«Me tiré a la piscina, pero sin agua»


pontevedra / la voz

Volar del nido cuesta. Es difícil batir las alas en la tormenta de la crisis, aunque esté pasando, al menos en cuanto a grandes cifras se refiere. Pero las grandes cifras también revelan que los jóvenes pontevedreses se emancipan cada vez en menor número. Y eso que en el saco de quienes se van de casa se incluye por parte del Gobierno, a la hora de hacer los cálculos, a un amplio abanico de edad. Se consideran jóvenes emancipados a aquellos que se van de casa entre los 18 y los 35 años. Los últimos de la estadística casi doblan en edad a los primeros, con una experiencia en la que la vida ya debería estar encauzada. Pero la crisis es tozuda y cada vez los jóvenes pontevedreses se van más tarde de casa y, por tanto, cada año lo hacen en menor número.

Si hace cinco años abandonaban cada año el hogar familiar para emprender una aventura vital propia 66.251 jóvenes en la mencionada franja de edad, ahora lo hacen apenas 48.000. La caída es de casi el 30 %. Y se ha invertido una tendencia. Antes, quienes se iban de casa lo hacían mayoritariamente a una vivienda en propiedad, algo que explicaría también la tardanza en irse. Los jóvenes pontevedreses parecían querer irse con todo atado y bien encauzado. Pero eso también ha cambiado. De los 36.236 que lo hacían siguiendo ese patrón, el de dejar la casa materna por una en propiedad, en el 2012, cuatro años después eran solo 19.527. La tendencia se ha invertido.

Miguel Salgado, Miki, para quienes le conocen al otro lado del pub que montó en Pontevedra, el Bar a Kaldo, es un caso atípico de joven emancipado en las estadísticas que le dan esa categoría a quienes se van de casa antes de los 35 años. Él se fue a los 19 años. Emigró a Lanzarote y allí se puso a vivir por su cuenta. Volvió y trabajó otros cuatro años en un concesionario de motos. Pero se vio en el paro y se tiró a la piscina, «pero sin agua», como dice él. «Cuando monté el bar yo ya había cobrado el paro en otras ocasiones, pero esta vez fui al Inem a interesarme por la modalidad de cobrarlo todo de golpe para montar un negocio».

Y lo hizo, aunque el sistema, como dice, «es un poco trampa. Te piden que te tires a la piscina, pero sin agua», recuerda. Porque el dinero lo tuvo que adelantar él y luego justificarlo. «Cuando cobré ya llevaba con el local abierto uno o dos meses. Luego te piden un proyecto de viabilidad». Salió bien. Y aunque natural de Baiona, algo lanzaroteño y con experiencia de trabajo en Vigo, ahora es totalmente pontevedrés. «Vine por mi exnovia, pero acabé montando el bar, un grupo de música y tengo mis amigos aquí», cuenta desde el sofá de su piso, ahora, con 28 años. En él, puntea su guitarra para sacarle los sonidos con los que Los Puta Mierda, su grupo, sale al escenario. Disfruta de una vida entre las cuatro paredes que son su hogar. El que él ha construido con su esfuerzo. Ese que cada vez menos jóvenes pontevedreses se atreven o pueden formar al margen de la seguridad que le dan el techo de sus familias.

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