Cuarenta años de amistad a prueba de balas

Juan José y Antonio cumplieron una vieja promesa y se reencontraron tras cuatro décadas sin verse


Pontevedra / La voz

Cuarenta años sin encontrarse cara a cara. Juan José Esperón Recarey y Antonio Martín Moreno, de Pontevedra el primero y de Almería el segundo, no se veían desde que entre 1979 y 1980 que ambos realizaron la mili en el CIR (Centro de Instrucción de Reclutas) número 13, instalaciones que hoy ocupan los militares de la Brilat -la brigada no comenzó su traslado a Pontevedra hasta 1987-. Cumpliendo una vieja promesa, ambos volvieron a reencontrarse este pasado fin de semana y, claro está, visitaron la base militar donde reprodujeron una vieja imagen en tonos sepia que se tomaron cuatro décadas atrás.

«Cuanto terminamos el servicio militar lo fui a visitar. Quedamos en volver a vernos y él se comprometió a subir a Pontevedra. Tenía ilusión por volver a Figueirido donde había hecho la mili, pero, por unas circunstancias o por otras, no pudo ser», rememora Juan José. Lo cierto es que los dos viejos amigos perdieron el contacto durante muchos años -«quince o veinte», estima el pontevedrés- hasta que, por mediación de un viejo camarada de armas, Esperón Rey consiguió la dirección de su amigo y se retomaron las comunicaciones telefónicas.

Con el paso del tiempo, las nuevas tecnologías acudieron en auxilio de los dos antiguos reclutas. «Con el invento del Facebook, por lo menos, ya nos podíamos ver», remarca, si bien reconoce que aún quedaba pendiente la comprometida visita de Antonio. Este, aprovechando una de las habituales excursiones que procedentes del sur de la península recalan en las Rías Baixas, decidió hace apenas unos días que había llegado el momento.

Paralelamente, el pontevedrés se puso en contacto con los responsables del acuartelamiento de la Brilat y, tras explicarles sus intenciones, obtuvo la autorización para volver a pisar la base donde se fraguó esta amistad. «Estuvimos toda una tarde recorriendo lo que era de aquella el CIR número 13. Pudimos ver los cambios que se produjeron, aunque había otras instalaciones que permanecían en nuestro recuerdo», apunta, al tiempo que insiste en que, aunque pudo percibir importantes cambios, aún se mantienen en pie algunas edificaciones «con otras utilidades».

Juan José se incorporó «voluntario» en el centro castrense el 15 de enero de 1979 coincidiendo en la misma compañía con Antonio, donde juraron bandera. «Tiene un hermano gemelo y este fue destinado en Pontevedra -en las instalaciones militares de Campolongo-. Cocinaba muy bien y el general ya lo fichó. Hizo la mili de cocinero».

Por su parte, ambos amigos permanecieron en lo que hoy es el cuartel General Morillo: «Pasamos el servicio de instructores, dando las instrucción a los nuevos reclutas», subraya, al tiempo que estima que hasta mediados de octubre de 1980, momento en el que se licenció, pudieron adiestrar a más de dos mil soldados a lo largo de estos meses.

De guardias nocturnas

Echando la vista atrás, Juan José mantiene un recuerdo muy positivo de lo que fue su paso por la mili. Tanto que no duda en mantener que «recomendaría que la gente hiciera, por lo menos, tres mesitos de servicio militar». En su caso, fue un período que le permitió realizar nuevas amistades, algunas de las cuales han sobrevivido fortalecidas al paso del tiempo. «Te quedan para toda la vida. De hecho, mantengo una amistad impresionante con un valenciano que es periodista, aunque en su caso nos vemos más. Es algo que hay que vivir... Las guardias que hacías a las tantas de la madrugada, los atentados de ETA que nos obligaban a estar en permanente preaviso y alerta... Fueron cosas que nos marcaron y de las que salieron amistades para toda la vida», reitera.

Lo cierto es que tantos meses de convivencia determinó que jóvenes de distintas poblaciones repartidas a lo largo y ancho del territorio nacional terminaran convirtiéndose en una suerte de gran familia que aún perdura. «Aunque no nos veamos, siempre nos estamos acordando los unos de los otros», incide.

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