La artesanía que Martita convierte en terapia

Hacer pulseras le ayuda a tener movilidad. Con lo que gana, paga tratamientos de su enfermedad rara


pontevedra / la voz

Deben quedar pocas Martas en el mundo que no odien a los Hombres G. Por culpa de la banda, acompañando a su nombre, en infinitas ocasiones se repite eso de «Marta tiene un marcapasos, que le anima el corazón...». Pero hay una Marta, Marta Pérez García, vecina de Valdecorvos (Pontevedra), que sí o sí debe de llevar algo dentro que le dé cuerda, que le haga ser una mujer a una sonrisa pegada y una luchadora incombustible pese a que la vida no haya querido ser demasiado agradable con ella. En la pubertad le diagnosticaron una enfermedad rara neurodegenerativa, Ataxia de Friedreich, que afecta a la movilidad y al equilibro. Primero se peleó con la patología. Luego, viendo que esta se había invitado sola a ser su compañera de vida, quiso saberlo todo de ella. Acabó entendiéndola, aceptándola y ahora convive con ella. Y de qué manera; con humor, sonrisa y entusiasmo.

Todo empieza cuando Marta tenía trece años. «Mi madre veía que no corría como los demás, que era muy torpe... parecía que algo me pasaba porque siempre me acababa cayendo», explica. Médicos, pruebas y más pruebas... y el diagnóstico: tenía una enfermedad rara. Marta, que entonces vivía en Vilagarcía, donde había empezado un ciclo de informática, reconoce que pasó unos años oscuros. «No quería salir, no quería hacer nada... estaba destrozada», explica. Cambió de aires, se vino a vivir con su madre a Pontevedra, empezó a acudir a congresos para entender por qué primero necesitó el andador y luego ya la silla de ruedas... y empezó a aceptarse y a acatar la realidad. «Entonces me apunté a un ciclo de márketing en el Luís Seoane y de ese sí que tengo buen recuerdo, porque yo ya estaba mejor», explica. En ese punto de la conversación, saca su característico humor a pasear. «¿Quieres saber qué me pasó con un trabajo? Después del ciclo, mandé muchos currículos. Yo en las observaciones siempre pongo que voy en silla de ruedas, para que lo tengan en cuenta. Pues me llamaron para una entrevista y fui ilusionadísima. Y cuando llegué había unos doce escalones para entrar. Le dije a mi madre, que me acompañaba, que subiera y les dijera que me había olvidado de las alas... al final se disculparon. Fue una pena», señala mientras se ríe.

No logró ese trabajo. Ni la llamaron para otros. Pero no se rindió. Hace tres años, decidió emprender. Se había dado cuenta de que le encantaban las manualidades y la artesanía. Y de que, encima, hacer cosas como el encaje de bolillos le ayudaba a mantener la movilidad en los dedos y las manos, algo bien importante para su patología. Empezó haciendo alguna que otra pulsera o colgante para amigos... y acabó dándole formalidad al asunto.

Artesanía Martita es su proyecto. Hace algo de todo, desde pulseras de piedras minerales a broches con muñecas pasando por anillos de cuero y zamak. Tiene Facebook como gran escaparate. «Mi enfermedad requiere distintos tratamientos y algunas terapias y el Sergas no lo cubre todo. La pensión que tengo es de risa, de 300 euros, aunque es cierto que con la Ley de Dependencia me dieron una asistenta personal, que me ayuda en el día a día. Con lo que gano con la artesanía costeo parte de mis terapias», explica Marta.

También ama de casa

Habla así a media mañana del lunes, tras un fin de semana que la dejó derrotada porque estuvo presente en la feria de artesanía de Ponte Caldelas. Aún así, sobre las doce cuenta que tiene que ponerse las pilas con la comida. Y reivindica también su condición de ama de casa: «Hago todo lo que puedo, la comida, las cosas... soy normal. O pretendo serlo», dice. En ese afán suyo por tener una vida «normal y corriente», como ella dice, se topó con una persona extraordinaria. Se llama David y es su pareja desde hace casi once años. A Marta se le pone un interrogante en la boca cuando se le pregunta si lo tuvieron fácil. «Sí y no. Nuestra familia lo entendió. Pero todavía me acuerdo de una señora que nos vio darnos un beso en la calle, yendo yo en la silla. Se quedó con la boca abierta, como si fuese algo de otro mundo», dice.

Afortunadamente, David, ella, su hogar compartido y su amor son de este mundo. También lo es Vicky, su asistenta, con quien ha hecho un equipo perfecto. Porque Vicky y Marta, Marta y Vicky, dan la batalla a diario para que no lleguen al banco y la cajera le pregunte a Marta «¿y cuántos años tienes?» o para que el ginecólogo no dé por hecho que Marta no tiene relaciones sexuales. «Son tantas cosas...», lamenta Vicky. «Hay que reírse», apostilla Marta. Entonces, la asistenta le contesta: «Tú de eso vas sobrada. Se ríe tanto de todo que hasta cuando va de copas en su silla le dice a las amigas... yo puedo beber que no me caigo». Así es Marta, que dice que vive el día a día porque mañana queda lejos.

Empezó hace tres años a hacer artesanía; se maneja bien con el encaje de bolillos

Le diagnosticaron la patología a los

13 años porque tenía problemas

de movilidad

Lucha a diario para que la traten con normalidad, más

allá de que vaya o no en silla de ruedas

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