al órgano rey del cuerpo por estar ahí, por seguir latiendo cada día.

Lidia no le concede demasiada importancia cuando alguno de los pequeños corretea o se despista. Es como si supiese que, en cuestión de minutos, volverá a la rueda. Poco a poco, les va proponiendo temas de debate. Como la canción hablaba de sonreír, los niños van contando qué es lo que les hace sonreír. Y también lo que les entristece. Alguien habla de que se ríe con los amigos. Y se les pregunta que por qué son amigos. Entonces, cuentan lo bueno que ven en sus compañeros. O lo malo. Lidia les imprime calma. «Non temos présa», repite.

Vuelve la música y la danza. Y hay más diálogo. Aparece también una marioneta en forma de mariquita que se suma al debate. Luego se relajan y respiran en silencio o entre susurros porque el hada de la sabiduría les ha llevado la voz. Al terminar, vuelven los juegos, la merienda en las rutinas. Pero ya ha reinado la paz.

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