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Esperemos que Pontevedra, en pleno siglo XXI, no tenga que ir a la guerra; que no lleguen bárbaros que la ataquen y haya que defender la ciudad con piedras y palos. Pero, si eso ocurre, debería suceder durante la Feira Franca. ¿Por qué? Porque ese día los habitantes de la Boa Vila tienen un halo de invencibles. Se pudo comprobar ayer. Se caían los pajaritos -dice MeteoGalicia que hizo más calor en Pontevedra que en Ourense-, sin embargo, imbuidos en el sufrido espíritu del hombre medieval, los pontevedreses echaron atrás el calendario y cumplieron con todos los ritos del siglo XV. No importó si hubo que comer callos a 37 grados y al sol con un vestido púrpura de terciopelo. Tampoco si las vacas del carrejo de vino se hacían las perezosas ante la canícula y había que, literalmente, tirar de ellas para que anduviesen. Ni que hubiese que hacer una cola de una hora al sol para que el niño se subiese en un tiovivo a manivela. Todo se superó. Porque la Feira Franca es una enorme fábrica de invictos.

La mañana comenzaba con una de esas parejas que se hace fuerte en días como el de ayer. Eran Nati Vidal y Antonio Alfonsín. Paseaban, él con silla eléctrica camuflada bajo una tela de saco marrón, sus 92 primaveras y su atuendo de campesino y ella con silla de ruedas manual, sus casi 90 años y un porte de señora del Medievo descomunal. La edad o la falta de movilidad no es excusa para ellos: «¡Cómo vamos a faltar nosotros a la Feira Franca si fuimos de los primeros en celebrarla!», informaba un risueño Antonio Alfonsín.

 

Conforme se acercaba el mediodía y el termómetro iba subiendo, la tentación era quitarse la túnica, deshacerse del tocado de la cabeza, tirar lejos las flores secas o desprenderse de las enaguas en plena vía pública... Pero, olvídense, no lo hizo ni el tato. Porque en Pontevedra al hombre medieval lo hace el traje. Así que ahí estaba, en A Ferrería, tapada de la cabeza a los pies, embarazada, y con bebé de año y medio en brazos, una campeona llamada Inés. Llevaba al niño en un carrito de madera con ornamentos de hiedra verde, y explicaba así cómo aturaba, con su barriga y su otro crío a cuestas, la canícula: «La Feira Franca es la Feira Franca y hay que estar perfecto de la mañana a la noche. Si hace tantos años resistían así, nosotros tenemos que hacer lo mismo», indicaba mientras se ajustaba su cinturón de cuero. Y una conversación similar tenían dos parejas que degustaban vaca al espeto en las proximidades de la iglesia de Santa María: «Non sei se teño fame ou ganas de durmir a siesta. Pero voulle meter o dente á vaca, que se queremos ser como os de antes non se pode vir a feira sen comer ata rebentar».

Comer, beber y bailar. O vender. Porque es vestirse como hace seis siglos y que al pueblo le salga el superviviente que lleva dentro. Así, Lourdes María, de Moaña, a sus casi setenta primaveras, sudaba la gota gorda junto a la calle Riestra para deleitar con la gaita al respetable. Muiñeiras, jotas... parecía incansable. «Hai que divertir á xente», espetaba.

Algunos lapsus

A otros les salía el alma de comerciante, como a Sofía, de solo diez años. Tenía a la venta pulseras y un juego con nombre anglosajón poco relacionado con la Edad Media. Ella disculpaba el lapsus temporal: «Le gusta a muchos niños», enfatizaba. No era Sofía, desde luego, la única que no se ajustaba mucho a la fecha de la Feira Franca. Había desde trajes de romanos por doquier hasta deslices con disfraces de Batman y extravagancias. Por no hablar del reguetón de algunas calles. Pero esa es otra historia.

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La Feira que hace héroes a los pontevedreses