«Perdonad que no espere por el premio, pero tengo que ir a casarme»

Dani Pampín ganó el concurso nacional de panaderos en Cazorla. Pero se fue del certamen sin saberlo porque... su boda le esperaba


pontevedra / la voz

Dani Pampín y Nati Cancela, de la panadería A Santiña de Pontevedra, confesaban en este periódico hace unos meses que les unían dos cosas: un amor más bonito que un campo de flores y el gusto por el pan bien hecho. Así de claro lo tenían. Y esas dos cosas han marcado el inicio de su matrimonio. ¡Y de qué manera! La boda se celebró el sábado con una ceremonia entrañable. Pero la miga del asunto, nunca mejor dicho, estuvo tanto en la jornada nupcial como en los días previos a cuenta de la pasión desbordante de Dani por la panadería, esa misma de la que viven sus padres y que también le transmitió su abuelo, José Pampín.

Todo empezó con una llamada al teléfono de Dani. «Me avisaron de que me eligieron finalista del Certamen Nacional de Panaderos Artesanos de Cazorla, en la categoría de panaderos tradicionales. Habían elegido a cinco de toda España y me invitaban a participar en él del 7 al 10 de junio. Tal y como soy yo, que me emociono rápidamente, le dije a Nati [aquel día su novia y ahora su mujer]: ‘nos vamos a Cazorla del 7 al 10’». Es Nati la que sigue contando la historia: «Yo le contesté: ‘¿Dani recuerdas que el 9 nos casamos?’». Dani, efectivamente, recordó la boda y pensó en no ir. Pero, oh sorpresa, Nati le convenció de que podía ser casi, casi omnipresente y que debía viajar allí.

Y se fue a Cazorla, en Jaén: 960 kilómetros de coche. Estuvo en el certamen, creyó que era el menos indicado para ganarlo -«estaban unos panaderos que trabajan maravillosamente», dice- y se enteró de que el miembro del jurado que había apostado por él como finalista es un profesor de la Escuela de Hostelería de Barcelona que, de paso por Galicia, probó el pan de A Santiña.

El caso es que el certamen seguía su curso, todo iba de maravilla, pero el reloj nupcial de Dani corría a toda prisa. Faltaban horas para la boda y la cosa seguía en semifinal. Así que, sin saber si ganaría o no, el panadero pontevedrés se marcó el clásico gallego marcho que teño que marchar. «Perdonad que no espere por el premio, pero tengo que ir a casarme», les dijo con sonrisa a los de Cazorla. Al volante se vino a Pontevedra, donde Nati, todo voluntad y paciencia -dicho sea de paso- consiguió todavía algo más complejo que el periplo a contrarreloj de Dani. Lo contaba ayer ella misma, desde la luna de miel portuguesa de la que están disfrutando como antesala de un viaje a Nueva York en septiembre: «Tuve que cambiar la hora de la boda, pasarla de la mañana a la tarde, porque si no Dani no iba a poder descansar casi. Y además mis suegros, que al final hicieron el pan para la boda y tenían muchísimo trabajo, también iban a andar muy justos».

Repartiendo con traje y corbata

Dani toma de nuevo la palabra, se ríe y apostilla: «Fíjate si en nuestra panadería hubo trabajo que mi padre acabó yendo a llevar el pan a uno de nuestros principales clientes, un restaurante, ya con el traje de la boda puesto. Salieron los camareros en tromba a recogerlo para que no se manchase, fue buenísimo», indica el recién casado entre risas.

Sea como fuere, a las cinco en punto allí estaba todo el mundo preparado para la gran cita. Y Dani y Nati, que ya eran felices y comían perdices antes de casarse, lo fueron mucho más, rodeados de toda su familia y amigos. En la boda, como no podía ser de otra manera, todo recordaba a esa pasión por la panadería que les une -Dani nació en la panadería A Santiña y Nati ya lleva tiempo vinculada a este negocio como repostera-. La mesa nupcial se llamaba masa madre y los invitados se repartían entre las mesas vainilla, canela, azúcar, harina... y demás ingredientes de panes y derivados.

Terminó la boda, acabó la fiesta y llegó la pertinente resaca dominical. En medio de ella estaba Dani cuando le llegaron noticias de Cazorla. ¡Había ganado el certamen... le habían elegido mejor panadero artesano en la categoría tradicional! Pampín no se le podía creer. La boda con Nati, además de con alegría, había llegado con un pan bajo el brazo.

La noticia de que se había impuesto en el certamen la conoció ya con la resaca de la boda

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