El idioma que Pacita inventó para salir adelante

En la emigración o en su bar de Pontevedra, sale de apuros con expresiones enxebres y dignas de antología


pontevedra / la voz

Dice Pacita Silva Bugallo que ella es feliz con una taza de leche. O con un currusco de pan. «Dígocho de verdade, hai xente que non é feliz con nada e eu son feliz con todo. A min calquera cousa me vale, unha taciña de leite xa me fai feliz, non preciso nada máis», cuenta esta mujer con una sonrisa en la boca. Y debe ser cierto lo que dice. Porque habla de tiempos difíciles, de cuando se marchó a la emigración a Suiza dejando atrás un bebé de siete meses, y logra sacar la parte positiva. «Menos mal que tiñamos con quen deixar a meniña para ir gañar a vida», cuenta. La conversación tiene lugar en un sitio especial para ella: el bar Berna de Pontevedra. Ahí, tras volver de la emigración, dio el callo durante cuarenta años. Y ahí se hizo famosa por su bondad, su carisma y su... lenguaje. ¿Cómo habla? Pacita, tan luchadora como risueña, se ha inventado un idioma propio. Bueno, en realidad, utiliza expresiones que de pequeña escuchaba en la aldea. Pero les ha añadido la gracia que ella lleva dentro. Ese lenguaje es todo un escudo de defensa. Con él le tira de las orejas a los clientes que no se cuidan, vacila a aquellos que pierden al dominó o critica a los que están toda la mañana en la barra. «Eu non rifo con ninguén, pero collo e aos que vexo nugalláns chámolles paus xeiteiros, que son paus moi altos que non serven para nada. Ou dígolles bicho dos potes... e entenden, vaia se entenden. Quedan coa boca aberta», explica con desparpajo.

Vayamos al inicio. Pacita es natural de A Lamosa, en Campo Lameiro. Creció en una familia de cinco hermanos en la que los varones pudieron ir un poco más a la escuela mientras que a ella y sus hermanas les tocó encargarse de la casa «e do traballo das veigas». Pacita, que desde pequeña tuvo problemas de corazón, recuerda que venía a Pontevedra y se le caían los ojos «ao ver a xente toda arregladiña, ben vestida». Dice que nunca le gustó trabajar la tierra. Y que tuvo claro que, cuando pudiese, buscaría porvenir en otro lado. Se casó y, ya con su marido, a los 21 años se marchó a Suiza, a la emigración. Dice que no había noche en Berna que no llorase, pero se alegra de haberse ido: «Tiñamos que facelo, non había outra alternativa. E ademais alí descubrimos un mundo novo, e iso que iamos da casa ao traballo». Ya entonces demostró una habilidad especial con el lenguaje: «Non falaba nin italiano nin alemán pero eu entendíame que daba gusto, ata por escrito». Trabajó primero en un matadero y luego, nueve años seguidos, en una fábrica en la que hacían piezas para electrodomésticos o aparatos electrónicos. «Ás veces cando se abre a televisión ou calquera outro aparato vexo as pezas e penso, iso facíao eu en Suíza».

A los diez años de estar en Suiza, ya con dos hijos, ella y su marido decidieron regresar. Volvieron a Pontevedra y montaron un bar, el Berna. Y ahí se pasó Pacita 40 años al pie del cañón. Dice ella que enseguida se dio cuenta de que cada cliente es un mundo y que la clave es hablarle a cada uno en su idioma. Pero también se percató de que hay un lenguaje que a todos les encanta: «Morren coa risa porque eu saco as expresións que me dicía miña avoa, sobre todo cando é para meterme con eles. Eu chámolles pelandrós, lacueiros, larambáns ou ourizos cacho... todo de broma, claro. E a verdade é que acabo gañando eu, porque non teñen resposta», cuenta. Tantas son sus expresiones irreverentes que los clientes le pidieron que las anotase. Y las anotó. Primero en una libreta y ahora en notas sueltas, por si un día empieza a fallarle la memoria.

Las partidas nocturnas

Hace cuatro años Pacita colgó los hábitos de tabernera. El bar Berna lo lleva ahora su hija. Pero ella sigue acudiendo día a día. «

Esta é a miña casiña, aquí pasei máis de media vida metida, non me podo marchar así como así. Eu sempre digo que se un día pechamos a porta e non hai outro negocio fago unha habitación e quedo a durmir aquí»

. Ella y una nieta se ocupan del cierre todas las noches. Del cierre, y de la timba de dominó. Sí. Porque desde que es pensionista se hizo jugadora de dominó. Dice que entre su habilidad con las fichas y su lenguaje particular no hay quien le tosa en cada partida. «

Doulles unhas tundas...»

, cuenta.

Más allá de sus partidas, es mujer casera. Cose, calceta y es feliz con la taza de leche o el cachito de pan. Dice que nunca se enfada. «¿E para que, se a vida é curta?», se pregunta. Toma medicación para los problemas cardíacos. Parece una paradoja. Porque de buen corazón va sobrada.

Estuvo una década en Suiza, donde trabajó haciendo piezas para aparatos electrónicos

De regreso a Galicia, montó el bar Berna, donde se pasó 40 años detrás de la barra

A sus clientes no los vacila con insultos típicos. Les llama lacueiros o larambáns

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