Creatividad con cabeza, corazón y manos

«He sabido de artistas visuales que se dedicaron en cuerpo y alma a la cocina», asume este pontevedrés

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Pontevedra / La voz

Lo primero que llama la atención es su nombre, fruto, de lo que el propio Aritz Amatria Barral, define como «el resultado de cruzar gallegas y navarros». Y es que a su padre «se le asignó Galicia como destino durante sus años de servicio en la mili y una noche de fiesta en una discoteca se le presentó a mi madre con la frase ‘‘dicen que me parezco al rubio de Los Pecos’’. ¡Le funcionó!». Al poco de comenzar su vida en común, «me tuvieron a mí a medio camino entre Valencia y Pontevedra. Hubo un importante referendo en cuanto a mi nombre y acabé con uno que, a día de hoy, no solo es algo de lo que me siento orgulloso hasta la médula, sino que también, debido a su ‘‘rareza’’ aquí, en Galicia, ha dado lugar a curiosas variantes... Artiz, Eric, Nariz, Asterix, Taxi, Arís, Tú, Ortiz...».

Y lo segundo, su profesión: Técnico en Desarrollo de Entornos Interactivos. Diseñador y Motiongrapher 2D y 3D. Ahí es nada. En todo caso, a decir de los expertos en cuestiones laborales, uno de los pocos ámbitos en los que el paro es inexistente.

Pero, ¿cómo se llega a esta profesión? En el caso de Aritz habría que remontarse a las postrimerías de su adolescencia. Así, «tras un accidentado último sprint en la ESO y un Bachillerato lamentable en notas, pero espectacular en experiencias después de haber repetido el segundo año, me encontraba más perdido que un pulpo en un garaje. Y, a decir verdad, no recuerdo con detalle cómo acabé estudiando en Vigo... No bromeo. Sé que acudí a otro centro de formación audiovisual y se me ‘‘rechazó amablemente’’, dado que no estaba a la altura puesto que provenía de un bachillerato artístico».

Es por ello que asume que su situación actual «es un conjunto de decisiones y traspiés a lo largo de mi paso por la educación obligatoria», de tal modo que, en un momento dado, «se me ofreció la posibilidad de estudiar Artes y eso, sumado a mi estado de confusión ultrahormonado adolescente, amor por los videojuegos, informática, el Lego, montarme mis películas y que tomarse un año sabático en España está visto como una blasfemia... pues acabé estudiando 3D». En cuanto a lo de estudiar, tira de retranca, pues, «si bien aprendimos realmente mucho de diversas materias y campos del audiovisual, en cuanto al 3D, nos pusimos las pilas los realmente interesados del grupo y nos fuimos enseñando mutuamente».

Aritz está convencido de que «el mundo de la creatividad digital se ha alimentado muchísimo de Internet, y muchas personas, entre las cuales me encuentro, han podido tener contacto con las herramientas y conocimientos gracias a esto. En realidad, hoy día, difícil es no encontrarse a alguien que no haya aprendido a hacer algo -aunque sea a un nivel principiante- vía YouTube». De hecho, mantiene muy vivo el recuerdo de su primer año de formación en un centro de FP, «hará ahora, seis años», en el que, junto con tres compañeros, «nos peleábamos con un software de origen soviético que no contaba con salvado de emergencia, sin traducir, tosco, feo... De todo, menos amigable, y una de las primeras versiones de la Kinect -programa que permite el reconocimiento de gestos-, solo para conseguir que el dichoso programa nos reconociese el rostro».

Posteriormente, y como trabajo final de curso, realizó con varios compañeros, entre los que se encontraba su amigo Víctor, en la realización de «un corto de animación entrañable, pero dolorosamente malo». Sorpresivamente, durante su estancia en la empresa donde iban a realizar las prácticas, se les pidió que rehicieran y mejorara este trabajo. Su respuesta fue: «No. Demasiado fácil. Hagamos un videojuego desde 0 sin haber tenido una clase decente en estos años y sin tener ni idea de como desarrollar un proyecto de este estilo».

Fueron dos meses de trabajo «codo con codo» en el estudio, en los que no faltaron las peleas «por quién tenía más razón sobre algo de lo que no teníamos idea alguna... Aún a día de hoy ignoro cómo este hombre sigue hablándome y no me ha puesto una orden de alejamiento...». Eso sí, finalizaron el juego, que «funciona así, así (...). Fue la prueba que nos confirmó que en este mundillo pocos te van a enseñar. Y quienes lo hagan, abrázalos con fuerza».

Y a la pregunta de cómo ve el futuro, este pontevedrés no puede evitar el caer, de nuevo, en la retranca -«con una máquina del tiempo»-, antes de reconocer que es algo imprevisible. A fin de cuentas, «grandes cabezas hemos dado a parar a gasolineras, imprentas, bares, tiendas de mueble...», si bien tiene claro que dibujará su futuro en función de «lo que me dicten mis tres altos cargos: mi cabeza, mi corazón y mis manos».

«He sabido de artistas visuales que se han dedicado en cuerpo y alma a la cocina y diseñadores que han hecho de un autobús un hotel móvil para viajar y surfear», apunta, antes de remarcar que «ver tu nombre durante dos segundos en una pantalla mientras aplauden, ver a una amiga recoger un reconocimiento a su pasión, vale la pena».

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