Los edificios se «lavan la cara» pero suspenden en accesibilidad

El 60 % de las obras en marcha en inmuebles son en fachadas y el resto, en cubiertas


pontevedra / la voz

No hace falta más que dar una vuelta por Pontevedra y su comarca para darse cuenta. Hay quien lo achaca al tramo final de la crisis y la llegada de tiempos económicos mejores, y hay quien lo relaciona a otros factores, pero lo cierto es que las grúas hace meses que invaden parte de las aceras de la ciudad. Las fachadas, coinciden las administraciones de fincas consultadas, son las que se llevan la mejor, y mayor, parte, con un sesenta por ciento, aproximadamente, de las obras que se llevan a cabo hoy en día en los edificios de viviendas. Y las cubiertas, siguen concordando todas, las segundas, con el cuarenta por ciento, más o menos, restante. Entre medias, otros trabajos de diferente índole.

Y entre estos últimos se encuentran, precisamente, las obras de accesibilidad; es decir, la instalación de rampas en portales o, como mucho, ascensores. Porque las comunidades de propietarios, en general y sin ánimo de ofender, no son solidarias por regla general. Lo aseguran los responsables de su gestión, que aseguran encontrarse diariamente con vecinos mayores o con problemas de movilidad que, en muchos casos, tienen que recurrir casi a la amenaza de juzgado para que el resto de propietarios acceda a realizar una inversión de unas características -y cuantía- concretas y elevadas.

Los edificios más antiguos, que suelen ser además, los que más requieren de esta reforma, cuentan también normalmente con menor número de vecinos, por lo que la derrama extraordinaria se incrementa todavía más.

Un buen administrador

«Ahí es donde entra en juego la habilidad del administrador -matiza Santiago Mariño, de Serga-. Tiene que intentar explicar y convencer a la comunidad de que lo que hoy es necesario para uno de ellos mañana podrá serlo para el resto», y cita el ejemplo de un hombre de 80 años que tuvo que pelear con la junta de propietarios para que pusieran un ascensor en un edificio de medio centenar de viviendas. Le miraban mal. Y no solo a él. Es una situación demasiado frecuente cada vez que una persona de avanzada edad reclama un medio de acceder a su piso.

Aún así, al tratarse el envejecimiento de la población de una cuestión biológica de difícil solución, y al estar además refrendado por ley, las comunidades son más sensibles a estas reivindicaciones. El problema real surge cuando la discapacidad va más allá de instalar un ascensor, explican desde CMC Gestión. Las personas con otro tipo de problemas, como los visuales o los auditivos, o incluso aquellas que yendo en silla de ruedas no llegan a los botones de los ascensores, lo tienen mucho más difícil. Es, sin duda, la asignatura pendiente de los pontevedreses.

Una cosa es convencerlos de que la legislación está de parte de los discapacitados físicos, y otra que en lugar de una rampa es más conveniente instalar un ascensor a cota cero (es decir, a la altura de la calle en lugar de tener que subir unos peldaños para acceder a él). O de las incomodidades que tiene que superar un invidente para acertar si los botones del elevador no están en braille y carecen de altavoz.

Es la misma conclusión a la que han llegado con el paso de los años los profesionales de Gestivedra. «Habría que tomar la accesibilidad más en serio- apunta Salvador Casalderrey-, pero mientras les queda lejos, algunos creen que no va con ellos».

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