Diego Romero y Óscar Graña, dos campeones de uniforme

Cuatro días después de triunfar ya han vuelto a sus trabajos de zapador del Ejército y subinspector de policía

Dos campeones de uniforme Entrevista a Óscar Graña y Diego Romero

Óscar Graña y Diego Romero solo piensan en descansar. Ahora es lo que toca, aunque sea un verbo difícil de conjugar en su agenda. El pasado domingo recogieron la medalla de oro en C-2 en el Mundial de maratón de Portugal y ayer ya estaban fichando en sus puestos de trabajo. El descanso del guerrero se tercia corto en el caso de estos campeones de uniforme. Graña llegaba a la sala de piragüismo del Centro Galego de Tecnificación Deportiva de Pontevedra con el uniforme de trabajo, en su caso el de subinspector de policía en la Comisaría de Pontevedra, mientras su compañero de canoa, Diego Romero, es zapador del Ejercito español y está destinado en la Brilat desde el pasado mes de enero.

Ambos buscan el equilibrio diario entre la vida profesional y el deporte de élite, una mezcla compleja que en su caso obliga a sacrificar la vida personal casi hasta el extremo. «Hago lo justo, llegó a casa y poco más, mis hermanos cuando éramos jóvenes salían por ahí y yo iba a entrenar los domingos, ahora trabajo, descanso y entreno», explica Graña, que reconoce que ganar el oro hace olvidar todo ese sobreesfuerzo. Y él sabe de lo que habla, a sus 41 años, lleva ya 23 medallas en competiciones internacionales y su cuarto campeonato del mundo, aunque esta vez lo ha logrado con Diego Romero, su nueva pareja de canoa. La retirada este año de Ramón Ferro dejó a Óscar Graña una dura decisión, o decía adiós al piragüismo o encontraba un compañero de fatigas a la altura de sus aspiraciones. «La única garantía para tener opciones de medalla era Diego», explica el palista pontevedrés. Después de tantos títulos a sus espaldas no barajaba la posibilidad de ir a campeonatos solo a participar. Si seguía, era para ganar.

El último triunfo tuvo un sabor especial. «Es reconfortante conseguirlo cinco años después», confiesa no sin recordar que «esto sería imposible de conseguir sin la agrupación deportiva del cuerpo nacional de policía, que es la que me permite compaginar el trabajo diario con entrenamientos y competiciones», explica Graña.

El oro en el Europeo le dio pistas de que el Mundial era asequible. Lejos todavía de la compenetración que tenía con Ferro, forman un buen tándem. Óscar aporta experiencia y Diego, velocidad. «Es un poco cabra loca», bromea Graña sobre el ímpetu del militar. «Me aportó aire fresco, ves que en un par de tirones te pones por delante, que dominas la regata y el resto te tienen que seguir», confiesa el pontevedrés, mientras Romero asegura que Graña tiene una experiencia que supone un plus decisivo en la competición. «De él aprendí estrategia», resume el zapador, que asegura que «cuando me destinaron a Pontevedra pasé unos meses adaptándome, llegaba arrastrado cuando bajaba al río». Le hizo falta tiempo para saber que sí podía acompañar a Graña. Acostumbrado a pista, la velocidad es su punto fuerte, pero también el débil, era el contrapeso perfecto para el éxito.

El futuro de los ganadores aún está por decidir

Ni Óscar Graña ni Diego Romero quieren hablar de su futuro como pareja. Tampoco de forma individual. Recalcan que el único objetivo que tienen ahora es descansar. No piensan ni en entrenar. Su única obligación ahora es el trabajo. «Hace cuatro días que estábamos en Portugal», recalcan ambos sobre el futuro más inminente. Es más, desde el domingo ni se ven. Uno está en Pontevedra y el otro en Boiro. Quieren recuperarse del esfuerzo y de la tensión que genera haber entrenado cerca de tres horas diarias mientras trabajaban.

El deporte de élite no da para vivir, en su caso es solo una pasión que da títulos y reconocimiento, pero para sobrevivir tienen que enfundarse el uniforme de campeones. En los últimos años se ha cuestionado si Graña seguiría o no compitiendo. Su compañero Ramón Ferro lo dejó y a él le entraron las dudas. Las disipó con dos oros en el Europeo y el Mundial en el mismo año. El primero llegó en julio y ahora se colgaron el segundo. «Vamos a descansar y ya veremos, ahora solo descanso», recalca Óscar Graña sobre su futuro más inminente. Todavía está a un altísimo nivel, pero necesita que Diego Romero dé un paso al frente y «dé el salto a C-1». La veteranía del palista pontevedrés le hace ejercer como esa especie de padre deportivo, se llevan 14 años y esa diferencia se duplica cuando se convierte en experiencia.

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