Rafael Córdoba, el hombre del altavoz que tapa el dolor con risas

Puro nervio, se quedó viudo con tres hijas menores y lo afrontó como afronta todo: con envidiable humor

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pontevedra / la voz

Cuando uno tiene un padre que vivió los años de la posguerra en una familia muy humilde y que, en vez de recrearse en la angustia del hambre y los piojos, hace chistes de todo aquello y se lo transmite con humor a sus hijos, es casi normal llevar la sonrisa en el ADN. Pues eso le ocurre a Rafael Córdoba, Rafa. Se ríe al recordar a su padre contando en clave humorística que, de niño, se pasaba los días esperando en la calle a que llegase la algarroba para los caballos y así ir a agujerear algún saco y tener que comer. Dice que la anécdota define un poco el ambiente de su casa natal de A Parda, donde siempre se le echó humor a la cosa. El caso es que Rafa no solo siguió los pasos de su padre, sino que mejoró la versión. Porque Rafa es el humor hecho hombre. Lo sabe toda Pontevedra. Al menos la Pontevedra que va a Pasarón y le escucha, domingo tras domingo altavoz en mano y ataviado de mil y una maneras, saca de su inventario chistes variopintos para animar el cotarro. Lo que quizás muchos no sepan es que, como él dice, a veces su risa es simplemente la mejor forma que tiene de llorar. Razones no le han faltado para ello.

Rafa estudió Magisterio y sacó las oposiciones con 22 años. Su periplo por los colegios para lograr plaza en Pontevedra, de donde es natural, no fue demasiado largo. Estuvo en A Lama y Fornelos y luego recaló ya en el Xunqueira II, donde se quedó un buen número de años. Antes de hacerse maestro ya había encontrado al amor de su vida, Mariví, con quien estuvo de novio casi una década. «Casámonos tarde, eu tiña xa 27 anos. Para aquel entonces xa era tarde...», indica. El caso es que, tras la boda, llegó la que, tal y como cuenta, fue la mejor época de su existencia. No en vano, en su día a día y en el de Mariví se fueron colando tres personas pequeñas en tamaño pero enormes en cuanto al lugar que ocuparon en sus vidas: sus tres hijas. Iba todo bien. Las niñas, creciendo. Ellos, trabajando. Los abuelos, felices y ayudando. Los amigos, dispuestos a acompañarlos en los momentos divertidos. Todo bien. Hasta que un día -recuerda el momento con precisión de cirujano- se cruzó con su mujer en un paso de peatones. Y todo cambió para siempre: «Ela viña dunha revisión médica de rutina, e dixéranlle que algo ía mal, que pode que tivera cancro... Así foi como empezou a cousa», dice.

 

A partir de ahí, nunca recibieron buenas noticias sobre la salud de Mariví. Pero eso solo lo sabían él y ella. «Ela era tremenda, podía estar fatal, como realmente estaba, e seguir levantándose para ver ás nenas antes de ir á escola. E tomábanos todo con humor. Antes de que a ela lle caera o pelo, eu rapeime igual que ía estar ela. Cando empezou a andar en cadeira de rodas, chamabámoslle Fernando Alonso», cuenta.

Juntos y sin dejar de recordarla

Sentado en la biblioteca del colegio de Barcelos, donde ahora da clases, Rafa recuerda los cuatro años de enfermedad de Mariví y llora y ríe a la vez. Dice que fue duro escuchar a su hija pequeña -entonces tenía siete años y las dos mayores 11 y 14- decirle que la engañaba, que siempre le prometía que mamá vendría del hospital y que ella no regresaba. Y que es maravilloso haber logrado digerir su muerte juntos, unidos, con humor y sin dejar de recordarla. Ha pasado casi una década desde entonces y, según explica, son capaces de sacarle la gracia a casi todo: «A veces rímonos lembrando cando xa non estaba ben e dicía cousas que non tiñan sentido e incluso nos tomamos a broma cando, xa falecida, nos chamaron do hospital dicíndonos que tiña que ir a unha revisión. Foi a nosa forma de superalo, de saír adiante».

El humor y, cómo no, las agallas. Porque detrás del hombre del altavoz hay mucho padre trabajador. Habla sin darle casi importancia a las sesiones de plancha a las cuatro y cinco de la madrugada «porque a outra hora non había tempo», de cómo intentaba hacer comidas ricas para hacer felices a sus tres muchachas, del orgullo que siente ahora al ver que las pequeñas estudian y la mayor está haciendo prácticas en el mismo colegio donde él trabaja. Y cuenta también que el altavoz, ese al que vive pegado, ha sido su válvula de escape. Cuenta casi en secreto que, en realidad, a él no le gusta el fútbol. Pero le hace feliz disfrazarse, ir a Pasarón y gritar cuanto se le ocurre: «Alí hai vida, hai diversión e hai festa», dice. También le apasiona la enseñanza. Es feliz a pie de colegio: «Os nenos son a cousa máis agradecida do mundo», dice justo cuando suena el timbre del recreo y un rapaz se acerca a preguntarle al profe Rafa si el domingo se ven en Pasarón. «Claro que sí, campeón», le responde el maestro chocándole las cinco. Por supuesto que estará ahí, riéndose. Porque como él insiste, «para chorar ha de sobrarnos a todos o tempo».

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