«Me dejaron marchar del prostíbulo porque ya no encarnaba a la puta feliz»

Gracias al equipo de igualdad del Luis Seoane, se escuchó en Pontevedra a Tiganus, superviviente de un calvario que empezó con una violación múltiple a los 13 años


pontevedra / la voz

Amelia Tiganus (Galatí, Rumanía, 1984) creyó que se prostituía por elección propia. Mientras la cambiaban de burdel cada 21 días para que los hombres pudiesen tener «tetas y culos nuevos todo el tiempo» y era penetrada cada noche sin desearlo, pensaba que ella misma había decidido estar allí. Pasó cinco años de prostíbulo en prostíbulo. Llegó a ejercer en 40, escuchando cada noche a hombres «que siempre le echaban la culpa a las mujeres de estar allí, que contaban que si su mujer estaba estresada con los niños y no le daba placer... siempre culpándolas a ellas». Hasta que un día, tal y como ella misma cuenta, colapsó física y mentalmente. Y la dejaron ir: «Me dejaron marchar del prostíbulo porque ya no encarnaba a la puta feliz, era una puta triste y a las putas tristes no las quiere nadie», cuenta. Salió de la rueda y entendió entonces que no, que no había sido prostituta por elección propia: que había sido víctima de trata de personas y que si un día dijo sí a dejar su país y venir a España a lo que fuese era porque estaba en una situación de vulnerabilidad extrema. Todo ello lo contó ayer, en Pontevedra, ante un abarrotado y emocionado teatro Principal.

Fue el equipo de Igualdade del Luís Seoane el que le propuso a Amelia hablar en una jornada celebrada ayer y llamada Reseteando a educación. Amelia contó su historia que, aunque empieza a ser conocida porque se ha convertido en una activista y experta en trata de primera línea, no deja de sobrecoger a quien la escucha. Amelia era una niña rumana más, con unos padres de clase trabajadora, que a los 13 años vivió su peor pesadilla. «Sufrí una violación múltiple. No le dije nada a mis padres porque sentía mucha vergüenza. Aquella violación acabó volviéndose sistemática, se repitió y empezaron los estigmas. Cuando se enteraron, a mis padres todo esto les vino grande. Alguien me ofreció venir a España y sí, dije que sí. ¿Pero en qué condiciones dije que sí, qué opción tenía?». La habían vendido a un proxeneta. Tenía entonces 17 años y medio. Desde ahí, y hasta un lustro después, su vida, tal y como ella cuenta, «fue una vida sin luz, una vida oscura», en un «campo de concentración», que es como Amelia denomina a los clubes de alterne.

Hablar para sanar

Salió. Salió porque ya no lograba mantener el teatro «de la puta feliz». Y quienes comercializaron con su cuerpo pensaron que tendrían garantizado su silencio. No fue así. Y no lo fue porque Amelia necesita contar en voz alta su historia para sanar. Y porque se dio cuenta de que, aunque a los 35 años y convertida en activista ha encontrado paz consigo misma, si no lucha por las compañeras que aún están dentro nunca estará en paz con el mundo.

Así que no deja de contar. Y conforme cuenta va cambiando vidas. Cambió la existencia de Teresa Lozano y Zua Méndez, periodistas, humanistas, actrices y, sobre todo, feministas activas, que forman un dúo llamado Towanda Rebels y que, tal y como señalaban ayer también en el teatro Principal, «tras escuchar a Amelia supimos que había que luchar, que había que hablar de proxenetas, puteros y agresores».

Amelia cambia vidas. Pero Amelia no solo cuenta penas. Ayer, mirando a los ojos a los chavales de varios institutos pontevedreses que la escuchaban con la boca abierta, les sugirió una estrategia. Les dijo que hablen sobre la repugnancia de ir a los clubes de alterne, que hagan piña. «Porque llegará un día que los animarán a ir hasta uno. Y, si antes no lo hablaron, se sentirán arrastrados. Si están preparados, dirán que no», sentenció.

Los barrios de prostitución en Galicia: la luz roja continúa encendida

Gladys Vázquez/ X. Carreira / J. Romero / M. Hermida
Prostituta en la zona de Beiramar, en Vigo
Prostituta en la zona de Beiramar, en Vigo

En calles de Vigo, Lugo y Santiago siguen ejerciendo la prostitución unas cien mujeres; en la ciudad olívica el caladero de nuevos clientes está en los trabajadores de los cruceros

La luz roja todavía sigue encendida en algunos barrios chinos gallegos. Los especialistas aseguran que existe un gran descenso de mujeres que ejercen la prostitución en estas zonas, pero todavía continúa la actividad en los de Vigo, Santiago y Lugo. En Pontevedra hay colectivos que aseguran que esta práctica se realiza en áreas distintas de las tradicionales. Y lo mismo que en Ourense. Los lupanares dieron paso a otro tipo de negocios vanguardistas; en algunos casos antiguas casas destartaladas pasaron a ser lujosos apartamentos con altos alquileres.

No hay cifras oficiales, pero las mujeres que a diario se buscan la vida en estos barrios podría llegar al centenar, según miembros de colectivos relacionados con la materia. En Lugo habría unas 15; en Vigo, Médicos del Mundo (que atiende al año en Galicia a más de mil personas relacionadas con el sexo, de las cuales el 95 % son mujeres), constata que en la zona portuaria quedan una decena, de edad alta, que llevan muchos años y no han encontrado otra forma de vida.

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