Siete países, siete años, un jugador

El defensa granate ha pasado por trece equipos en la última década, un viaje futbolístico sin frenos


Su casi metro noventa de estatura impone a simple vista. Peina los 34. Darío Flores es militante desde enero del Pontevedra, y uno de los pocos jugadores con contrato firmado para la próxima campaña, luce en plena forma, vital, pero sobre todo, alegre. Evitado el ascenso, la pasada noche voló hacia Uruguay, su país de origen, para tomarse un descanso y poder estar con los suyos. En los últimos siete años, ha lucido la camiseta de trece equipos y jugado en siete países. Por fin, repite dos temporadas seguidas con la misma.

Reconoce que le dolió perderse la recta final del temporada, aunque trató de aportas la veteranía y la experiencia a sus compañeros de equipo que los años le han otorgado. Fue una pregunta habitual en las ruedas de prensa desde su lesión, incluso la primera de la última: «¿estará disponible Darío?». Su visión de juego era requerida, aunque al final el cuento tuviera un final feliz, sin él sobre el césped.

Uruguay, Rumanía, Chile, Italia, Argentina, Venezuela y España. Ha pisado campos en cada país. La primera vez que salió del suyo, el rumano CFR Cluj tuvo que poner sobre la mesa, hace una década, 600 mil euros. «Era un juvenil con proyección, tuve mis pasajes por las selecciones nacionales e intentaba crecer. Siempre trabajé para conseguir mis objetivos. Aquel año ese equipo me siguió, quiso comprar el pase y eso es lo que valía... Uno debe recordar lo que era para seguir trabajando y tener un buen presente».

El uruguayo habla milimétricamente. Ve luces y sombras en el viaje futbolístico de su vida. Demasiados cambios, demasiados viajes, poca estabilidad en un mismo sitio, en un mismo lugar.

«Se aprende mucho, eso sí. El fútbol no es solamente uno. Tiene cosas que lo hacen diferente. Cada país tiene su idiosincrasia y esto influye sobre el fútbol». Habla de sentimiento por el deporte, también. De colores y de maneras de vivir.

A Uruguay y Rumanía, su primer destino al otro lado del charco, los separan 12.000 kilómetros. «Fue un sitio especial. Me fui con veinticinco años hacia allí. Me encontré un mundo lindo pero jodido. Son gente brava, con un mundo cerrado. Es un país con un carácter especial. Lo disfruté. Casi juego la Europa League. Cosas lindas que uno vive».

También las aficiones tienen un hueco en la conversación, aunque Darío no cree que haya una diferencia demasiado grande en las latinoamericanas y la española que vive actualmente. Su impresión tras estos meses es la de un aficionado local que ama el fútbol, que disfruta del juego, que lo entiende. «Hay gente que obviamente lo entiende mejor o peor, pero el español es muy futbolero. Es algo muy bueno».

Echa de menos a sus dos hijas, el hándicap más grande con el que convive su experiencia profesional. Logró adaptarse, aunque recuerda haber sufrido. Identifica la palabra morriña a la perfección, la reconoce casi como propia. «Tenemos mucho de los gallegos, la tierra de un uruguayo es sagrada, y siempre queremos volver. Se extraña, si bien hay cosas del país que complican la vida allí».

Acabado el cortado pedido, habla sobre su futuro. Se siente bien, aunque lo tiene claro: nada de planes a medio o largo plazo. Ahora piensa de año en año. El cien por cien físico ha mutado en un conocimiento del juego pleno, «de la cancha» que tan bien conoció a lo largo de su vida. Un joven de Uruguay que no ha dejado de volar, y que conoce «la cancha» de esquina a esquina.

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