Dirigiendo voces blancas y su propia libertad

Amelia se jubiló y se dio cuenta de que vivía «en un pequeño paraíso». Ha decidido exprimirlo al máximo


pontevedra / la voz

Amelia Gamero Vidal aún no es abuela. ¿O sí? Ninguno de sus tres hijos le ha dado nietos todavía. Pero lo cierto es que Amelia, sin darse cuenta, ejerce un poco de abuela de un buen número de niños. Lo hace en Vilarchán, un núcleo rural de Ponte Caldelas que le ha cambiado la vida. Vecina de Pontevedra durante muchos años, un día hizo las maletas al rural caldelano. Y allí se quedó, aunque no deja de visitar la urbe. Se dio cuenta desde el principio de que había llegado a «un pequeño paraíso». Pero no fue hasta que se jubiló cuando vio todo lo que su pueblo podía aportarle y todo lo que ella podía darle a sus vecinos. Se está volcando especialmente con los críos, de ahí lo de ejercer de abuela, y lo mismo se viste de Papá Noel que los pone a ensayar canciones. Sí. Porque ha formado un coro de voces blancas al que se han apuntado un buen número de niños de la aldea. Ella está feliz. Y lo cuenta, sentada en una cafetería de Pontevedra y ante la mirada de uno de sus hijos, con la voz emocionada. «La veo feliz», dice su hijo mientras ella sonríe.

Vayamos al principio. Y, antes de conocer qué hace en Vilarchán, pongamos a Amelia en contexto. Nació en Marín, en una familia de padre militar. Siempre le gustó estudiar, el arte o la música. De hecho, tomó clases de solfeo desde bien chica. Recuerda con emoción que una vez tuvo un examen de música y, como era tan pequeña, el catedrático la acabó cogiendo en brazos. Cuando tuvo que elegir carrera, optó por Derecho. Se acuerda de su paso por las aulas y dice: «No éramos muchas chicas entonces en la facultad. A mí me gustó la carrera, aunque enseguida decidí que quería opositar».

Efectivamente, opositó. Sacó una plaza para ser secretaria de Ayuntamiento. Llegó a trabajar en un Concello. Pero no le convenció. Y se lanzó a opositar de nuevo. Otra vez, logró su objetivo. Pasó entonces a formar parte del cuerpo de funcionarios de la Xunta. Concretamente, trabajó en el Instituto Galego da Vivenda e o Solo. Primero en Pontevedra y luego en el casco viejo de Vigo. Disfrutó mucho de su labor profesional: «Al trabajar con rehabilitaciones vas viendo cómo renacen edificios históricos, es muy bonito. Vuelven a la vida», explica con tanta pasión que parece que, en vez de estar ya jubilada, acaba de empezar a trabajar.

El trabajo se fue combinando con la crianza de tres hijos. Y con su eterno interés por aprender. Así, ya con toda su descendencia, llegó a ponerse a estudiar Políticas. No terminó la carrera. Pero tampoco descarta hacerlo.

Cuando le llegó la edad de jubilarse, dudaba de cómo se sentiría. Pero, una vez instalada en Vilarchán y sin la rutina de madrugones, todas las incógnitas se despejaron: «Me vi libre para poder hacer lo que quería y la verdad es que empecé a ser bastante feliz», indica. Llegado a ese punto, es su hijo quien toma la palabra: «Le gusta hacer sobre todo cosas por los demás, las hacía por nosotros y ahora le gusta hacer cosas en Vilarchán». No se engaña. En Navidad, por ejemplo, se plantó en el Concello para pedir que le ayudasen a que su pueblo tuviese atractivo para los más pequeños. Dice que el alcalde «respondió maravillosamente». Y ella misma acabó vestida de Papá Noel y repartiendo regalos.

Ahora está dirigiendo un coro infantil. Ha puesto a cantar temas como el Himno de la alegría a once chiquillos. Y, con su actitud, ha contagiado ese «ven canta, sueña cantando» que dice la canción, a toda la aldea.

una actuación que no dejó indiferente a nadie

Este mismo mes, los chiquillos del coro Voces Blancas, dirigidos por Amelia Gamero, ofrecieron una actuación. No dejaron indiferente a nadie y la emoción se coló en la celebración. Lo contaba al día siguiente el alcalde, que felicitó a todos los vecinos por esta iniciativa, pero especialmente a la directora del coro. La iniciativa cuenta también con el respaldo del cura y la parroquia.

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