Prórroga para el puerto deportivo

Quince años más de concesión al Club Naval de Pontevedra deberían producir un mejor aprovechamiento del edificio social, pero también el necesario dragado del río Lérez


La prolongación por 15 años más de la concesión al Club Naval es una excelente noticia y el preámbulo deseable para una mejor explotación de las instalaciones náuticas de Beiramar. El puerto deportivo de Pontevedra, que contribuye desde 1996 a mejorar la fachada marítima de la ciudad, debería haber producido un mayor impacto económico y turístico en la capital de la provincia tanto para visitantes, como para los locales. Pero la experiencia de los últimos años contradice las evidentes potencialidades que presenta.

El de Pontevedra es un puerto deportivo con dos condiciones excepcionales: la seguridad en sus accesos por el canal de navegación del río y su condición de urbano, ya que está situado al pie del centro histórico de Pontevedra. El único pero que se le puede poner, el calado -solo dos metros en bajamar escorada, lo que limita el atraque de embarcaciones-. Pero tiene solución cuando se acometa el dragado pendiente en cuya reclamación no se ceja.

Ocurre, por tanto, con el puerto deportivo de Pontevedra que, salvo para socios y navegantes en tránsito, las instalaciones son desconocidas para la mayoría de los ciudadanos. De modo particular, el edificio social, estrenado en el 2005 y dotado con una espectacular primera planta y una impresionante terraza superior, que constituyen sendos miradores hacia la ría y hacia la ciudad, pero que se encuentran en un cruel desuso.

Lo que podría parecer nula permeabilidad, casi rayana en la invisibilidad de una entidad social privada es desmentida por el deseo de la directiva del Club Naval que ambiciona imprimir un giro radical aprovechando la prórroga hasta 2033 que Portos de Galicia otorga, conforme la noticia que esta semana les adelantó la edición local de La Voz de Galicia.

Tiempo para negociar

La prórroga otorgada por la Administración autonómica cuya tramitación está a punto de concluir, otorgará a la entidad que actualmente preside Carlos Paz, la necesaria seguridad jurídica. Se precisa para permitir al Club Naval acometer ese volantazo tan deseado tanto en la explotación de las instalaciones portuarias, particularmente, del edificio social, como para persistir en la demanda de que se acometa el necesario dragado del río para resolver los problemas de calado.

En cuanto a la mejora de la explotación, la directiva de Carlos Paz quiere volver a poner en valor la primera planta del inmueble que lleva años tristemente cerrada después de varios negocios de hostelería fallidos. El último intento se abortó por que uno de los socios se echó atrás y el local quedó con las placas del suelo y las paredes en ladrillo por que la reforma que se pretendía, se abortó súbitamente.

Es obvio que si la directiva del Club Naval quiere ofrecer ese punto de negocio deberá otorgar facilidades a quienes pretendan emprender por que será necesaria una fuerte inversión para vestir y equipar el local, tanto la sala y terrazas como cocina, almacén y baños, ya que todo quedó en obra.

Tanto por las condiciones del local como por su emplazamiento en la avenida de Uruguay, en plena «ruta del colesterol», resulta fácil aventurar que podría existir un nicho de negocio con una oferta atractiva, aunque solo fuera con los cientos de paseantes que a diario transitan por delante del puerto deportivo. Se da la circunstancia de que en ese tramo de Beiramar, desde el puente de A Barca hasta el de As Correntes, apenas existen cafeterías y dos de las que hubo, ya cerraron.

Toneladas de sedimentos

No deja de resultar curioso comprobar, cuando se revisa la historia del puerto deportivo de Pontevedra, que fue una crecida del río Lérez en 1987, el desencadenante del último empujón al proyecto constructivo al que aspiraban los aficionados náuticos de la capital.

La «enchenta» propiciada por el paso de una profunda borrasca provocó el arrastre de troncos que dañaron numerosas embarcaciones fondeadas en el río. El suceso avivó la demanda de un puerto deportivo que venía capitaneando el Club Naval, cada vez más urgido por la excepcional pujanza de la sección de piragüismo. Las obras del puerto comenzaron en 1994. Se inauguró en 1996, con tres líneas de pantalanes que acogen 140 puntos de amarre en costado, casi totalmente ocupados por socios del Club Naval que suman 240. Las características de la barra del Lérez que está formada por un gran banco de arena y fango que queda casi en seco en las bajamares vivas es lo que limita el acceso a los pantalanes por razones de calado. Del mismo modo que los arcos del Puente de A Barca también impiden el paso de veleros con más de doce metros de altura.

Casi todas estas limitaciones tendrán arreglo cuando se acometa el proyecto de dragado que está muy ultimado, presupuestado en tres millones, para mover aproximadamente cerca de 330.000 metros cúbicos de sedimentos que serían trasladados a la zona de Campelo y al oeste de Tambo. Pero la ejecución sigue atascada por los miedos de Portos de Galicia, que pretende una unanimidad utópica. Con el consenso adquirido ya entre Club Naval, Concello de Pontevedra y cofradías de pescadores del fondo de la ría, lo que persigue la Xunta de Galicia es una comunión de intereses imposible, por que deberá priorizar entre intereses particulares e interés general.

Solo la voluntad política podrá desatascar este asunto.

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