Suso Morlán, el entrenador que sacó lo mejor de mí

Estaba empeñado en demostrar que los gallegos podíamos conseguir éxitos a nivel mundial, y lo hicimos


Conocí a Suso Morlán cuando yo tenía solo 15 años, cuando el volvió al Centro Galego de Tecnificación Deportiva (CGTD) de Pontevedra en 1997, después de entrenar al equipo nacional júnior. Y juntos vivimos años de éxitos, así que su muerte, aunque podíamos intuir que llegaría como consecuencia de su enfermedad, me produce una enorme tristeza.

Aquel día que lo conocí, Suso se dirigió al grupo en corro y empezamos a entrenar. Desde el principio se vio que tenía un carácer muy marcado. Entrené con él casi cuatro años, dentro de un grupo de 30 chavales de 14 a 16 años, que se fue reduciendo con el tiempo. Es la etapa juntos menos conocida, hasta que me fui a Sevilla a la concentración del equipo nacional, en marzo del 2001. Durante esa siguiente etapa, al final, me vi entrenando en bloques de tres semanas allí y otras tres en Galicia, donde estaba completamente solo. Parte de mi fracaso de esa etapa se debió a eso. Así que en febrero del 2002 volví porque no me salían las cosas, mi rendimiento era peor que antes y no estaba a gusto. En esa situación, estaría mejor en mi casa. Así que dejé el piragüismo y me volví a Galicia. Una semana después se presentaron en mi casa un domingo por la tarde Suso y Santi Sanmamed, que era el presidente de la federación española. Suso vino a convencerme para retomar los entrenamientos con él. Les dije que solo volvería si me podía quedar en Pontevedra, y Santi aceptó, pese a que no había gente del equipo nacional entrenando por su cuenta. Así que me incorporé a Pontevedra dentro del grupo del CGTD.

En ese año 2002 disputé la final B del Mundial de Sevilla y fue al siguiente, en Atlanta, cuando ya fui plata mundial en 1.000 metros, con lo que me clasifiqué para Atenas 2004, cuarto en 500 y cuarto en 200. Desde los Juegos del 2004 ganamos las dos primeras de las cinco medallas olímpicas.

Cinco años en solitario

Luego, Suso y yo entrenamos ya solos desde el 2007 hasta el 2012. La primera imagen suya que recuerdo de aquella época es la típica, con el cuentapaladas y la mochila al hombro con la libreta en la que anotaba todo lo que pasaba en los entrenameintos. Establecíamos rutinas para que el cuerpo y la cabeza no notaran el cambio en la competición. Algunas de ellas son conocidas, como utilizar la misma toallita rosa en los Juegos Olímpicos para secar la canoa, o la forma como cogíamos la embarcación, siempre situándome yo por delante y él por detrás. Luego, en le momento de meterme en el agua, siempre me tocaba la cabeza y me decía «vuelve pronto», como pidiendo un buen tiempo.

Era muy metódico y trabajador, y no le gustaba que hubiera ni un cabo suelto. Quería tenerlo todo controlado. Exprimió lo mejor de mí. La prueba es que yo con el equipo nacional no funcioné, y con Suso está claro que sí funcioné.

Los polos opuestos se atraen

Fueron cinco años de relación muy estrecha en los que, como en cualquier relación, no todo es un camino de rosas. A veces chocábamos, pero por encima de todo éramos prácticos y no mezclábamos lo personal y lo deportivo. Como se suele decir, los polos opuestos se atraen, ese es el resumen de la relación profesional que generamos.

Él se empeñaba en que tuviéramos siempre las condiciones de trabajo adecuadas. Recuerdo que en los Juegos de Pekín la federación nos alojó en la misma habitación del hotel. Suso hizo ver al Comité Olímpicos Español que yo necesitaba tener mi propio espacio o acabaríamos saturados el uno del otro. Así que reservamos nosotros otra habitación y adelantamos el dinero, que después nos dieron.

Suso estaba empeñado en demostrar que los gallegos no éramos menos que los demás, y que podíamos conseguir éxitos a nivel mundial como cualquiera. Y lo hicimos. Así logramos que dos gallegos juntos ganasen cinco medallas olímpicas.

Fallece Suso Morlán, el hombre que llevó a Cal a la gloria olímpica

Paulo Alonso

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Tozudo, optimista y peleón hasta el final, hace solo unas semanas que Suso Morlán compartía su esperanza de seguir en el agua en los próximos Juegos Olímpicos. «Iré a Tokio 2020, pero también a París 2024», explicaba durante el último Mundial de Montemor-o-Velho (Portugal). De allí, como casi siempre, salió triunfador. Ahora su sonrisa en segundo plano acompañaba los éxitos de Isaquías Queiroz, convertido en uno de los brasileños con mejor palmarés en cualquier deporte; durante toda una vida, guio a David Cal con la misma fórmula del trabajo metódico, la disciplina y el sacrificio a largo plazo, hasta que vio colgadas de su cuello cinco medallas olímpicas. A finales del 2016 empezó a luchar contra el cáncer, desde que se le detectó un tumor en la base del cerebro, y ayer falleció a los 52 años, según confirmó la federación española de piragüismo. A América le había llevado su prestigio como entrenador y también la presencia en Colombia de su mujer, Tania, con la que tenía una hija de 7 años. A ellas dedicaba el tiempo que le dejaba el piragüismo.

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