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Tiene las manías clasificadas por colores, días y lugares. No es fácil apreciarlas, pero si se fijan un poco se darán cuenta de que el entrenador más carismático de toda la Segunda B, Luis Míguez, Luisito, cumple cada día infinidad de pequeños rituales para que la mala suerte no se cebe con él o, lo que es peor, con su equipo. El Pontevedra CF le debe tanto a la superstición como a la táctica del teense más querido del fútbol gallego.

No se toca

El pelo. Algunas de sus manías son ya conocidas, como el hecho de que no soporta que le toquen el pelo -no, su mujer tampoco- o que odia el amarillo, que ha tenido que ser suprimido de los petos que lucen en los entrenamientos los jugadores. Pueden ser blancos, naranjas, verdes, azules o de cualquier otra tonalidad, pero nunca amarillo. Si es el árbitro el que lleva una camiseta del color de la mala suerte a Luisito ya le estropea el encuentro. Se lo permite a sus jugadores, que pueden llevar las botas del color con el que más cómodo se sientan, pero gracia no le hace.

La plancha. Por tocar, tampoco permite que nadie que no sea él tenga contacto con la ropa que se va a poner el día de partido. Solo puede plancharla él -cosa que tampoco es raro en su casa, donde se reparten las tareas domésticas- y, si juegan fuera, también. Y si el hotel en el que se alojan careciera de plancha por un casual, no hay problema. Se lleva él una viaje de casa y punto.

La ropa

La de la victoria. Fíjense en el próximo partido que juegue en Pasarón porque, si resulta que gana, dos jornadas después, en el siguiente encuentro en casa, volverá a llevar alguna de las prendas de la victoria. Puede ser la camisa, el pantalón, el jersey, la chaqueta o cualquier otra, pero siempre repite alguna. Se trata, eso sí, de una deferencia con el estadio propio, porque lo que es fuera, puede ir en chándal si hace falta. No le gusta mucho, pero todo por la comodidad.

Los calzoncillos. Para ser justos, no es cierto que no preste atención a su vestimenta cuando juega a domicilio. Puede que ni nadie más lo vea, pero el entrenador con más sorna y devotos de Galicia va siempre protegido por sus pequeñas costumbres. O manías. O supersticiones. O ropa interior. Llámenlas como quieran. Los calzoncillos de casa son siempre del mismo color. Los de fuera también, pero de otro, claro. E intentar sonsacarle cuáles son, por cierto, es una pérdida de tiempo.

Los colores

De amarillo, solo una cosa. Puede que tampoco confiese que en los partidos lleva siempre encima una foto de sus dos hijos, Borja (actual jugador del Estradense) y Naira. Ni dónde. Imagine lo que quiera porque Luisito no va a dar una respuesta. Tampoco sobre el lugar en el que lleva el único objeto amarillo al que tiene respeto, casi más por tristeza que por cariño. Si es una pulsera amarilla contra el cáncer (de Lance Armstrong) la que le ayuda a sentirse permanentemente arropado por su hermano Manuel, fallecido a causa de esta enfermedad en el 2001, compensa el color. Todos los miedos, las fobias y las pasiones tienen su refugio, y esta de Luisito es la mejor excepción a todas las reglas. 

El día del partido

En el vestuario. A Edu, el portero del primer equipo y encargado de la cafetera del vestuario, no se le ocurriría servir a nadie que no sea a Luisito el segundo café que salga del aparato. La primera, tercera, cuarta y de ahí en adelante puede ser para cualquier persona, pero la segunda, y solo la segunda, para el míster. Además, la puerta debe estar cerrada cuando ellos están dentro.

En el campo

La entrada. Si se preguntan si alguna de estas manías tiene explicación, no esperen más. No la tienen. Aunque algunas puedan parecer más comunes, como entrar en el campo con le pie derecho o ser el primero en salir al terreno de juego, antes que sus jugadores y jamás el último. Además, nunca observa el calentamiento de los rivales.

Botella, pizarra y cartera. Lo hace, además, recién afeitado y provisto de una pizarra, una cartera y una botella de agua. Puede beber más o menos, pero la tendrá a mano, igual que la pizarra, que porta Pepe Rico. La cartera, con cremallera, tiene más historia: lleva con él desde su primer día como entrenador, y va a seguir con ella hasta que uno de los dos se retire.

El último, con «mamá». Y, cuando todos los futbolistas se van, él se queda solo. Son un par de minutos. Los suficientes para salir al campo y ver dónde se sientan sus seres más queridos. Mamá -quien lo haya oído hablar sabe que es la única religión que él profesa- no va. Aunque está fuerte y no la aqueja ninguna enfermedad grave, los años y la carrera de fondo que ha sido su vida -sacó adelante a diez hijos y conserva un carácter de hierro- la han dejado cansada. Por eso Luisito va visitarla a ella a casa siempre que juega en Pasarón. Es una de esas leyes inquebrantables que resultan fáciles de entender.

fuera del campo

Bares y emisoras. Tanto como su manía de no entrar en determinados bares ni escuchar la radio y, en todo caso, nunca jamás una emisora concreta -que nunca desvela- los días de partido. Lo de evitar pisar ciertos locales tiene una explicación: no quiere que nadie le estropee el día. Por eso se resiste a ver a gente que no le cae bien y hasta se permite el lujo de no saludarla. Pero solo esos días. Aunque su sinceridad es su mejor virtud y también la que le pierde, la educación prima.

costumbres

Presumido. Igual que su costumbre de rezar o su afición por la ropa o la manía de tener la puerta del vestuario siempre cerrada los días de encuentro mientras están dentro. O puede que no sean supersticiones. Puede que simplemente sea presumido y tenga fe en algo. Como cualquiera. Es divino, pero no santo.

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Luisito en veintitrés supersticiones