La maleta que ayuda a Mara a cumplir sueños

Esa bolsa fue decisiva tanto cuando cambió Argentina por España como cuando decidió vivir de la fotografía


pontevedra / la voz

Mara Estevez abrió un día un estudio de fotografía en Santa Clara (Pontevedra). Es una tienda especializada en retrato infantil. Puede que ese negocio le vaya bien o mal -de momento, está encantada-. Pero ella no espera a los resultados para valorar la decisión de ser autónoma. En su caso, los medios justifican el fin. Porque abrió las puertas de su tienda para encontrarse a sí misma, para topar su bienestar y para sentirse realizada. Y recibe con una sonrisa de oreja a oreja, con el estudio preparado para la llegada de una mamá y un bebé y toda la ilusión del mundo por sacarle una sonrisa a una preciosidad llamada Oliver que viene a que Mara retrate su primer año de vida. Es decir, vaya o no vaya bien, echarse a la piscina y abrir un negocio ya le ha merecido la pena. Se le pregunta cómo empezó todo y Mara se ríe... De repente, dice: «Pues con una maleta». Y tiene razón en hablar así.

Empecemos por el pasado. Mara es una argentina hija de un gallego y una polaca que se crio en Buenos Aires. Como allí se estila, se sacó las castañas del fuego por sí misma para estudiar Relaciones Laborales. Concretamente, trabajó como administrativa en el banco Santander bonaerense. A los veinte años se quiso venir a España. No buscaba salir de ninguna crisis ni mucho menos. Confiesa que algún motivo había, quizás un disgusto con un noviete de la época, poca cosa. O mucha, según se mire. El caso es que, con una maleta bajo el brazo, se vino a Pontevedra porque tenía aquí familiares.

Y empezó a trabajar duro. Fue operaria del supermercado Moldes, luego se convirtió en comercial de Pepsi y, cuando pintaron bastos y un ERE se asomó a su vida, decidió que era su momento. Tal cual. Pensó que lo que realmente le gustaba, que con lo que disfrutaba de lo lindo, era fotografiando. Concretamente, le gustaba y le gusta fotografiar a un pequeño llamado Luca que no es otro que su hijo. «Empecé sacándole fotos a él, como todas las mamás... y ya no pude parar», dice. Con las ideas muy claras sobre qué le gustaba, no se le ocurrió ponerse a trabajar de buenas a primeras. Hizo cursos de foto, se formó y, sobre todo, viajó al País Vasco para aprender al lado de Le Photograp, unos artistas enormes en cuanto a fotografía de bebés -«si me parezco un 5 % a ellos ya me conformo», dice una risueña Mara-. Otra vez, una maleta de por medio, en esta vez para descubrir su auténtica pasión. Vino de allí convencida de lo que quería hacer. Y lo puso en marcha.

Primero, a domicilio

¿Cómo empezó a ser fotógrafa por su cuenta? Seguro que saben la respuesta: con una maleta. Sí. Mara metió en ella todo tipo de artilugios, decorado, alfombras o lo que le hiciese falta y, a domicilio, iba a sacar fotografías de recién nacidos o niños más mayorcitos. Vio que era lo suyo. Dice que esa espontaneidad que le regalan los niños es una de las dádivas que más le gustan de la vida. Así que siguió por ese camino. Antes de dar algún paso, siempre tomaba y toma como referencia a Luca. «Él es mi gran modelo y de momento está encantado. Lo pruebo todo con él y ahora que ya no es bebé ni mucho menos, que ya está haciéndose mayor pruebo sobre todo las cosas que hago en la naturaleza, porque el aire libre da mucho juego», cuenta Mara señalando orgullosa hacia una foto de Luca que hay colgada en su estudio, en la que el pequeño posa con cara sonriente y sombrero.

Fueron muchas las idas y venidas con la maleta cargada de atrezo para fotografiar bebés y niños, para convertir esas poses de recién nacido en auténticas obras de arte. El caso es que un día Mara volvió a sentir que era su momento. Y que tenía que ir más allá de la maleta. Fue su compañero de vida quien le animó a dar el paso: «Él me dijo que adelante, y me lancé a la piscina», cuenta con una pequeña carcajada.

Así fue como nació un estudio donde nada está puesto al azar, un lugar que desprende tanta tranquilidad y sensibilidad como un cuarto de bebé. Nada mejor que ver a Mara en acción para darse cuenta de que, más allá de lograr resultados increíbles con la cámara, tiene un don innato para hacer sonreír a los niños. Con Oliver, al que le tiene preparada una tarta con una velita y un decorado con globos, no le cuesta ni dos segundos entablar confianza. A la primera, ella lo mira y él refugia su carita en las piernas de Carlota, su mamá. A la segunda, no esquiva la mirada de Mara pero tampoco sonríe. Y al tercer intento el pequeño le lanza una sonrisa pícara de oreja a oreja. Mara se prepara entonces para empezar a trabajar. Se la ve confiada, feliz. No es para menos. Lo dijo ella: es su momento.

Vino desde Argentina a los veinte años y fue trabajadora de un súper y comercial

Su primer modelo, con el que lo prueba todo ante

la cámara, es

su hijo Luca

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