Fernando y su segunda vida coloreando pies

Fue directivo en grandes empresas y le dio un giro a su existencia; ahora se inventa zapatos de colorines


pontevedra / la voz

A Fernando Tallón, salvando las distancias, le ha pasado lo mismo que a Cenicienta: algo tan simple como un zapato le ha cambiado la vida. No vayan a creerse que, como a la muchacha del cuento, le apareció un príncipe dispuesto a comprobar si le servía un zapatito de cristal para casarse con él. Nada de eso. Lo que le ocurrió fue que un día, tras quedarse sin trabajo en medio de la crisis, se dio cuenta de que él le gustaban mucho dos cosas a las que nunca se había dedicado: tocar la gaita y diseñar. Pensó que de lo primero, con los buenos gaiteiros que ya parió Galicia, lo iba a tener difícil para ganarse el pan. Así que se lanzó con lo segundo. ¿Qué quería diseñar? Zapatos: zapatos de colorines, zapatos de caballero «con alma de mujer», muchos zapatos... Y en ello anda. Y anda en Pontevedra.

Vayamos al germen de toda su historia. Porque, en realidad, la vida como diseñador de Fernando es su segunda forma de encarar el mundo. En la primera vida hizo otras muchas cosas. Fernando, con raíces pontevedresas, se crio en Madrid, en una familia numerosa. Estudió en un colegio militar, donde sus intentos por llevar el pelo un poco más largo de lo convencional enseguida eran aplacados por el mando de turno, que lo mandaba derecho a la barbería. Luego hizo Derecho. Sus inicios laborales fueron como abogado. Pero pronto cambió de rama. Se dedicó de lleno al mundo de la imagen corporativa. Trabajó por ejemplo en empresas como Seagle & Gale. Ayudó a sacar adelante la imagen corporativa de marcas como Gas Natural, Bancaja o Novacaixagalicia. De ahí saltó al BBVA, donde trabajó como directivo de imagen corporativa en Latinoamérica.

Cuenta que fueron unos años intensos, en los que vivía con un pie en Bilbao y con otro en los países sudamericanos. Se alegra de la experiencia y se arrepiente de no haber pasado más tiempo con sus hijas, ahora adolescentes. Aunque directivo, Fernando, genio y figura, reconoce que nunca fue un ejecutivo al uso. Podría hablar durante horas de sus corbatas extravagantes, de que de cuando en vez le gusta vestir falda escocesa, de que le chiflan los zapatos de artesanos ingleses... pero hay una anécdota que resume bien toda su peculiaridad. «Una vez teníamos que dar formación sobre la imagen corporativa del BBVA, que acabábamos de cambiar, a personas de formación... es decir, formar a formadores. Eso es complicado porque ellos están acostumbrados a dar clases, se las saben todas. Entonces me dije que no podía dar una charla a la antigua usanza. Empecé diciéndoles que había tenido un día malísimo, el peor de mi vida. Y todos me miraron. Luego les dije que mi abuelo me decía que cuando tenías un día malo lo mejor que podías hacer era bailar. Puse música y empecé a bailar como loco... y no solo eso, incluso me empecé a quitar la ropa, me saqueé hasta la camisa. Después de ese inicio creo que si hoy en día les preguntas a esos formadores lo que les expliqué todavía se acuerdan», cuenta.

Así era su vida hasta que, en el 2009, su relación laboral terminó con el banco. Se vio con 44 años, en medio de una brutal crisis y «con pocas posibilidades de reciclarme en algo parecido, con un panorama complicado».

Al fin persiguiendo un sueño

Así que decidió que tocaba cambiar de vida. Cerró los ojos, se planteó lo de la gaita o el diseño, que eran las dos cosas que más le gustaban, y cogió el camino de la confección de zapatos. Pero ojo. Lo cogió como quien coge un toro por los cuernos. Se marchó a Elda, de ahí fue a otras mecas de la confección de calzado, empezó a hacer máster tras máster, y se enamoró de ese mundo: «Conforme avanzaba notaba que esto me llenaba», indica. Un día, cuando se vio preparado y tras diseñar y confeccionar sus primeros pares de coloridos y singulares zapatos de caballero -afirma que tienen «alma de mujer» pero están pensados para hombres- decidió que quería abrir un taller y una especie de tienda o expositor de sus criaturas de piel. ¿Dónde la abrió? En Pontevedra. ¿Por qué? Dice que siempre se sintió un gallego de Madrid y que un cura tío suyo le acogió en su casa de Seixo, así que no se lo pensó. Ofrece en las galerías de La Oliva zapatos que pasan de los 300 euros. Sabe que no son para todos los públicos. Pero cree que tendrán adeptos. Por si acaso, ha puesto una frase como reclamo en la pared. Dice que los suyos son «zapatos para gente feliz». Ahí es nada.

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