Sonia Iglesias: ocho años de fracasos

La falta de resultados en la investigación sobre la desaparición de la pontevedresa y los dos archivos constituyen el mayor baldón para Policía, Fiscalía y Jueces


Se acaban de cumplir ocho años de la desaparición de Sonia Iglesias sin que los 3.000 días transcurridos hayan reportado avance sustancial de las investigaciones, que siempre han estado encaminadas a probar la presunta implicación de su pareja, único y principal sospechoso, en los hechos acaecidos el 18 de agosto del 2010. Estamos ante el suceso de mayor trascendencia mediática de las últimas décadas en Pontevedra que constituye para las fuerzas de seguridad, la Fiscalía y los respectivos jueces instructores, el principal baldón que arrastran en sus respectivas hojas de servicios.

El presumible crimen que se esconde tras la ausencia de rastro alguno sobre el paradero de la dependienta de la tienda Massimo Dutti escuece tanto que se ha convertido a lo largo de estos ocho años en una referencia recurrente en los discursos de despedida de sucesivos responsables públicos, que admitían que era la espina clavada que les quedaba al hacer balance de sus etapas profesionales.

Da que pensar que el caso Sonia Iglesias haya jubilado a varios subdelegados y delegados del Gobierno central, así como a varios jefes de la Comisaría de Policía de Pontevedra; que haya pasado por las manos de varios jueces de instrucción y solo el fiscal jefe, Juan Carlos Aladro, se mantenga incólume en su puesto a lo largo de estos años. Y eso que en todo este tiempo, la investigación «se ha mantenido siempre abierta», según la versión oficial trasladada por las fuerzas de seguridad, aunque la sensación de familiares y allegados de Sonia es que atraviesa baches y repuntes, encontrándonos actualmente en una zona valle.

El segundo palo

Para Mari Carmen Iglesias, hermana de la desaparecida, quien siempre ha encarnado el rol de portavoz de la familia, la decisión de volver a archivar las diligencias del caso, adoptada en mayo por la actual titular del Juzgado de Instrucción número 3 de Pontevedra fue un «palo» mayúsculo tanto para ella como para el entorno de Sonia.

Aunque siempre se mostraron cautelosos ante el rebumbio mediático organizado con el registro realizado en la antigua casa de los Araújo en San Mauro, el empleo del georradar y aquel despliegue policial propiciaron ciertas esperanzas de que podíamos estar ante un relanzamiento definitivo de la investigación que conduciría a resultados materiales concretos para incriminar al autor y posibles cómplices. El paso siguiente, sin embargo, dejó tan estupefacta a la familia como a quienes hemos seguido el caso durante estos años: ¿qué sentido tuvo citar en Comisaría el pasado 21 de febrero a Julio Araújo y a su hermano David, en condición de «investigados» por el presunto homicidio de Sonia Iglesias y que salieran de rositas al negarse a declarar acogiéndose a su derecho? Si se pretendía desgastarlos para sacarles algún tipo de confesión, el fracaso fue monumental. Jesús Santaló, el abogado que les asistió, ya lo dijo muy claro: «La Policía no tiene nada sólido».

La falta de resultados de los trabajos de campo efectuados por la Policía Científica que se fue constatando en días y semanas siguientes, enfrió cualquier esperanza. Y otra incógnita que nos dejó aquella frustrante reapertura de las diligencias: ¿por qué razón se dejó entrever que los investigadores sospechaban que podía haber alguna clave para esclarecer el caso en alguno de los nichos del panteón de la familia de la pareja de Sonia en el cementerio de San Mauro y, en cambio, finalmente, no se acometió registro alguno? No se entiende.

Mala investigación

En este caso, todo empezó torcido. Las primeras horas de la investigación para esclarecer la desaparición de Sonia Iglesias en aquel 18 de agosto, no van a pasar a los anales de la Comisaría de Policía de Pontevedra como meritorias. Más bien al contrario y vistas con perspectiva, fueron nefastas. Se tardó mucho tiempo en establecer que la ausencia de Sonia Iglesias era contra su voluntad y en activar los protocolos de averiguación y contraste de informaciones necesarios, empezando por el primer sospechoso. Se perdieron horas valiosísimas cuyas consecuencias se han venido arrastrando.

¿Cuántos años ha tardado la Policía en determinar mediante una cámara que un vehículo como el que conducía la pareja de Sonia, circulaba el día de autos, en torno a las 10 de la mañana, por el puente de Los Tirantes? ¿Cuántos años demoró establecer mediante las cuadrículas de los repetidores de telefonía que el móvil del interfecto emitió desde las cercanías de Monte Castrove cuando se suponía que estaba en el domicilio de Campo da Torre?

Las derivas de la investigación no son achacables a falta de voluntad de los inspectores que han llevado el caso sino probablemente a escasez de personal y de medios tecnológicos. Una simple comparación con el esfuerzo humano y técnico desplegado para esclarecer casos como el de Denise Thiem o Diana Quer, no resiste la comparación.

Las carencias lastraron la investigación para saber qué le pasó a Sonia al tiempo que dieron mucho tiempo y ventaja para construir una coartada que no se ha logrado desmontar en ocho años. Lo he escrito otras veces y hoy lo vuelvo a repetir: no hay crímenes perfectos; hay investigaciones imperfectas. ¡Ojalá el caso Sonia Iglesias no sea una de ellas!

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